Sonido Fulgor

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viernes, 14 de septiembre de 2012

Filosofar es aprender a morir


YO, FILÓSOFA

Filosofar es aprender a morir

¿Puedo considerarme filósofa? No lo sé, mi definición se la dejo a ustedes. Formo parte de un gremio intelectual, institucional, pero no le pertenezco. En esta colmena hay quienes llevan a la filosofía como un abrigo de mink, como un adorno sobre los hombros que los dota de elegancia y superioridad.
Hipatia © Rossana Piccini
Me pronuncio contra la reducción institucional de la filosofía, contra la jerga erudita, contra la construcción sistemática y abstracta que aliena al pensamiento. Me pronuncio por la filosofía como ejercicio vital. Asumo este difícil, esquivo, hambriento trabajo sobre mí misma y me pregunto: ¿Quién soy en esta elusividad, esta hambre que no acaba, que no se sacia con nada? Nada soy más que sangre y abismo, átomos que se deslizan sobre un halo de luz.
Ni la pasión ni el hálito del pensamiento son implantados desde fuera o por voluntad propia: se está condenado a ellos por algún sino inexplicable. Yo no elegí ser filósofa: me vi lanzada al pensamiento por la necesidad de explicarme a mí misma, de la misma forma en que otras veces he sido catapultada al amor y al deseo como fuerzas instintivas sobre las que mi razón no decide. La filosofía crece en mí de forma natural, incluso quizás sea yo un engendro de ella y deba reconocer entonces a Artaud, Camus, Nietzsche, Stirner y a Heráclito como mis padres putativos, como aquellos cuyas ideas filosóficas impactaron mi ser cual meteoritos. El simple hecho de estar viva me sorprendió desde muy joven, casi niña, y la vida examinada ha sido desde entonces el resultado del minúsculo y perfecto aleteo de la necesidad. Podría decir que poseo una vocación, una predilección por cruzar el límite, por experimentar y proponer para mí misma nuevas formas de vida. Esto no me facilita la existencia, porque vivir y filosofar viviendo exige la elección plenamente consciente de poner frente a sí la atadura a la finitud, a los juegos de la fortuna y al propio sinsentido que es uno mismo. Cuando la vida me empuja a una normalidad plana yo muero, yo me suicido con la misma guadaña de la muerte llana.
La filosofía no me hace más inteligente pero sí más profunda; seguramente no me perfecciona, pero me humaniza, me hace más mortal, más consciente de que sólo tengo esta vida para llegar a ser quien soy en toda su amplitud. Por todo esto, sostengo quefilosofar es aprender a morir, esto es, a vivir porque se sabe que se vive sólo una vez, que todo transita, que todo es un paso hacia ningún lado —y pensar a partir de ello.
No hay filosofía sino filósofos, no hay ideas sino minúsculos corpúsculos que flotan sobre un halo de luz. “Soy cuerpo y pienso”. “Sólo existen los átomos y el vacío, todo lo demás son hipótesis”. La experiencia de mi propia materia es la medida de mi verdad: Yo tengo una estrella enclavada en el firmamento y una espina atragantada en mi músculo cardíaco. Yo extraigo mis órganos vitales para liberarlos del dolor, para poner en crisis los automatismos y convicciones socialmente útiles. Es la vida misma el puente por el que arranco mis escamas y me inmolo para construirle su casa al superhombre o, más aún, a la SUPER HEROÍNA. Yo escribo porque detesto los convencionalismos sociales por opacos, estúpidos y alienantes. Yo soy un ser entre la espada y la pared.
Filosofar no es pensar: es un proceso de desasimiento, de auto-creación de una segunda naturaleza. Soy mi propio acto filosófico y fallido. Nietzsche no es un filósofo al que se lee para cultivarse: es un estado de ánimo, una prolongada experiencia, un caminar en lo prohibido obedeciendo la ley de gravedad que nos sujeta a la tierra en un flujo constante, en un flujo del que no podemos escapar ni mucho menos abarcar.
¿Puedo considerarme filósofa? No lo sé, mi definición se la dejo a ustedes. Formo parte de un gremio intelectual, institucional, pero no le pertenezco. En esta colmena hay quienes llevan a la filosofía como un abrigo de mink, como un adorno sobre los hombros que los dota de elegancia y superioridad. Yo puedo ver a través de ese falso pelaje un cuerpo desnudo y temeroso, un cuerpo maltrecho, torpe, incapaz de cualquier tipo de goce. Existen seres más sencillos y cercanos a la sabiduría que el arrogante filósofo de palabras vacías y ornamentales que destellan en la falsa vitrina humana, pero esta ridícula frivolidad me parece una denuncia de la perenne condición de lo humano. Valoro la superficialidad en la medida en que el espectáculo de lo ridículo me profundiza.
Pensar es para mí intentar desenredar lo que me confunde. Y a mí me confunde el hombre con sus errores, sus temores, sus victorias. Me confunde el teatro como biografía elemental; la vida sexual, la muerte y los abismos del amor me confunden. A mí me atrae la confusión como la luz a determinados insectos, es por eso que quizás debiera revisarme a mí misma con un entomólogo y no con un terapeuta sistémico. En mí la confusión es inevitable, por abigarrada y excesiva, por el peso de la literatura, por el peso que tienen sobre mis estados de ánimo David Bowie, Jim Morrison y Kurt Kobain.
La cultura católica me enseñó a culpabilizar los instintos, pero yo me he entregado a la vida para vivirla completa y de una vez por todas. Es decir: me he construido una segunda naturaleza, me he reeducado continuamente a mí misma para percibir, oler el engaño moral de la virtud y las buenas costumbres, las cuales son dispositivos para dinamitar lo que es privado, lo que es sólo de uno mismo. No cumplo, pues, con el puntaje requerido para ganarme el amor de la masa, soy compleja y me siento incómoda en lo sencillo. Me es difícil dejar pasar las cosas sin hacer demasiado, sin esforzarme por conquistar mi propia libertad y seguramente soy un intento fallido para vivir más allá del bien y del mal, lo cual no hace sino apuntalar en mí una risa que me horada hasta el tuétano.
Nuestra verdadera educación filosófica no depende de la memorización de doctrinas sino del poder formador de la vida: somos más pensadores cuando las letras impresas se convierten en acciones efectivas, en experiencias epidérmicas. Leo, pero mi tónico mental no son los datos ni los conceptos ajenos, sino los aforismos concretos que dibujan mis elecciones y sus inesperadas consecuencias. El temor de perder mi pensamiento, al sujetarme a un tiempo que no es el mío, me hace temblar, de ahí mi esfuerzo por construirme una caverna que proteja mi corazón filosófico. Yo no escribo para expiarme frente a los demás. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”… Pues si con el sudor de mi frente pierdo mi pensamiento, colocar mis ideas en este papel, en tanto que autoconstrucción, equivale a un legítimo instinto de autodefensa. Escribir es para mí desenvainar la espada.
Hoy que leo esto ante ustedes —porque ustedes no leen este texto, me escuchan— puedo decirles que lo hago para ensanchar la aristocracia de las ideas independientes, para declararme más atea frente a la iglesia, para ser más hereje, para defender concepciones más claras del universo. ¿Y saben por qué? Porque según Nietszche, uno de mis padres, “Dios es una respuesta burda, una indelicadeza contra nosotros los pensadores”. Leo, más aún pronuncio este texto en busca de una disciplina interna que ponga a prueba mi capacidad y mi fuerza. ¿Cómo llegué a Nietzsche? ¿Por qué quise casarme con él? ¿Por qué sus libros provocaron en mí un deseo carnal infinito? Mi respuesta es simple: porque de las explicaciones que pueden darse sobre quién es filósofo elegí la del hombre desconcertante que para pensar no se eleva por encima de las cosas mundanas sino que se sumerge en el mundo para poder pensar lo que piensa. Nietzsche llegó a mí para desencajarme de lo permitido. Una vez que comencé a leerlo ya no pude ser la que se esperaba que fuera, traicioné los parámetros morales en los que había sido educada de una manera más o menos libre. Yo radicalicé la libertad que se me había dado y renuncié a las enseñanzas del catecismo a los doce años, sin saber que hacía una elección que iba a teñir la tela de mi existencia. Aún trabajo la cuestión de la culpa, ese vampirismo injertado en la piel para succionar la capacidad humana de crear los propios valores y vivir conforme a uno mismo. Le pedí al cura y a Dios que me abandonaran, que me dejaran sola frente a esta cáscara de hueso y piel que es mi cabeza para ejercer mi propia decantación espiritual. Decidí pensar bajo una cascada y bañarme en mis siete soledades.
