Sonido Fulgor

jueves, 24 de junio de 2010

Sobre la educación estética del hombre

PRIMERA CARTA

sobre la educación estética del hombre

de Friedrich Schiller

1 Me concedéis, pues, el honor de exponeros en una serie de cartas los resultados de mis investigaciones sobre la belleza y el arte. Siento vivamente el peso de esta tarea, pero también su encanto y su dignidad. Me dispongo a hablar de un tema que está directamente relacionado con la parte más noble de nuestra felicidad, y que no es nada ajeno a la nobleza moral de la naturaleza humana. Voy a presentar la belleza ante un corazón que es capaz de sentir todo su poder y de ponerlo en práctica, ante un corazón que, en una investigación en la que se hace necesario apelar por igual a sentimientos y a principios, tendrá que hacerse cargo de la parte más difícil de mi tarea.

2 Generosamente me imponéis como un deber aquello que yo quería pediros como favor, dando así apariencia de mérito a lo que tiendo a hacer por propia inclinación. La libertad de exposición que me prescribís, antes que una obligación, constituye para mí una necesidad. Poco versado en el uso de formas escolásticas, apenas correré peligro de pecar contra el buen gusto por emplearlas equivocadamente. Mis ideas, nacidas más a raíz del trato continuado conmigo mismo, que de una rica experiencia de mundo o de unas lecturas determinadas, no renegarán de su origen, serán culpables de cualquier otra falta antes que de sectarismo, y se derrumbarán por propia debilidad, antes que sostenerse en virtud de una autoridad y de una fuerza ajena a ellas mismas.

3 No he de ocultaros que los principios en que se fundamentan las afirmaciones que siguen son en su mayor parte principios kantianos; pero si en el curso de estas investigaciones hallaseis algún tipo de referencia a una determinada escuela filosófica, atribuidlo antes a mi incapacidad que a esos principios. Vuestra libertad de espíritu será siempre algo inviolable para mí. Vuestra propia sensibilidad me proporcionará los hechos que han de servir de fundamento a mi teoría, vuestro entendimiento libre dictará las leyes según las que habré de proceder.

4 Las ideas fundamentales de la parte práctica del sistema kantiano sólo han sido motivo de disputa entre los filósofos; sin embargo el conjunto de la humanidad, y me comprometo a demostrarlo, ha estado desde siempre de acuerdo con ellas. Si se las libera de su forma técnica, aparecen como sentencias antiquísimas de la razón común y como hechos de aquel instinto moral que la sabia naturaleza da al hombre como tutor, hasta que un discernimiento claro lo hace mayor de edad. Pero es justamente esa forma técnica, que revela la verdad al entendimiento, quien la oculta a su vez al sentimiento, pues al entendimiento le es necesario desgraciadamente destruir primero el sentido interior del objeto para poder apropiarse de él. Como el químico, el filósofo sólo descubre el enlace de los elementos mediante la disolución, y sólo llega a comprender la obra de la naturaleza espontánea mediante tortuosos procedimientos técnicos. Se ve obligado a encadenar con reglas a los fenómenos para captarlos en su fugacidad, a desmembrar sus bellos cuerpos en conceptos y a conservar su vivo espíritu en un indigente armazón de palabras. ¿Es, entonces, extraño que el sentimiento natural no pueda reconocerse en una imagen semejante, y que la verdad aparezca como una paradoja en las exposiciones analíticas?

5 Por esta razón os pido que seáis indulgente conmigo si en lo sucesivo, tratando de acercar el objeto de mis investigaciones al entendimiento, lo alejara de la sensibilidad. Lo que acabo de decir acerca de las experiencias morales, es aplicable con mayor motivo al fenómeno de la belleza. Toda su magia descansa en su misterio: si suprimimos la necesaria unidad de sus elementos, desaparece también su esencia.

QUINTA CARTA

1 ¿Es éste el carácter que encontramos en la época actual, el que reflejan los acontecimientos presentes? Dirigiré ahora mi atención al motivo más relevante de este amplio panorama.

2 Es cierto que la opinión ha perdido su prestigio, que la arbitrariedad ha sido desenmascarada y, aunque todavía poderosa, no puede aparentar ya la más mínima dignidad; el hombre ha despertado de su larga indolencia y del engaño en que se complacía, y exige insistentemente la restitución de sus derechos inalienables. Pero no los exige sin más; se alza en todas partes para tomar por la fuerza lo que, según él, se le niega injustamente. El edificio del Estado natural se tambalea, sus frágiles cimientos ceden, y parece existir la posibilidad física de sentar en el trono a la ley, de honrar por fin al hombre como fin en sí, y hacer de la verdadera libertad el fundamento de la unión política. ¡Vana esperanza! Falta la posibilidad moral, y ese instante tan propicio pasa desapercibido para la ciega humanidad.

