Sonido Fulgor

jueves, 15 de septiembre de 2011

VII




- ¿Que es el canto de los pájaros, Adán?    
-Son los pájaros mismos que se hacen aire. Cantar es derramarse en gotas de aire, en hilos de aire, temblar. 
-Entonces los pájaros están maduros y se les cae la garganta en hojas, y sus hojas son suaves, penetrantes, a veces rápidas. ¿Por qué?, ¿Por qué no estoy madura yo?    
-Cuando estés madura te vas a desprender de ti misma, y lo que seas de fruta se alegrará, y lo que seas de rama quedará temblando. Entonces lo sabrás. El sol no te ha penetrado como al día, estás amaneciendo. 
-Yo quiero cantar. Tengo un aire apretado, un aire de pájaro y de mí, yo voy a cantar. 
-Tú estás cantando siempre sin darte cuenta. Eres igual que el agua. Tampoco las piedras se dan cuenta , y su cal silenciosa se reúne y canta silenciosamente.     

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Tenzin Gyatso y la verdadera tarea





CONSTRUIR LA PAZ

por LYDIA CACHO



Una persona en el público se dirige al Dalai Lama en México. Le dice que sufrió un secuestro y mandó matar a uno de sus secuestradores: “¿Qué hago con eso?”.

La mirada dulce de este extraordinario pacifista arrebató el aliento de sus escuchas; el líder espiritual responde dos cosas fundamentales: arrebatar la vida no tiene sentido alguno, y  aquellas personas que han sufrido violencia sólo pueden sanar al trabajar con otras a superar su dolor y miedo.

El líder tibetano, premio Nobel de la paz, llega a México en un momento clave cuando quienes saben y quienes pretenden saber, suben a los escenarios para debatir si lo que México necesita para resolver sus problemas es más policía y Ejército, o pena de muerte y más cárceles, o más educación y un sistema de justicia penal adecuado.

Este hombre cargado de dulzura, con un sentido del humor extraordinario y una vasta cultura, responde que él no promueve el budismo ni recomienda que la gente se cambie de religión. En su charla en el estadio del Cruz Azul, salió con su gorra futbolera; en el Teatro Metropólitan y en Monterrey conmovió a gente de todas las edades.

Tenzin Gyatso, conocido como el Dalai Lama, trajo aire fresco a la discusión de fondo sobre los problemas de violencia en el país.

Un recordatorio de lo que a pesar de ser obvio, no parece hacerle sentido a una buena parte de la población: que los seres humanos estamos interconectados, que todas las formas de violencia que ejercemos así como las que recibimos, fortalecen patrones de energía enferma, generan ecos que magnifican la ira, el resentimiento, la sed de venganza, que rompen toda posibilidad de diálogo.

Después de escucharlo, de ver la reacción en la gente que le escuchó, me quedó claro que en México todas y todos hemos participado en la creación de una nube de oscuridad que nos impide dar pasos certeros, que nos ciega para salir de este ciclo de violencia que se incrementa mientras más la nombramos; la violencia en los hogares, contra la infancia, la de la guerra, la violencia de los políticos que generan confusión intencionalmente.

¿A quién beneficia la generación de tanto odio? Desde el odio de las balas hasta el verbal de un tuit que insulta a quienes disienten nos distraen de la verdadera tarea.

La violencia tiene el poder de aislarnos. El Dalai Lama lo sabe, por eso nos cuenta que El Tíbet, cercado entre los Himalayas quedó aislado del mundo y cuando China decidió invadirlo lo sabía, por ello cometió el genocidio de 1.2 millones de personas sin que nadie los detuviera.

Para eliminar a los tibetanos y su fe en la paz, el gobierno chino destruyó más de seis mil 200 monasterios. Fue así que el Dalai, con más de 100 mil personas se refugió en la India.

Su reflexión sobre cómo el aislamiento nos pone en mayor peligro pareció engarzar a la perfección con la imagen en los medios de soldados armados y calles vacías en diferentes rincones de México.

Miles de personas han abandonado sus hogares por miedo, se han sentido solas ante el peligro, han callado los ataques y las amenazas.

Jóvenes deportistas de Monterrey cancelan sus juegos en Texas porque los zetas les advierten que si no pagan 30 mil dólares no les dejarán cruzar la frontera, y se sienten solos, aislados, en lugar de que todas las familias salieran en caravanas a acompañarles a jugar, quedaron aisladas, consumidas por el miedo, la frustración y el enojo.

La sabiduría del Dalai nos recuerda que hay otros caminos para la libertad y ciertamente los que hemos elegido, desde los medios, la política y la sociedad, no nos llevarán a la paz.

Y lo suyo no es un discurso simplista, justo resulta complejo por la dificultad para asimilar a profundidad las implicaciones de desarrollar el verdadero pacifismo. No hay forma de buscar la paz sino ejerciéndola, no hay manera de generar y reproducir procesos de pacificación que erradiquen las emociones violentas, si no es con la congruencia.