Filosofar no es pensar: es un proceso de desasimiento, de auto-creación de una segunda naturaleza. Soy mi propio acto filosófico y fallido. Nietzsche no es un filósofo al que se lee para cultivarse: es un estado de ánimo, una prolongada experiencia, un caminar en lo prohibido obedeciendo la ley de gravedad que nos sujeta a la tierra en un flujo constante, en un flujo del que no podemos escapar ni mucho menos abarcar. Esto es filosofar: la ardiente voluntad de crearse uno a sí mismo de cara al absurdo, de hacer honor a la inmanencia cuando la propia vida se transforma en un triunfo literario que se deshace entre las manos. He escrito bitácoras de mi vida desde hace más o menos 25 años y las guardo todas para recordarme a mí misma quién soy. Escribo para darle peso existencial a mi devastación, para curar mis heridas. “De todo lo escrito”, dijo Zaratustra, “yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre y te darás cuenta de que la sangre es espíritu”.
Una vez más con él filosofía vuelve a ser experiencia, autodramatización y experimentación erótica, creciendo simultáneamente hasta engendrar al minotauro. “Yo amo”, dice Zaratustra, “a quien no reserva para sí una gota de espíritu, sino que quiere ser íntegramente el espíritu de su virtud: avanza así en forma de espíritu sobre el puente”
No me justifico, simplemente me explico a mí misma: yo no llegué a Nietzsche, específicamente a El nacimiento de la tragedia, por la vía académica. Desemboqué allí por necesidad, por el excesivo peso que tenía sobre mí el teatro. El teatro como experiencia trágica me enfrentó a la verdad sin evadir lo horroroso, el miedo, la rabia y todo aquello que Occidente ha considerado digno de olvidar. Hacer teatro —no actuar, hacer como si, sino manejar la energía e instalarse en la pura presencia— supuso para mí un profundo trabajo de conocimiento interno, un camino de pequeñas muertes cuyo resultado final es el renacimiento. Suspendí la mente para ir hacia adentro, guardar silencio y encontrar en el grito los ruidos que habían estado guardados durante mucho tiempo, aprisionados, humeantes y desesperados. Artaud, El teatro y su doble, me llevó a Nietzsche para encontrarme con una experiencia de vacío, soledad, miedo, rabia y combate, la única brecha posible que en esos años yo contemplé para ser libre. Para mí el teatro fue un ejercicio filosófico en amplio sentido: un trabajo sobre la conciencia no desde lo que consideramos claridad, sino a partir de la iluminación que traen consigo la confusión, la irracionalidad y el desequilibrio. Si a partir de la experimentación teatral puedo decir que el conocimiento profundo está en relación con el manejo de la energía corporal, filosóficamente puedo afirmar que el Conocimiento es la relación entre la conciencia como mente que se piensa a sí misma y la total organicidad, unidas en compás por el acto vital de la respiración profunda. El conocimiento de las emociones, que permite al actor su manejo escénico, es un socavamiento de las partes más internas del cuerpo para convertirlas en metáforas de las experiencias humanas, desde las más primitivas y corpóreas, como son la sobrevivencia, hasta las más mentales, como la comunicación con los seres espirituales y la energía universal. Este socavar en las formas internas, que nos son tan cercanas y a la vez tan lejanas, trae consigo la modificación de las expresiones externas socialmente reguladas. Nietzsche no eligió por azar la tragedia griega para iniciar su pensamiento sobre la superación del hombre. El estado supranormal de la escena trágica está en estrecha relación metafórica con Dionisos como “desatador de nudos”, “liberador”, “derrumbador de murallas”. Dionisos, el que rompe las fronteras de la normalidad, de las convenciones sociales, el que abre las fronteras de la posibilidad absoluta en que las cosas adquieren su sentido más profundo y se topan, dirá Artaud, con su Mana. Esta posibilidad absoluta, en el que la realidad extiende sus tentáculos y crea monstruos en los que convergen la animalidad, la vegetalidad y aun lo espiritual, en retruécanos que no son posibles de alcanzar en el estado cotidiano, es la posibilidad de la vida misma. Yo amé el teatro porque me convertí en una puerta, porque en escena fui todos los hombres, un abanico de pasiones y tormentos, un lanzamiento de dados. Mi cuerpo como detentador de toda forma cognoscible, de toda información milenaria, evolutiva y no evolutiva, que la palabra no alcanza a pronunciar. Nietzsche no es un filósofo, es una experiencia teatral, corporal. Detrás de la sentencia filosófica veo al hombre: al hombre Nietzsche, pero también a cada hombre viviendo en el hielo, caminando lentamente bajo la tormenta, atacando causas para las que no encontrará aliados, tomándose a sí mismo como fatum.
Soy un ser intermedio, una amante del conocimiento, del viaje, de la distancia. Estoy lejos a veces hasta de mí, por eso escribo, para hacer de la escritura síntoma y espejo de mí misma.
Así, en busca de un delirio filosófico, viajé hace poco a Nueva York, en busca de respuestas a preguntas existenciales… La ciudad no habló, habló mi ser más profundo para lanzarme la pregunta sobre cómo es que el amor había dejado de ser una experiencia estética. Sentada en Central Park, sobre las raíces de un árbol de copa generosa, las hojas cayendo sobre mí, experimenté la profundidad punzocortante de “El camino del creador”, que Nietzsche había escrito específicamente para concederme la gracia de una soledad auténtica. Busqué mis siete soledades bajo el cielo lluvioso de la ciudad mientras el viento se llevó mis ideas y me dejó desnuda en medio de un valle de tristeza. Me vi materializada en tierra y cenizas, existiendo en el dolor, en busca de mi propio dios y mi propia virtud. Rompí la cadena, liberando la atadura del amor, dando forma a una escultura involuntaria, situada físicamente en una encrucijada. “Yo amo”, me dijo Zaratustra, “a quien es de espíritu libre y de corazón libre: su cabeza no es así más que las entrañas de su corazón, pero su corazón lo empuja al ocaso”.
La filosofía no se lee, baja sobre uno mismo, se coloca en las entrañas: la filosofía es la flecha del anhelo hacia la otra orilla. Filosofía es un momento preciso, una situación vital: Frente a la pieza Spem in Alium. Nunquam habui, de Janet Cardiff, una ventana, frente a ésta un árbol cuyas hojas agita el viento en una repetición ad nauseam. Tras el árbol, el puente de Brooklyn y sobre él una avioneta roja. La nariz moqueando y los ojos empañados ante la revelación del devenir. En ese momento todo es arte, experiencia, profundidad y verdad. El ser entero —carne, huesos, latido, pneuma— decide. Con el viaje se revela una nueva pasión para curar la histeria y la inteligencia, una nueva razón para pensar emerge como gota de agua en la oscuridad, resbalando helada por la espalda. Yo bailo ante su espíritu como ante una cumbre dorada, él es abismo puro avasallando la razón, epicentro de la Ciudad de México. Una vez más con él filosofía vuelve a ser experiencia, autodramatización y experimentación erótica, creciendo simultáneamente hasta engendrar al minotauro. “Yo amo”, dice Zaratustra, “a quien no reserva para sí una gota de espíritu, sino que quiere ser íntegramente el espíritu de su virtud: avanza así en forma de espíritu sobre el puente”.
Me despido arrojando palabras de oro, sin cambiarme de nombre para ocultar mis experiencias como criterio de mi pensamiento. Ni rana pensante ni aparato de objetivación, yo, filósofa, soy línea en blanco, cita, entrecomillado, punto final, y en mis puntos suspensivos, ecpirosis pura. Yo criminal, yo traidora, amante negada, madre borrada: soy todos los estigmas y las quemaduras. Soy sor Juana, Ana Bolena, Juana de Arco, Hipatia y una especie de Borgia. Soy la condenada, la pantera, la tarántula y la serpiente. Nuevamente la filósofa, la nocturna, la que nada a contracorriente. Escritora, mal comida, pensadora. ®