3 El hombre se refleja en sus hechos, y ¡qué espectáculo nos ofrece el drama de nuestro tiempo! Por un lado salvajismo, por el otro apatía: ¡los dos casos extremos de la decadencia humana, y ambos presentes en una misma época!

4 En las clases más bajas y numerosas de la sociedad se advierten impulsos primitivos y sin ley que, una vez deshechos los lazos del orden social, se desencadenan y apresuran con furia indomable a satisfacer sus impulsos animales. Puede que la humanidad objetiva haya tenido motivos para lamentarse de la existencia del Estado; pero la subjetiva ha de honrar sus instituciones. ¿Puede censurársele al Estado que olvidara la dignidad de la naturaleza humana, cuando de lo que todavía se trataba era de defender la existencia de la propia humanidad? ¿Puede reprochársele que se apresurara a separar mediante una fuerza disgregadora y a unir mediante una fuerza cohesionante, cuando aún no era posible pensar en una fuerza formativa? La disolución del Estado es la mejor justificación de la necesidad de su existencia. La sociedad, una vez desatados los lazos que la fundamentan, en lugar de progresar hacia una vida orgánica, se precipita de nuevo en el reino de las fuerzas elementales.

5 Por otra parte, las clases cultas nos proporcionan la imagen todavía más repulsiva de una postración y de una depravación de carácter que indigna tanto más cuanto que la cultura misma es su fuente. No recuerdo ahora qué filósofo antiguo o moderno hizo la observación de que las cosas más nobles son también las más repugnantes cuando se descomponen, pero esta sentencia puede aplicarse asimismo al ámbito de lo moral. El hijo de la naturaleza se convierte, cuando se sobreexcede, en un loco frenético; el discípulo de la cultura, en un ser abyecto. La ilustración de la que se vanaglorian, no del todo sin razón, las clases más refinadas, tiene en general un influjo tan poco beneficioso para el carácter, que no hace sino asegurar la corrupción valiéndose de preceptos. Negamos la naturaleza en su propio dominio, para acabar experimentando su tiranía en el terreno moral, y aunque nos oponemos a sus impresiones, tomamos de ella nuestros principios. La afectada decencia de nuestras costumbres niega a la naturaleza la primera palabra todavía excusable, para concederle la última y decisiva sentencia en nuestra moral materialista. El egoísmo ha impuesto su sistema en el seno de la sociabilidad más refinada y, sin haber llegado a alcanzar un corazón sociable, experimentamos todos los contagios y vejaciones de la sociedad. Sometemos nuestro libre juicio a su despótica opinión, nuestro sentimiento a sus caprichosas costumbres, nuestra voluntad a sus seducciones; y lo único que afirmamos es nuestro capricho, enfrentándolo a sus derechos sagrados. Una orgullosa autosuficiencia constriñe el corazón del hombre de mundo, un corazón que con frecuencia late aún armoniosamente en el hombre natural, y, como si se tratara de una ciudad en llamas, cada cual procura salvar de la devastación sólo su miserable propiedad. Se piensa que la única posibilidad de protegerse de los desvaríos del sentimentalismo es renunciar por completo a él, y la burla, que con frecuencia refrena saludablemente al exaltado, difama con la misma desconsideración al más noble de los sentimientos. Bien lejos de procurarnos la libertad, la cultura genera únicamente una nueva necesidad con cada una de las fuerzas que forma en nosotros; los lazos de la materia nos oprimen cada vez más angustiosamente, de tal modo que el miedo a perder ahoga incluso nuestro vivo impulso de perfeccionamiento, y hace valer la máxima de la obediencia ciega como la suprema sabiduría de la vida. Vemos así que el espíritu de la época vacila entre la perversión y la tosquedad, entre lo antinatural y la naturaleza pura y simple, entre la superstición y el escepticismo moral, y tan sólo el propio equilibrio del mal es a veces capaz de imponerle unos límites.

DÉCIMA CARTA

1 Así pues, estaréis de acuerdo conmigo, y os habréis convencido por lo tratado en mis anteriores cartas, de que el hombre puede alejarse de su determinación a través de dos caminos opuestos, de que nuestra época se ha extraviado por ellos, y ha caído, por una parte, en manos de la tosquedad, y por otra, de la apatía y de la depravación moral. De este doble extravío ha de regresarse por medio de la belleza. Pero, ¿cómo ha de poder la cultura estética enfrentarse a la vez a dos males opuestos y reunir en sí dos cualidades contradictorias? ¿Puede poner cadenas a la naturaleza del salvaje, y poner en libertad la del bárbaro? ¿Puede atar y desatar a la vez? Y si no fuera realmente capaz de ambas cosas, ¿cómo podría esperarse razonablemente de ella un efecto tan grande como el de la educación de la humanidad?