No se pierda la exposición “Tíbet: Recuerdos de la patria perdida”, en el magnífico Museo de la memoria y la tolerancia en Plaza Juárez, en el Centro Histórico del DF.



De El Universal

El amor abstracto del presidente (J. Sicilia)


En uno de sus ensayos, Albert Camus, esa gran conciencia moral del siglo XX, escribió una frase que define muy bien una forma del mal que se muestra como bien -la frase la he citado varias veces, pero no la he explicado en profundidad-: "Conozco algo peor que el odio, el amor abstracto".
El odio es limitado. Se dirige a alguien o a álguienes. Por lo general -porque el odio es el rostro invertido del amor-, a quien o quienes se ha amado y han traicionado ese amor. Su radio de mal es, por lo tanto, focalizable. En cambio, en nombre del amor por lo abstracto se han cometido atrocidades inmensas, incluso genocidios.
Cuando Camus escribió esa frase tenía en mente no sólo su crítica a la Iglesia, sino también al comunismo y al fascismo. En nombre del amor a abstracciones como Dios, la sociedad sin clases y "las mañanas que cantan", en nombre de la raza y del amor a Alemania, se habían cometido crímenes impensables: Inquisiciones, hogueras, Gulags, campos de exterminio, juicios sumarios. En nombre de los seres humanos de mañana -seres que no existen más que en la abstracción-, día y noche se encarcelaba, humillaba y asesinaba a otros que, valga la redundancia, existían, tenían vida.
Las democracias no se han quedado atrás. En nombre de la libertad se lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima, y Bush, el júnior, asesinó hombres, mujeres y niños en Irak.
El presidente Felipe Calderón viene de ese amor. En nombre de la protección de los jóvenes de la droga, de erradicar ésta para que la juventud de mañana esté libre de la misma, desencadenó una guerra que ha cobrado más de 60 mil vidas, si contamos a los desaparecidos -la mayoría jóvenes-, y ha generado más de 120 mil desplazados. Su obsesión por lo que debería ser lo ha llevado, como a todos los ideologizados, a buscar la justicia social en el poder que, al hablar en nombre de las víctimas potenciales de la droga, desemboca en su asesinato. No es otra cosa lo que, a pesar de las evidencias que la visibilización de las víctimas le muestra, ha reiterado para justificar su guerra.
Para Calderón, los jóvenes muertos son, como lo ha sido para las ideologías históricas, un mal necesario cuya justificación es su amor por ellos. Los ama tanto que ha decidido combatir a los que quieren dañarlos, y al combatirlos los ha ido destruyendo. Mientras 20 grandes capos, como lo dice bien Sabina Berman (Informe de guerra, Proceso 1818), "yacen (en su estrategia de guerra) bajo tierra o están encerrados en cárceles", los cárteles se han pulverizado en grupúsculos liderados por jóvenes (que, abandonados por el Estado, han sido cooptados por esos propios grupos) capaces de acciones de una estupidez y de una crueldad abismales" que han multiplicado el crimen. Mientras eso sucede, el mismo Estado -que el propio Calderón custodia- hace bisagra con ese mismo crimen: "los gobernadores y los alcaldes corruptos, las policías y los jueces corruptos, los secretarios de Estado corruptos: los criminales de corbata a los que el presidente ni siquiera ha pretendido aplicar la ley, en una suerte de lealtad de clase (...)".
Encubierto en su amor abstracto y en su puritanismo -que sólo puede ver la maldad en el crimen no amparado por el Estado-, considera que los jóvenes que mueren a diario de manera inocente o culpable son necesarios para hacer posible el bien. Semejante a lo hecho por los Estados totalitarios, Calderón, al colocar el amor a los jóvenes por encima de sus libertades ha desgarrado la Constitución, alienado los derechos inalienables, multiplicado el crimen y ahogado la vida social bajo el peso de una guerra que ha derivado en terror. O para decirlo de manera más simple, el horror de su política proviene de una idolatría del bien, de un amor abstracto por aquellos a quienes ha querido salvar de lo que absurdamente considera un mal: la droga. "El mal -escribía Levinas- (...) se lleva a cabo por la bondad tanto como por la crueldad". Entre esos polos -la bondad de Calderón y del Estado y la crueldad de los criminales- los seres humanos de este país -en particular los jóvenes- vivimos en la indefensión, el horror y la muerte.
Lo que al presidente y a quienes legitiman su política les da la ilusión de hacer una guerra justa -aunque nunca hay guerras justas- no es la voluntad de poder, sino la voluntad de justicia por los millones de jóvenes que el crimen quiere destruir. Se sienten requeridos, reivindicados, inspirados por ellos. Se sienten los guardianes de un pueblo en peligro. Las víctimas de su guerra no pueden conmoverlos. Su sufrimiento es su manera de justificar su servicio, de comparecer frente a la historia y decir que sirven a la justicia de mañana. Su amor a la abstracción los conduce a aceptar que los que viven tienen lamentablemente que morir. Así, como señala Finkielkraut, "el campo de Abel puede ser tan criminal como la violencia de Caín, y (las víctimas) de esta guerra toman su sitio al lado de millones de seres humanos de cualquier clase y de cualquier confesión víctimas del mismo amor" por lo abstracto.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.
De Proceso 1819

martes, 13 de septiembre de 2011

lunes, 12 de septiembre de 2011

La voz a ti debida


Tú vives siempre en tus actos. 
Con la punta de tus dedos
pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores,
alegrías: es tu música.
La vida es lo que tú tocas.