domingo, 22 de enero de 2012

Emile Michel Cioran


El inconveniente de ser Cioran

Augusto Isla

Bajo la luz del Renacimiento, el genial Pico della Mirándola (1463-1494) publicó, a sus escasos veintitrés años, su Oratio de Hominis Dignitatae que le sirvió de prólogo a las novecientas tesis que tituló Conclusiones philosophicae cabalisticae et teologicae. Su célebre discurso fue y sigue siendo un paradigma del humanismo, entendido como exaltación del hombre cuyo libre albedrío lo puede conducir ya a las alturas de un ángel, ya a los abismos de la bestialidad. Como todo humanista, creyó que su pensamiento ayudaría al bienestar del hombre, centro del universo; como todo cristiano optimista y tolerante, si los hay, abrió su corazón a los vientos del sincretismo y de la diversidad. Lleno de amor al género humano, consideró que éste era capaz de vincularse con Dios sin mediaciones, sin rituales, sin dogmas. Pero aquel joven que tempranamente dominó el griego, el árabe, el hebreo... pagó caro su atrevimiento: fue juzgado, condenado por herejía y padeció la cárcel. Sometido y humillado, el brillante discípulo de Marsilio Ficino, ofendió a musulmanes y judíos. Sin embargo, esta flaqueza no logra eclipsar los destellos de su gran Oratio, ejemplo vivo de un humanismo que supo apreciar la grandeza humana.
cada sociedad genera sus humanismos: estudios, ideales, para mejorar la condición humana. La Antigüedad clásica, el Renacimiento, la Ilustración, el romanticismo... Unos miran hacia adelante, otros hacia el pasado. Todos son emanaciones de una inconformidad con lo vivido; unos permanecen como testimonios individuales; otros se convierten en ideologías orgánicas y trascienden como conciencia colectiva. Innovar o revivir; crear o imitar modelos, no importa. El Renacimiento imita a los antiguos, pero quiere superarlos. Todo vale si de lo que se trata es que la humanidad, tan elástica como perfectible, prosiga por un camino ascendente.
En contraste con el humanismo de Pico, en el crepúsculo de una civilización ensoberbecida por su progreso, cabe la sensación de vejez, el agotamiento, el tedio, el vacío. Émile Michel Cioran (1911-1995) expresa con suma inteligencia esa atmósfera decadente. Aunque nace y crece lejos de los grandes centros urbanos, en una Rumania rural, a los veintiún años parece haber leído todo, por así decirlo. El escenario ya no es Rasinari, donde vio la luz primera, ya no es ese universo pastoril, donde ha sido feliz como un “animal salvaje”, ni Sibiu donde, sustraído del paraíso bucólico, el adolescente alimenta su timidez, sino Bucarest donde, insomne, pasea por sus calles, disfruta sus burdeles; ahí donde dice “adiós a la filosofía” y sus sistemas, señales todos de “una vida personal pobre e insulsa”, ahí donde, harto de cultura e historia, escribe En las cimas de la desesperación. En las primeras páginas de este libro, en el capítulo “yo y el mundo”, apunta, entre paréntesis, “escrito el 8 de abril de 1933, el día en que cumplo veintidós años, experimento una extraña sensación al pensar que soy, a mi edad, un especialista de la muerte”.
Todo Cioran está aquí: el sin sentido de la vida, la tanática avidez de sí mismo, la persistente autodenigración: “Soy una fiera de sonrisa grotesca que se contrae y se dilata infinitamente, que muere y crece al mismo tiempo, exaltada entre la esperanza de la nada y la desesperación del todo”; y más adelante: “Soy un fósil de los comienzos del mundo […] soy la contradicción absoluta, el paroxismo de las antinomias y el límite de las tensiones; en mí todo es posible, pues soy el hombre que se reirá en el momento supremo, en la agonía final, en la hora de la última tristeza.” Nunca deja de ver hacia adentro. Ya en París, adonde viaja como becario del Instituo Francés de Bucarest, escribe en una “Carta a un amigo lejano” (1957): “Me veo, en medio de los civilizados, como un intruso, un troglodita enamorado de caducidad, sumergido en plegarias subversivas, presa de un pánico que no emana de una visión del mundo, sino de las crispaciones de la carne y de las tinieblas de la sangre [...] Sí, en mis crisis de fatuidad, me inclino a creerme el epígono de una horda ilustre por sus depredaciones, un turanio de corazón, heredero legítimo de las estepas, el último mongol.”