2 Sin duda, habremos oído hasta la saciedad la afirmación de que el desarrollo del sentido de la belleza refina las costumbres, de modo que no parece necesario aportar ninguna otra prueba. Nos apoyamos en la experiencia cotidiana, la cual muestra que, casi sin excepción, a un gusto cultivado van unidos un entendimiento claro, un sentimiento vivaz, una conducta liberal, e incluso digna, y a un gusto inculto, generalmente lo contrario. Alegamos confiados el ejemplo del pueblo más civilizado de la Antigüedad, en el cual el sentido de la belleza alcanzó también su máximo desarrollo; y, del mismo modo, el ejemplo opuesto de aquellos pueblos en parte salvajes, en parte bárbaros, que expiaron su insensibilidad hacia lo bello con un carácter tosco o sombrío. No obstante, a algunos pensadores se les ocurre a veces negar este hecho, o poner en duda la validez de las conclusiones que de él se desprenden. No piensan tan mal de aquel estado salvaje que se les reprocha a los pueblos incultos, ni tampoco que sea tan ventajoso ese refinamiento que se ensalza en los pueblos cultos. Ya en la Antigüedad hubo hombres que no consideraron la cultura estética ni mucho menos como un beneficio, y se inclinaron por ello a negarle a las artes de la imaginación la entrada en su república.

3 Y no hablo de aquéllos que sólo censuran a las Gracias porque nunca experimentaron sus favores. Éstos, que no conocen otra escala de valores que el esforzarse por el provecho y el beneficio palpable, ¿cómo podrían ser capaces de apreciar la serena actividad del gusto en el carácter interior y exterior del hombre, y de tener en cuenta las ventajas esenciales de la cultura estética, olvidando sus ocasionales desventajas? El hombre que no tiene sentido de la forma desprecia toda gracia de exposición, considerándola como una corrupción, ve toda delicadeza y grandeza de conducta como extravagancia y afectación. No puede perdonar al favorito de las Gracias el que, como hombre de mundo, sea capaz de deleitar todas las reuniones de sociedad, que como hombre de negocios, imponga siempre su opinión, que como escritor, imprima su espíritu a todo su siglo, mientras que él, la víctima del celo y de la aplicación, no puede ganarse ningún respeto con todo su saber, ni mover ninguna piedra de su sitio. Ya que nunca fue capaz de aprender del otro el secreto genial de hacerse agradable, no le queda otro remedio que lamentarse de la depravación de la naturaleza humana, que atiende más a la apariencia que a la esencia.

4 Pero hay voces dignas de atención, que se declaran contrarias a los efectos de la belleza, alegando en su contra terribles ejemplos de la experiencia. No se puede negar, dicen, que los encantos de la belleza sirven para fines loables si caen en buenas manos, pero no se contradice con su esencia el hecho de que, si caen en malas manos, produzcan justamente el efecto contrario, y que se sirvan de su fuerza cautivadora para mover al error y a la injusticia. Dado que el gusto sólo presta atención a la forma y hace caso omiso del contenido, acaba imprimiendo en el ánimo la peligrosa tendencia a desatender toda realidad y a sacrificar verdad y moralidad por los encantos de una mera vestimenta. Se pierde así toda diferencia objetiva entre las cosas, y es sólo la apariencia quien determina su valor. ¡Cuántos hombres de talento, siguen diciendo, no se dejan apartar de una actividad seria y ardua por la fuerza seductora de lo bello, o al menos se ven inducidos a ejercitarla superficialmente! Y cuántos hombres de corto entendimiento están en desacuerdo con el orden social, sólo porque a la fantasía de los poetas le dio por construir un mundo en el que todo sucede de otra manera muy distinta que en el mundo real, un mundo en el que las opiniones no están sujetas a ninguna conveniencia, y en donde ningún artificio cultural somete a la naturaleza. ¿Qué dialéctica más peligrosa no habrán aprendido las pasiones desde que resplandecen con los más brillantes colores en las representaciones de los poetas, imponiéndose habitualmente a las leyes y a los deberes? ¿Qué puede haber ganado la sociedad con que ahora la belleza de leyes al trato social, regido hasta entonces por la verdad, y con que el aspecto exterior determine el respeto, algo que sólo debería basarse en el mérito? Es cierto que ahora vemos florecer todas aquellas virtudes que producen un efecto agradable al manifestarse, y que otorgan consideración social, pero, a cambio, vemos también reinar todo tipo de desórdenes, y generalizarse todos aquellos vicios que son compatibles con un bello atavío. De hecho, debe darnos que pensar el que prácticamente en todas las épocas históricas en que florecen las artes y el gusto domina, hallemos una humanidad decadente, y el que no podamos aducir un solo ejemplo de un pueblo en el que coincidan un grado elevado y una gran universalidad de cultura estética con libertades políticas y virtudes cívicas, bellas costumbres con buenas costumbres, y en el que vayan unidas la elegancia y la verdad del comportamiento.

