Sonido Fulgor

miércoles, 20 de mayo de 2009

El resplandor del oro

El oro es prácticamente incorruptible. Aún después de haber estado enterrado por siglos o milenios, o sumergido en las aguas, éste conserva su brillo sin variación alguna. El cobre, la tumbaga (una aleación indígena de oro y cobre) o la plata, cambian de color y textura bajo la influencia de diversos factores físicos y químicos, pero el brillo del oro y sus demás cualidades, perduran de tal modo que este metal se ha convertido, a través de la historia, en un símbolo de la eternidad.

En las religiones el oro es de carácter sacrificante, ofrendatorio, pues es un elemento grato a los dioses; es casi una exigencia de ellos. El sol es un disco de oro, es el padre del oro y se nutre de oro; éstas y otras ideas semejantes se encuentran en casi todas las culturas del mundo donde haya oro, de modo que el nexo entre el oro, la esfera sobrenatural y el poder es una constante del pensamiento humano y, por cierto, transciende las fronteras del chamanismo y es fundamental hasta en las religiones más avanzadas. Sean los fondos dorados de los mosaicos bizantinos, los Budas dorados o el profuso dorado de las iglesias del mundo hispano, siempre la connotación del oro ha inspirado un sentimiento de reverencia y hasta de temor.

Por estas mismas razones, en muchas sociedades del pasado y del presente el orfebre se relaciona con el mago. Ese orfebre, tal como el chamán, es un transformador pues al labrar el oro y darle una forma culturalmente significante, hace pasar la materia de un estado profano a lo sagrado; es decir que con el conocimiento científico y tecnológico del orfebre casi siempre se asocia un elemento mágico, el de la transformación. Aún una técnica tan sencilla como el martillado, puede ser sorprendente por la facilidad con que un pequeño grano de oro se convierte en una gran hoja, del espesor de un papel finísimo y mayor maravilla debieron causar las técnicas tan diversas e ingeniosas del orfebre precolombino, como lo son las llamadas de la cera perdida, la mise en couleur, la falsa filigrana y tantas otras más. (1)

A primera vista, muchos objetos del Museo del Oro dan la impresión de lo plano, lo liso, lo bidimensional. Hay un elevado número de placas, planchas o discos, hechos en formas geométricas, sean angulares o circulares. A veces estas piezas que, ocasionalmente, son de considerable tamaño, están adornadas con motivos levemente repujados, pero la mayoría muestran superficies planas y lisas. Además existen en diferentes tamaños planchas curvas, enrolladas, como para cubrir parte del tronco de una persona; hay cascos y brazaletes, a veces en forma de avambrazos, todos con superficies lisas, pulidas.

En las crónicas del siglo dieciséis se habla de estos objetos y se dice que los indígenas usaban joyas de oro en profusión, sea en ocasiones rituales, sea al enfrentarse con el enemigo e incluso se las ponían durante trabajos comunales. Por ser el oro un metal blando, estas piezas seguramente no constituían una especie de coraza sino tenían otras funciones que, muy probablemente, se relacionaban con el resplandor del oro. Obviamente, la orfebrería precolombina estaba destinada a ser contemplada a la luz de un sol tropical, a la lumbre vacilante de un fogón o una antorcha de las que iluminaban el interior de los recintos.

Se trata pues de una percepción muy diferente a la que tenemos en la actualidad respecto al brillo, resplandor y reflejo. En el Viejo Mundo, el encanto de una joya antigua reside en su centellar secreto, en el juego de luces y sombras, junto con el brillo de piedras preciosas. En Colombia, un sol violento reflejaba toda la luminosidad cegadora del oro hacia afuera, a distancia. Los cronistas nos dejaron relatos de templos con grandes estatuas antropomorfas, de madera, cubiertas de planchas de oro y de moradas de caciques de cuyas entradas colgaban discos de oro los cuales reflejaban a lo lejos los rayos del sol. También dicen las crónicas de entonces que los indios llevaban mantas u otras prendas de vestir, sobre las cuales estaban cosidas cantidad de plaquitas de oro.

El oro se asociaba con el sol por su resplandor, y con ello adquiría un significado seminal, fertilizador, vital y aún un poder político. Las joyas de oro eran usadas por hombres y mujeres; el brillo daba presencia al portador y el guerrero, cacique o chamán, cuando cubría su cuerpo con oro, afirmaba así una actitud dominante, frente a sus congéneres o enemigos. No se trataba aquí de un despliegue de riquezas sino de una afirmación del poder numinoso del binomio oro-sol, personificado en algunos miembros de la comunidad.