Fotos: emilmcioran.blogspot
Si aquel joven no se suicida, es porque le repugna “lo mismo la vida que la muerte”. Cioran vivirá ochenta y cuatro años. En el transcurso de su larga vida, continuará observándose, y desde esa experiencia interior centrará su atención en el hombre. No cambiará su actitud hacia el mundo. Se odiará a sí mismo y odiará al género humano. He aquí un humanismo al revés, una misantropía. Y escribirá y escribirá. No por gusto ni por capricho, sino como una catarsis.
Desde la perspectiva individual –soledad, desesperación, sufrimiento– la misantropía de Cioran dibuja un conflicto con el mundo; pero vista desde la dimensión cultural, ¿el narciso negro que lo recorre no es reflejo de su tiempo? ¿No están ya el aburrimiento, el tedio y el vacío, en Baudelaire, en Mallarmé? Pero Cioran es algo más que un simple crítico de la modernidad; es un desencantado de la civilización, innecesaria para él; su desaliento se remonta a los orígenes: el nacimiento del hombre está marcado por la insignificancia; es poca cosa. El hecho de que se considere el centro del universo es una cosa; que lo sea, otra. En el fondo, es una criatura megalómana; “un mamífero que debería haber tenido un destino mediocre, está comprometido con un destino que le queda demasiado grande”. El hombre está maldito desde sus comienzos. Por eso, lo que inventa se vuelve contra él, y cuanto más se agita, más se acerca a su final. La historia es la negación de todos los valores, la prueba de su fracaso: “Todos sus sueños se estrellan contra lo grotesco del desarrollo histórico.” El devenir humano es también un antídoto contra las utopías, esos “monstruosos cuentos de hadas”. Y sin embargo, las necesita; son su fuerza, pues las ilusiones contenidas en ellas, como la libertad, por ejemplo, son imprescindibles para soportar la vida, para evadir la atroz condición humana. El progreso mismo, salvo en su aspecto tecnológico, es una ilusión, la “utopía por excelencia”, mas, por grande que sea, no lo salvará. Pienso en todos esos bobos que idolatran a Steve Jobs.
El discurso misantrópico de Cioran es un grito, un estallido, una bofetada; “una sucesión de exclamaciones”; sus deslumbrantes verdades no emergen de una lógica serena, sino de una inspiración furiosa. En vano discutir con él. De ahí que en sus “Reflexiones sobre Cioran” Susan Sontag desatine debatiendo con las “argumentaciones” del rumano: Cioran no argumenta; clava su ponzoña con rencorosa precisión. Por eso el aforismo es su arma más afilada; en él encuentra la palabra más justa, la más hiriente injuria contra sí mismo, contra la vida, contra Dios. A Cioran se le toma o se le deja en sus claridades y en sus sombras. Hay quienes devoran todo lo que escribe, por coincidir con su cansancio, con su rabia o por mero esnobismo; pero también hay quienes pronto lo abandonan, como un amigo a quien le di a leer Breviario de podredumbre, por considerarlo monótono, hiperbólico y acaso insincero.
Cioran escribe sus primeros cinco libros en rumano. Pero en 1947 decide redactar en francés; era, para él, un idioma odioso “con todas sus palabras pensadas y repensadas, afinadas y sutiles hasta la inexistencia, volcadas hacia la exacción del matiz, inexpresivas a fuerza de haber expresado tanto, de terrible precisión, cargadas de fatiga y de pudor, discretas hasta en la vulgaridad [...] Una sintaxis de una rigidez, de una dignidad cadavérica las estruja y les asigna un lugar de donde ni el mismo Dios podría desplazarlas”; detesta sus rigores, empero asume el reto y lo conquista. Él, tan indiferente a toda gloria –aspiración ridícula– anhela secretamente ser leído. Breviario de podredumbre fue un martirio: lo rehace cuatro veces para no ser considerado un “meteco”. Este libro, extraído según él, de sus “bajos fondos” para injuriarse e injuriar la vida, le abre el camino de la consagración como uno de los grandes escritores en lengua francesa. Escritos en rumano o en francés, los títulos mismos de sus libros llevan la impronta de su morbidez: Silogismos de amarguraLa tentación de existir,DesgarraduraEl inconveniente de haber nacido. . . Todos parecen ser variaciones del primero, a cada vez más concisos, más fragmentarios, en ascenso sonoro como el Bolero, de Ravel.
entre el creer y el no creer, en la imposibilidad de la fe –invención cristiana–, así vive su alma atormentada, llena de amor a los místicos, deseosa de eterna calma, de un éxtasis que por momentos experimentó en su estancia alemana allá por los años treinta. Como todo blasfemo es un pensador profundamente religioso. ¿Cristiano a su pesar? Como Nietzsche, aborrecía el cristianismo ¿Pero acaso no lo llevaba en la sangre, como una tara? Su padre era sacerdote ortodoxo; mas a diferencia del germano que creía en el hombre y en su capacidad de superarse a sí mismo, Cioran pensaba que creer en el hombre es una necedad, una locura. En La tentación de existir, la retórica anticristiana se concentra en el odio a san Pablo, “un judío no judío, un judío pervertido, un traidor [...] Cuando ya no sé a quién detestar, abro las Epístolas y en seguida me tranquilizo. Tengo a mi hombre [...] Una civilización podrida pacta con su mal, ama el virus que la roe, no se respeta a sí misma, deja a un san Pablo ir y venir. . . Por esto mismo, se confiesa vencida, carcomida, acabada. El olor de la carroña atrae y excita a los apóstoles, sepultureros ávidos y locuaces [...] El paganismo les trató con ironía, arma inofensiva, demasiado noble para doblegar a una horda insensible a los matices.” Y sin embargo, ¿no se asemeja Cioran al de Tarso, no desprecia, como éste, el mundo, la carne; no mira con malos ojos toda sensualidad, no incluso percibe en el comer “un acto de envilecimiento cotidiano”, aunque a diferencia del apóstol, Cioran nada espera de su renuncia?
fernando Savater, en un hermoso libro, Ensayo sobre Cioran, por el que luchó durante muchos meses para que fuese aceptado como tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid, dio en el clavo en su apreciación: “La única tarea [de Cioran], si se la puede llamar así, es el desengaño.” Es comprensible que las demoliciones del pensador rumano fueran rechazadas como habitantes de la academia filosófica, que alguien proveniente de la periferia del mundo y aspirase a “sensibilizarse a la oscuridad que la policromía ilusoria pretende enmascarar” fuese indigno de ser considerado como filósofo a despecho de que sus reflexiones sobre la existencia, el tiempo, la vida, Dios, la historia, la libertad... se abordaran de otra manera, evitando toda pedagogía, gozando la negación de la felicidad, de la vanidad de todo esfuerzo, del orden mismo del mundo. Difícil resulta la aceptación de alguien al que se le revela la inanidad del ser, ese despertar de la conciencia que riñe con “las personas decentes y de provecho”, esa violencia que admite la eternidad de la miseria, ya la interior, ya la de la vida social. Pues que el hombre ensucia y degrada todo lo que lo rodea. En lo personal mucho agradezco a Savater que haya despertado mi curiosidad y que de su mano muchos lectores de habla hispana nos hayamos adentrado en el atrayente infierno cioraniano.
en política, ¿qué es Cioran, de izquierda o de derecha? Ninguna calificación podría atraparlo. Para él, todas las sociedades son malas, pero hay peores. Así, rechaza lo mismo la sociedad burguesa, ilusión libertaria y “quintaesencia de la injusticia “, que la tiranía comunista. Rechazar o aceptar el orden establecido, da igual; nada cambiará. En su ensayo “El pensamiento reaccionario” –a propósito de Joseph de Maistre–, leemos: “Lo trágico del universo político reside en esa fuerza oculta que conduce a todo movimiento a negarse a sí mismo, a traicionar su inspiración original y corromperse a medida que se afirma y avanza. Porque en política, como en todo, nadie se realiza sino a través de su propia ruina.” Cioran no pertenece a nadie; el juvenil pasaje de su adhesión a La Guardia de Hierro –movimiento fascista, ultranacionalista, antisemita– le produce a la postre, “vergüenza intelectual”. Y aquí, de nuevo, Sontag se equivoca atribuyéndole “una sensibilidad católica de derechas”. Cioran es un proclamador de la pasividad, de la negación, incluso de ese no hacer nada en la vida. Un escéptico desesperado.