5 Mientras Atenas y Esparta mantenían su independencia, y el respeto a las leyes era la base de su constitución, tanto el gusto como el arte se encontraban todavía lejos de su madurez, y aún faltaba mucho para que la belleza imperara en los ánimos. Sin duda la poesía había alcanzado ya una altura sublime en su vuelo, pero sólo con las alas del genio, de quien sabemos que está muy próximo al estado salvaje, que es una luz que brilla en las tinieblas, y que se opone al gusto de su época antes que actuar en su favor. Cuando, bajo Pericles y Alejandro, llegó la edad dorada de las artes y se generalizó el dominio del gusto, no encontramos ya la fuerza y la libertad propias de Grecia. La elocuencia falseaba la verdad, la sabiduría ofendía en boca de un Sócrates, y la virtud en la vida de un Foción. Los romanos, como sabemos, tuvieron que agotar sus fuerzas en guerras civiles y, afeminados por la suntuosidad del Oriente, someterse al yugo de un soberano feliz, para ver triunfar al arte griego sobre la rigidez de su carácter. Tampoco en el caso de los árabes amaneció la cultura antes de que se debilitara la energía de su espíritu guerrero, bajo el cetro de los Abasidas. En la Italia moderna, el arte no se desarrolló hasta que, una vez desaparecida la poderosa Liga de Lombardía, Florencia se sometió a los Médicis, y el espíritu de independencia de todas aquellas valerosas ciudades dejó paso a una sumisión poco honrosa. Es casi superfluo recordar el ejemplo de las naciones modernas, cuyo refinamiento aumentó en la misma medida en que desapareció su independencia. En cualquier época histórica a la que dirijamos nuestra atención, vemos que el gusto y la libertad se rehúyen mutuamente, y que la belleza fundamenta su dominio sólo en la decadencia de las virtudes heroicas.

6 Y, sin embargo, esta energía de carácter, que por lo general es el tributo que se rinde a cambio de la cultura estética, constituye el estímulo más eficaz para toda la grandeza y excelencia de la humanidad, y su carencia no puede suplirla ninguna otra cualidad, por muy excepcional que sea. Así pues, si nos atenemos únicamente a lo que hasta hoy nos enseña la experiencia acerca del influjo de la belleza, no nos sentiremos efectivamente muy alentados a cultivar sentimientos que son tan peligrosos para la verdadera cultura humana, y preferiremos prescindir de la fuerza relajante de la belleza, aun a riesgo de caer en la brutalidad y en la rigidez, que entregamos a sus efectos debilitantes a pesar de todas las ventajas del refinamiento. Pero quizás no sea la experiencia el tribunal indicado para dilucidar una cuestión como ésta, y antes de conceder autoridad a su testimonio, debería estar fuera de toda duda que la belleza de la que estamos hablando es la misma contra la que declaran esos ejemplos. Pero esto parece presuponer un concepto de belleza cuya fuente no es la experiencia, ya que es a través de este concepto como debe determinarse si lo que se denomina bello en la experiencia merece con razón ese nombre.

7 Este concepto racional puro de la belleza, si fuera posible llegar a desvelarlo, y ya que no puede derivarse de ningún caso real, sino que más bien es el que justifica y guía nuestro juicio acerca de todos los casos reales, debería buscarse por la vía de la abstracción y deducirse ya de la posibilidad de la naturaleza sensible-racional; en una palabra: la belleza debería revelarse como una condición necesaria de la humanidad. Así pues, de aquí en adelante debemos elevarnos al concepto puro de humanidad, y dado que la experiencia sólo nos muestra estados concretos de hombres concretos, pero nunca la humanidad entera, hemos de intentar descubrir lo absoluto y lo permanente de esos fenómenos individuales y cambiantes y, dejando de lado toda contingencia, apoderarnos de las condiciones necesarias de su existencia. Esta vía transcendental nos alejará por un tiempo del ámbito familiar de las apariencias sensibles y de la viva presencia de las cosas, para demorarnos en el árido paisaje de los conceptos abstractos. Pero nosotros aspiramos a un conocimiento de fundamentos sólidos, y quien no se atreva a abandonar la realidad, no llegará nunca a conquistar la verdad.

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