Según el decir de los indios actuales hay una relación recíproca entre el oro y el sol, en la cual se efectúa un cambio energético. Para dar un ejemplo: los indios de la Sierra Nevada de Santa Marta han podido salvar, a través de medio milenio, tal cual objeto de oro y tumbaga de sus antepasados, los Taironas. En ciertas fechas del año, cuando el sol se encuentra en determinada posición, se procede, en un sitio muy sagrado, a celebrar el ritual de “asolear el oro”. Aquellos objetos, junto con cuentas de collar de cornalina y cristal de roca, se depositan sobre platos rituales hechos de cestería y éstos se colocan luego cerca a un templo, donde permanecen por algún tiempo expuestos a los rayos del sol. Se cree que de esta manera el oro asimila nuevas fuerzas fertilizadoras, se purifica y renueva su resplandor. Al mismo tiempo manifiestan que el sol se muestra complacido pues es una ofrenda que nutre su poder benéfico.

En la misma región del país sobrevive la creencia de que el sol directamente puede fertilizar un objeto de oro que se haya colocado en el centro de un templo. A través de un pequeño orificio en el techo o por el espacio de la puerta cae entonces, en cierto momento, un rayo solar al cual se atribuye la calidad de un falo divino que, al iluminar el oro, lo impregna de una energía que posteriormente beneficia a toda la comunidad.

Entre los indios de la Sierra Nevada el oro tiene el mismo nombre que el sol —nyúi—. En efecto, este último se designa como “nuestro padre oro” y lo imaginan como un hombre que camina por la bóveda celeste y de vez en cuando se sienta en un banquito para descansar.

Ellos reconocen una categoría de hombres que, por su largo entrenamiento, su modo de vida y funciones, deben ser designados como sacerdotes, puesto que se dedican a dimensiones más trascendentales del pensamiento religioso que los chamanes tribales de otras regiones. Estos sacerdotes (mámas) continúan celebrando un culto solar en el cual el concepto del “oro santo” juega un papel importante. Los Kogi no han olvidado su pasado histórico y prehistórico; su mitología y tradiciones contienen así muchas alusiones a la orfebrería tairona, a los ricos entierros de aquellos ancestros, y a los orfebres de tiempos remotos.

En una ceremonia muy solemne en la cual el sacerdote mayor y su mujer personifican Sol y Luna, los dos se reúnen en un templo iluminado sólo por cuatro fogones y, pronunciando fórmulas sagradas, proceden a vestirse el uno al otro, con todo el espléndido atavío que con lleva este ritual. Mientras que la mujer le pone al sacerdote su máscara de jaguar, tallada en madera, éste coloca sobre la cabeza de ella una máscara de puma, también de madera. El proceso de adornarse mutuamente dura varias horas y se efectúa en presencia de cuatro sacerdotes menores quienes personifican a los Señores de los Puntos Cardinales. Finalmente se extinguen los fogones y todos permanecen en silencio, en la obscuridad. Es entonces cuando los dos personajes que representan Sol y Luna, y los Cuatro Señores de los Puntos Cardinales consumen simultáneamente un alucinógeno y entonces, según cuentan, se ilumina el interior del templo de una gran luz, no la de los fogones, sino la iluminación individual interna causada por la droga. (2) “Es entonces cuando comienza a brillar el oro,” dicen los indios; “Se ven brillar los colmillos de oro de las máscaras; los brazaletes, los pendientes”. Después de un rato desaparece la visión y en la obscuridad y el silencio, sigue luego un baile solemne acompañado por un canturreo casi inaudible, que se continúa hasta el amanecer. Los personajes del Sol y la Luna se quitan mutuamente sus adornos y el sacerdote mayor enciende nuevamente los cuatro fogones con un berbiquí ritual.

Lo que acabo de deseribir son ritos antiquísimos, seguramente de origen prehispánico, en los cuales sobrevive la creencia en el “oro santo” y su relación con el sol. En verdad, el lapso de tiempo que ha transcurrido desde la Conquista es tan breve, tan insignificante, que los tesoros del Museo del Oro siguen teniendo una vigencia para los indígenas actuales. De esta manera no es un museo como otros; es un santuario aborígen colombiano.