Foto: emilmcioran.blogspot
Escéptico, el rumano duda incluso del valor del intelecto. Cioran prefiere la compañía de la gente humilde –pescadores, campesinos–, de aquellos que nada saben o cuya sabiduría es no convencional: “un barrendero sabe más de la vida que un filósofo”; y por eso mismo logran el acceso a la felicidad. Un escéptico que, sin embargo, no cesa de admirar. Ejercicios de admiración lo ponen contra la pared de sus dubitaciones; admira a Jorge Luis Borges, a Mircea Eliade... a María Zambrano, a quien dedica palabras conmovedoras como éstas: “Quisiéramos consultarla en los momentos cruciales de una vida, en el umbral de una conversión, de una ruptura, de una traición, en la hora de las últimas confidencias, graves y comprometedoras, para que nos revele y explique a nosotros mismos, para que nos dispense, por así decirlo, una absolución especulativa, y nos reconcilie tanto con nuestras impurezas como con nuestros callejones sin salida y nuestros estupores.”
cioran, el pensador, camina por una senda, la del asco a la gente y a sí mismo; Cioran, el hombre inmerso en su cotidianeidad, ¿por otra? Responde a las cartas de personas desconocidas, acepta entrevistas, se muestra compasivo; ofrece refugio a víctimas de la persecución durante la guerra; se ocupa de la suerte de sus sobrinos; derrocha gentileza, simpatía y humor cuando recibe visitas en su departamento de París, “ese cementerio bullicioso” que será su cárcel a partir de 1937; disfruta ya las caminatas en el parque de Luxemburgo, ya las veladas con sus amigos. Piénsese lo que se quiera; él es así: si por un lado, nos dice que “los sentimientos entre amigos son falsos”; y por otro, confiesa su cariño hacia los suyos, como Samuel Beckett. Es contradictorio, pero nunca pierde la lucidez, ni siquiera en el enunciado de sus paradojas: “Que la vida no tenga sentido es una razón para vivir, la única, su realidad.” Si como pensador arroja sus flechas envenenadas, después, en su diario vivir, las recoge y las guarda. Así, no obstante que nos diga que “inclinarse hacia el bien es una aberración, una violencia con el ser”, si alguien lo consuma es por una especie de distracción del orden; pues bien, él acaba siendo un distraído, un hombre pleno de bondad, un hombre de luz, como suele decirse.
ya viejo, Cioran se deja retratar. Sus profundas arrugas deletrean un inmenso sentimiento de duelo. Viéndose tal vez en el espejo de Diógenes, en El ocaso del pensamiento (1940) se pregunta: “¿Qué habrá impulsado a Diógenes hacia la catastrófica ruptura del hechizo ingenuo, delicado y envolvente de la existencia? [...] ¿Qué consuelo le habrá faltado, qué caricias le truncaron, para separarle de la felicidad a la que debió ser sensible incluso si nació con vocación de réprobo?” Algo perdió también Cioran en el camino, como el entrañable cínico, como ¿las fresas salvajes del personaje de Bergman, el sombrero que guarda el patriarca deLa gata sobre el tejado caliente? ¿El trineo de El ciudadano Kane, de Orson Wells? Sí, algo que nada compensa. Ni los amores, ni la gloria, ni las cosas acumuladas en el desván de la memoria; algo que lo obliga a mirar hacia la nada, hacia las cenizas que son “el desenlace de todo”, y en lo que sustenta su humanismo al revés, su misantropía.
Tal vez la clave esté en las últimas páginas de Ejercicios de admiración cuando nos dice: “Yo nací cerca de los Cárpatos y adoré el pueblo donde pasé mi infancia. A los diez años tuve que abandonarlo para ir al liceo de la ciudad. Fue una experiencia terrible que nunca olvidaré: el espectáculo de un animal llevado al matadero. Los condenados a muerte deben conocer sensaciones semejantes antes del suplicio final. Yo sabía que lo perdía todo, que era expulsado de mi propio edén y que no merecía ese castigo. Cuando pienso en ello tras una vida entera, me doy cuenta de que tenía razón de haber reaccionado así, que en el fondo la civilización es un error y que el hombre debería haber vivido en la intimidad con los animales, apenas diferente a ellos. En ningún caso debería haber ido más allá del estatuto del pastor. La conclusión de una vida se reduce a la constatación de un fracaso.” Pero ese fracasado, ese hombre que se consideraba un holgazán, alguien que no servía para nada ni quería servir para nada, nos ha dejado un testimonio tan cruel como grandioso, que perdurará con su lucidez mientras se prolongue la aventura del hombre.