De tus ojos, sólo de ellos,
sale la luz que te guía
los pasos. Andas
por lo que ves. Nada más.

Y si una duda te hace
señas a diez mil kilómetros,
lo dejas todo, te arrojas
sobre proas, sobre alas,
estás ya allí; con los besos,
con los dientes la desgarras:
ya no es duda.
Tú nunca puedes dudar.

Porque has vuelto los misterios
del revés. Y tus enigmas,
lo que nunca entenderás,
son esas cosas tan claras:
la arena donde te tiendes,
la marcha de tu reloj
y el tierno cuerpo rosado
que te encuentras en tu espejo
cada día al despertar,
y es el tuyo. Los prodigios
que están descifrados ya.

Y nunca te equivocaste,
más que una vez, una noche
que te encaprichó una sombra
-la única que te ha gustado-.
Una sombra parecía.
Y la quisiste abrazar.
Y era yo.

PEDRO SALINAS

Dama de ojos tristes de las tierras bajas


Con tu boca de mercurio en los tiempos misionarios,
y tus ojos como humo y tus oraciones como rimas,
y tu cruz de plata, y tu voz como campanadas,
oh, ¿cuál de ellos piensa que podría encerrarte?
Con tus bolsillos bien protegidos por fin,
y tus visiones tranviarias que colocas sobre la hierba,
y tu carne como seda, y tu rostro como cristal,
¿cuál de ellos piensa que podría llevarte consigo?
Dama de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, dama de ojos tristes, debiera esperar?

Con tus sábanas como metal y tu cinturón como encaje,
y tu mazo de cartas sin la jota ni el as,
y tus vestidos de sótano y tu cara sin expresión,
¿cuál de ellos piensa que podría vencerte?
Con tu silueta cuando la luz solar se apaga
dentro de tus ojos donde la luz de luna nada,
y tus canciones de cajas de cerillas y tus himnos gitanos,
¿cuál de ellos intentaría impresionarte?
Dama de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, dama de ojos tristes, debiera esperar?

Los reyes de Tiro con sus listas de condenados
están en fila esperando sus besos de geranio,
y tú no sabías que ocurriría así,
pero, ¿cuál de ellos quiere realmente besarte?
Con tus amores de niñez en tu alfombra de medianoche,
y tus maneras españolas y las drogas de tu madre,
y tu boca de vaquero y tus enchufes de toque de queda,
¿cuál de ellos piensa que podría resistir a ti?
Dama de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, dama de ojos tristes, debiera esperar?

Oh, los granjeros y los hombres de negocios decidieron
enseñarte los ángeles muertos que solían esconder.
Pero, ¿por qué te escogieron a ti para simpatizar con su bando?
Oh, ¿cómo pudieron confundirte?
Querían que te responsabilizaras de lo de la granja,
pero con el mar a tus pies y la falsa alarma,
y con el chico de un matón envuelto entre tus brazos,
¿cómo pudieron convencerte?
Dama de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, dama de ojos tristes, debiera esperar?

Con tus recuerdos de planchas metálicas de Cannery Row,
y tu marido de revista que un día tuvo que irse,
y tu gentileza, que ahora no puedes evitar mostrar,
¿cuál de ellos crees que te emplearía?
Ahora estás junto a tu ladrón, estás en su libertad condicional
con tu medallón sagrado que la yema de tus dedos doblan,
y tu cara de santa y tu alma de fantasma,
oh, ¿cuál de ellos crees que podría destruirte?
Dama de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, dama de ojos tristes, debiera esperar?



Bob Dylan

Enfermedad de talking


Delaunay

Puso incendio para el café,
quitó la tapa del cerillo
y se sacudió los perros de la cabeza.

La ventana de su librero
dejaba entrar la caja vieja de zapatos
que días antes había visto envuelta en el diciembre agrio y tostado del vaso.

Miró su rostro en el cajón:
sintió entonces la pintura correr por su latido,
ánimo del suelo el de su cuerpo recostado sobre la fina azotea comprada en Venecia.

Preguntó por ella:
respondió el toc (tic tac) toc de un pájaro que voló dentro de la licuadora.

-No sé más de mí-
contestaron las voces terribles de su gripe
que, a estas alturas de la fragancia, habían ya cocinado una pasta compuesta con letra de molde.

Dijo adiós,       
pero un ligero, casi imperceptible bosque,
le abrazó de pronto, y ella, de sí,
volvió otra vez a lo real
y contempló la cuchara ciega
que buscaba, esta vez,
azúcar por encima dela mesa.

Jair Cortés
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