El profundo sentido religioso y estético de los indios actuales se expresa talvez con más intensidad aún en el siguiente relato. Conocí a un anciano sacerdote en la Sierra, que vivía sólo en un viejo templo medio derruído que había construído años atrás. Una vez me contó que en ciertas noches bailaba solo pero antes pasaba horas enteras en adornarse. Pulía y brillaba sus adornos de oro y de tumbaga, arreglaba su gran penacho de plumas y luego, al son de una maraca se ponía a bailar alrededor del fuego. Me habló de sus cantos, diciendo: “A veces bailo como tigre; doy zarpazos al aire, así. Otras veces bailo como cangrejo. Digo en voz alta los nombres de los grandes mámas de tiempos antiguos”. Al hablar de estos bailes el viejo se emocionaba. “Tengo brazaletes de oro”, decía; “Tengo cascabeles. Cuando bailo así, el oro santo brilla y veo mi sombra enorme pasar por las paredes. Así bailaban los antiguos; con el oro, el oro santo”.

Un aspecto que aparentemente influía mucho en la apreciación que el indígena hacía de sus artefactos de metalurgia, era su color. En la orfebrería precolombina se observa una amplia gama de colores, que va desde el amarillo pálido hasta el rojizo obscuro de la tumbaga y del cobre. Ello depende de la pureza del oro o del porcentaje de cobre que se le añade. La relación que el color metálico pueda haber tenido con el uso específico de un objeto, es decir el grado de su valor sobrenatural —no utilitario— aún no ha sido investigado en Colombia, pero promete resultados interesantes si tenemos en cuenta que entre muchas tribus indígenas actuales existe un muy complejo simbolismo de colores. Por ejemplo, los Desana del Vaupés distinguen por lo menos doce diferentes tonalidades en la gama entre amarillo y rojizo. (3) Todos estos tonos significan ciertas categorías e intensidades de energía solar, siendo el amarillo claro el más benéfico, mientras que los colores cobrizos conllevan cierta idea de peligro, de enfermedad. Entre los mismos indios, el brillo de un adorno de cobre es diagnóstico para el estado de salud de su portador. Por otro lado, en la mitología se habla repetidas veces de casos en que los zarcillos de oro o de cobre de una persona se voltearon “hacia adentro”, es decir hacia la cara, y no brillaron más, lo que pronosticó la inminente muerte del portador. (4) Falta añadir que el particular olor del cobre o de la tumbaga, al manosearlos, siempre ha llamado la atención de los indígenas y ya en el siglo dieciseis el Padre Bartolomé de las Casas anotó este hecho.

Volviendo al resplandor del oro precolombino, cabe una observación final. Muchísimas piezas están adornadas con pequeñas placas colgantes y móviles a veces cuadradas pero generalmente circulares o algo ovaladas; en ocasiones se trata de canutillos, de pequeños tubos o de listones. El objeto tiene entonces una o varias argollas soldadas sobre la superficie anterior y de ellas, articuladas con otra argolla, están suspendidas las placas móviles. Estos colgantes se encuentran en zarcillos, pectorales, diademas y en varias clases de pequeñas figuras humanas o de animales. La distribución de estos colgantes cubre prácticamente todas las regiones de Colombia. Al tomar una pieza así adornada y, desde luego, al llevarla puesta, el contínuo movimiento de estas plaquitas da mucha vida a la joya; pero adicionalmente quisiera anotar que literalmente al “atraer la vista”, el brillo vacilante y cambiante ejerce una acción casi hipnótica sobre el observador. Este efecto es bien conocido a los chamanes (ya los neurólogos) quienes saben que, bajo ciertas condiciones, la percepción de luces vacilantes puede inducir visiones de carácter alucinatorio o puede causar un estado prehipnótico. He observado en varias ocasiones que los chamanes, después de ingerir una bebida alucinógena, fijan su mirada en las brazas de un fogón o en la luz de una tea. En el río Caimán Nuevo, en el Golfo de Urabá, pude anotar que unos de los instrumentos más importantes de transformación y curación que poseía un chamán de los indios Cuna, eran unas varas gruesas, de unos 50 centímetros de largo, cuyas superficies estaban cubiertas de una multitud de espejos minúsculos, incrustados en una base de brea. Otros chamanes colombianos fijan su vista en los reflejos multicolores de un cristal de roca, para inducir ciertos estados psíquicos. (5)

El resplandor del oro es pues más que un mero reflejo, más que un fenómeno que se percibe ópticamente; según los indígenas, contiene una energía la cual se transmite a los seres humanos y que, en toda su esencia, es fertilizadora. En la cadena de asociaciones simbólicas el oro es luz, color, semen y poder.

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