de La Jornada

sábado, 22 de octubre de 2011

Teoría marrana por Alberto Moreiras


No soy editor pero, como muchos intelectuales académicos comprometidos con un campo de estudios específico, en mi caso el de los estudios relacionados con el ámbito general del pensamiento en castellano, he sentido la necesidad de lanzar iniciativas editoriales para promover ciertas corrientes, para alentar ciertos estilos de trabajo o para darle mayor visibilidad pública a modos de pensamiento que permanecían en relativa oscuridad debido a falta de canales adecuados de diseminación. Benjamín Mayer me pide unas reflexiones relacionadas con lo hecho ya, pero fundamentalmente con lo que me parece podría hacerse en los próximos años. Ahora trazaré cierto contexto y haré algunas propuestas para discutir en este foro y durante la discusión misma algunas ideas podrán perfilarse de forma más incisiva o precisa.

Para mí el contexto es la impresión sostenida y acuciante de que, a pesar de todas las excepciones visibles o no visibles, a pesar de todo el trabajo hecho y en trances de hacerse, el campo general del pensamiento en español en su dimensión teórica, crítica o propiamente filosófica no ha conseguido todavía desarrollo suficiente. Afirmaciones como esta son, en algún sentido general, siempre verdaderas o, desde un punto de vista alternativo, siempre falsas. Por lo tanto pueden ser acusadas de meramente tautológicas: sólo dicen lo que dicen y así no dicen nada. Claro, todo depende de lo que uno entienda por “suficiente”. Pero yo hago esa afirmación en un sentido específico: el pensamiento en español no ha cumplido todavía la promesa que encierra y que empezó a pronunciarse hace ya dos generaciones.

Yo inicié mi carrera estudiando filosofía y continué con estudios de literatura y de historia intelectual hispánica porque me di cuenta en algún momento de que no me atraía particularmente convertirme en un productor de textos secundarios, glosas más o menos eficientes de formas de pensamiento insertas orgánicamente en otras tradiciones intelectuales. Sería mejor, me parecía, intentar algo así como pensamiento original. Dónde tratar de buscar su posibilidad misma si no en la historia de la lengua en la que uno se ha formado. Había que empezar por estudiar el archivo que, desde alguna concepción no tanto romántica como pragmática, era ineludiblemente mío. Había impaciencia, desencanto e incluso un cierto aburrimiento cuyo carácter, si es que iba a dejarle que definiera mi vida, me parecía monstruoso. Todo eso tenía que funcionar como acicate. Las cosas no estaban bien, no para mí. Tenía un problema. Leía y leía. Me pareció en aquel momento, a contrapelo de lo que iba aprendiendo, que era necesario intentar algo que resultaría difícil: romper el ensayismo diletante y siempre insatisfactorio de los preservadores de las diversas tradiciones hispánicas, que, además de resultar insatisfactorios al nivel más básico, siempre resultan miméticos o derivados o reactivos con respecto de otras tradiciones que la modernidad —quizá por razones ideológicas— había representado como más fuertes y, para ser justos y ateniéndome al detector de aburrimiento, lo eran. Ninguna medida de corrección política o de respeto por la autonomía relativa de todas las tradiciones culturales, de todas las lenguas, podía en última instancia disimular la impresión de que, digamos, Martin Heidegger era un pensador más riguroso o de mayor alcance que José Ortega y Gasset, o que Gilles Deleuze y Jacques Derrida estaban publicando libros más urgentes e interesantes que los que simultáneamente publicaban Eugenio Trías o Fernando Savater, que hacían lo que podían. En la medida de mis posibilidades, mi idea era estudiar todo lo posible y romperme la cabeza para que, de alguna manera, en algún momento, mi propio trabajo pudiera tener el rigor y el espesor crítico y creativo de los escritores que como estudiante de filosofía yo admiraba y continúo admirando. No sólo, por cierto, Deleuze o Derrida o Arendt o Irigaray o Foucault o Lacan, no sólo Heidegger, que me quedaban grandes y solo podían servir como referencia, sino tantos otros quizá no tan decisivos pero que en virtud de su inserción en unas tradiciones que a mí me parecían, desde el punto de vista filosófico, más libres e imaginativas que las nuestras —me refiero a las determinadas o envueltas por nuestra lengua, aunque sabemos bien que no es la lengua la responsable, sino la historia— me resultaban más capaces de llevar adelante una vocación de pensamiento que no estuviera simultáneamente desinflada, que no fuera derivativa y voluntarista y fallida. Es posible que yo estuviera ya en el error en aquel momento, quién sabe. En todo caso, fue un error constitutivo.

Si era la historia la responsable de la relativa miseria de la producción crítica y filosófica en castellano, quizá la historia podría alterarse. Es difícil alterar el pasado, así que quedaba el presente y el futuro, si se me permite ser convencional para ir más rápido. Yo era estudiante. Una posibilidad que pronto aprendí a descartar era la ilusa de que me sería perfectamente posible retirarme a alguna montaña y allí, entre libros y conejos, desarrollar un estilo. El trabajo que estaba por delante, de forma inmediata, al menos para mí, tenía que ser institucional. Había que crear, con paciencia, las condiciones para que en el campo institucional de estudios, en la universidad, pudieran darse estímulos capaces de promocionar pensamiento libre y riguroso. No para mí, para otros: quizás esta fuera una forma prematura de autoexculpación, no lo niego. No hablo de logros, sino de intenciones. Era una tarea generacional y alcanzaba a todos —nadie podría hacer progresos reales individualmente. Si esto pudiera lograrse, habría que dedicarle la vida entera y hacerlo mediante formas de compromiso colectivo. Nadie piensa en el vacío —las formas de discurso se refuerzan mutuamente y sólo en el diálogo el avance es posible. Había mucho trabajo previo por hacer, pero no había otra tarea mejor —hablar con gente, formar otros estudiantes, releer la tradición, abrirla a la crítica desde otras posiciones de pensamiento más fuerte, recoger lo más vivo de lo que se estaba haciendo en otros idiomas para que ese trabajo se convirtiera en genuina inspiración. Se trataba de usar la dignidad heredada del espacio universitario transnacional para ponerla al servicio de un proceso histórico de transformación de las condiciones de discursividad que habían parecido regir los destinos del español como lengua de producción teórica en el siglo veinte. Claro, todo esto tendría que partir de una receptividad extrema de nuestro propio archivo, en toda su complejidad y heterogeneidad interna, no sólo del archivo filosófico y teórico, también del histórico, del político y del social.

Sí, todo esto me desbordada, a mí y a todos los demás. En la medida en que yo percibía que, con todas mis limitaciones de experiencia y conocimiento, no había maestros reales. No en nuestro mundo. Nuestra generación podía sin duda aprender de generaciones previas y de individuos concretos cuyo trabajo podía ser catalogado como admirable o catastrófico. Pero la constatación de una ruptura generacional era clara: nos costaba, a pesar de todo, aprender de nuestros profesores, que no eran nuestros referentes reales, y había un deseo nuevo, un deseo de algo nuevo, que sigo considerando genuino. Dentro de mi mundo, que se había desplazado por entonces a los departamentos de español en universidades norteamericanas, había gente joven, de mi generación, de muchos países del ámbito del idioma, o bien comprometidos con él, que, quizás por primera vez —dejando aparte excepciones históricas conocidas y quizá un número mucho mayor de excepciones no conocidas, borradas, nuestros verdaderos antepasados— estaba dispuesta a salir de su propio ghetto, a abandonar la cansina reproducción de los tópicos dominantes de las tradiciones críticas y autorreferenciales en nuestra lengua, a romper el agobio de los disciplinamientos en algunas ocasiones académicos, en otras sólo supuestamente académicos, que, más allá de nuestros mismos profesores, la inercia institucional quería imponernos y atreverse a otra cosa. No se trataba de seguir siendo infinitos glosadores de la novela contemporánea sin rechistar, como sin duda los escritores deseaban que hiciéramos —los mismos que pensaban que nosotros, criaturas académicas, no teníamos más consistencia que la de ser sus acólitos y monaguillos, escritores frustrados que habíamos resultado ser. Pero en esos departamentos de estudios hispánicos uno o glosaba a escritores o escritoras vivas y vivos, o glosaba a escritores y escritoras muertas. No había mayor opción. Todavía eran departamentos muy inmersos en un tipo de reproducción del saber —filológico, representacional, estético, en el mejor de los casos historiográfico— que seguirá siendo útil y necesario, pero que no podía marcar el camino que yo y mi pequeño grupo de amigos nos habíamos trazado. Tampoco el compromiso político, abrazado por muchos, era un sustituto real. Admirable como era, queríamos algo más que pudiera sostenernos también en el sentido de pensar nuevamente la política, habíamos sido ya testigos de demasiados desastres. Y, desde luego, queríamos legitimación: en la universidad, por ejemplo, que nuestros vecinos de francés, de estudios americanos, de literatura comparada se tragaran su extraordinaria arrogancia despreciativa con respecto de quiénes éramos y también de lo que queríamos hacer. Era obvio que preferían que estuviéramos calladitos en el ghetto en el que habíamos estado siempre, no había desde luego ni colaboración por su parte, ni siquiera buena fe. ¿Qué hace un profesor de español como tú ocupándose de Kant o de Weber? ¿No te basta García Márquez? Nos importaba poco. Había cosas más importantes que atender.

El panorama cambiaba también para ellos. Sus certezas disciplinarias habían sido sometidas a un cerco insistente por el postestructuralismo y lo que podríamos llamar una primera ola de interdisciplinariedad que nos llevaba a todos fuera nuestro campo de especialización a la necesidad de estudiar antropología, psicoanálisis, historia, economía política, cine, en suma, todo lo demás. El archivo disciplinario había saltado en pedazos y ya nadie podía leer sólo lo que sus manuales de bibliografía profesional listaban. El circuito del prestigio académico, en alas del impacto postsesentayochista del postestructuralismo francés había pasado a la producción teórica. En cierto sentido, y a pesar de todas las dificultades, era nuestra oportunidad. En literatura, por ejemplo —y quede claro que no es más que un ejemplo, podría extrapolarse a otras disciplinas, igual que la situación antes descrita en los departamentos de humanidades norteamericanos puede también transcribirse en términos de relaciones entre pensamiento en español y práctica supuestamente solo científica en los departamentos de ciencias sociales latinoamericanos y españoles—, podíamos conseguir una naturalización académica que ya no dependía más de las glorias relativas de Balzac o Dickens contra Pérez Galdós, que no dependía tampoco de la calidad citable de Jorge Luis Borges o de las enormes ventas, aunque ya muy decrecientes, de los héroes del boom, ni de la supuesta superioridad absoluta de la lírica francesa, que nos hacía morder el polvo a todos los no franceses, sino que dependía, en sentidos reales, de nuestra capacidad de absorber archivos múltiples y de darles carta de corso en nuestra actividad cotidiana, ya no definida exclusivamente por el canon hispánico. A ello nos entregamos.

La historia que seguiría es la historia de los últimos veinte años, pero no voy a contarla. Es la historia que pasa por la crisis de la teoría, la caída de la literatura como campo de reflexión crítica y el auge inmediato de estudios culturales, estudios de género, estudios postcoloniales y estudios subalternos… la situación que reina hoy y el papel que hayamos podido tener y dejar de tener en todos esos desarrollos los que continuamos comprometidos con la necesidad de normalización discursiva del español en producción teórica no mimética. Debo decir que, contrariamente a lo que puede suponerse, estos desarrollos, aunque en gran medida impulsados por las estructuras universitarias francesas, norteamericanas o británicas, no son simplemente desarrollos metropolitanos pues han tenido influencia masiva en otros ámbitos académicos. Lo que me interesa ahora, en virtud de la necesidad de discusión, es marcar mi opinión de que el momento presente en la discusión académica, desde el punto de vista de los estudios en español, constituye de hecho una regresión al momento en el que parecía que íbamos a poder atender la promesa, cumplirla o abrir el camino para que otros lo hicieran.

Los inconvenientes se derivan del carácter regresivo: ahí hay ya la constatación de un cierto fracaso. No hemos conseguido gran cosa, no hemos hecho mella alguna. El campo intelectual está dominado hoy, no sólo en humanidades, pues esto alcanza a varias de las ciencias sociales, por un culturalismo rampante, identitario de naturaleza y absolutamente deudor del único hilo temático que la tradición hispánica ha conseguido naturalizar en los últimos doscientos años. Es abiertamente antiteórico, insidiosamente hostil a la práctica teórica en cuanto supuestamente eurocéntrica. Es absolutamente representacional, en la medida en que la representación cultural (y culturalista-identitaria) agota su horizonte. Una y otra vez es posible constatar que, si bien los temas han cambiado y hoy poca gente está interesada en el estudio de, digamos, el símbolo y la alegoría en Octavio Paz o en la forma y el contenido de la novela de la Revolución mexicana, y se prefieren estudiar películas, graffiti, o testimonios, por dar ejemplos obvios, la modalidad narrativa dominante sigue siendo melodramática, que han perdido su fuerza innovadora y se han recluido en una respetabilidad incesante al nivel mismo del vocabulario. Cambian los perros pero el collar es el mismo, de la misma fábrica, con pocas variantes puestas al día. No era eso lo que buscábamos, eso era más bien lo que ya había, y contra ello hay que seguir luchando.

Las ventajas no pueden negarse. Hoy, como pude constatar en mi visita a 17, Instituto de Estudios Críticos hace poco más de un año, pero también en otros lugares y en mi propia práctica profesional cotidiana, hay una alternativa que hace veinte años apenas existía. El discurso teórico está ya naturalizado en español. Las referencias cruciales son en cierta medida ya parte integral (y no extracurricular) de lo que los jóvenes estudian. Hay numerosas revistas y numerosos blogs y foros de internet en los que se intenta hacer lo que los circuitos del poder académico en español no permiten en sus ámbitos. La posibilidad de pensamiento libre y riguroso, más allá de las restricciones históricas impuestas por una academia caída y por un mundo editorial dormido y perezoso, está ya en la calle. En suma, lo que quiero proponer no es que se trate de volver a empezar, ritmo hesicástico, como diría Lezama Lima, sino que este es el momento coyuntural adecuado para relanzar un proyecto generacional y global (es decir, transcontinental) de reflexión propiamente teórica en español, con la certeza de que esta vez los logros serán generacionalmente incontrovertibles y vencedores. Es cuestión de tiempo, pero no sin esfuerzo, pues del esfuerzo depende la victoria. No se trata en esta victoria de destruir a ningún enemigo, sino más bien de lograr espacio para respirar, que es el espacio de la libertad real.

Voy a dejarlo aquí, pero no quiero dejar de mencionar la importancia absoluta de lo que fue mencionado solo de pasada arriba, y eso es la politicidad de todo pensamiento. El pensamiento teórico-crítico que está prometido para nuestra lengua es también pensamiento político, como no podía ser de otra manera. Excepto que es quizá tiempo de pensar la política no melodramáticamente, que es lo que a las generaciones que nos anteceden no parece haberles sido posible. Lo que está en juego es el desarrollo amplio de un proyecto de pensamiento teórico-político a partir de lo que quiero llamar el intelecto general republicano: democracia política común, y lógica de la libertad contra lógica de la dominación. Esto no está confinado a las tradiciones españolas o latinoamericanas (o indígenas, en el ámbito del imperio y del postimperio hispánico), sino que intenta pensar lo hispánico, entre otras cosas, en el marco de una historia global. Lo decisivo es el carácter no identitario del pensamiento por venir: su registro marrano.

Alberto Moreiras

miércoles, 21 de septiembre de 2011

domingo, 11 de septiembre de 2011

La desaparición de las humanidades en México



A fines de 2008, el gobierno inició una reforma de la Educación Media Superior (RIEMS) que afecta a millones de estudiantes. Su puesta en marcha se sustentó en la publicación de Acuerdos (el 442 y 444) publicados en el Diario Oficial de la Federación. Su objetivo principal: preparar a los jóvenes para “la globalización”. Mientras otros reformadores, como Gabino Barreda, Justo Sierra o José Vasconcelos, fundamentaron la necesidad de cambios en la educación a partir de un análisis profundo de las necesidades del país, el actual gobierno se ha limitado a seguir, con empeño digno de mejor causa, las indicaciones de la OCDE. Sin embargo, cuando los profesores de humanidades indagaron sobre el contenido de la reforma, descubrieron con sorpresa que en el cuadro básico de asignaturas faltaba el área de las humanidades y que sus disciplinas se habían dispersado en otras áreas: la literatura en la de comunicación, al lado de inglés y computación; la historia en la de ciencias sociales, y la filosofía fue enviada a unaterra ignota llamada “transversalidad”. ¿Cuáles fueron las razones de estas medidas tan radicales? Jamás lo han explicado. ¿Para qué y ante quién?, dirían. Ante esta situación, las asociaciones filosóficas del país iniciaron, en 2009, un fuerte movimiento de defensa de las humanidades que culminó en mayo de ese año con una rápida negociación, ante la urgencia de las circunstancias (influenza, crisis económica), de un Acuerdo (el 488) en que las autoridades restablecían el área desaparecida y definían las materias filosóficas como básicas y obligatorias. ¿Qué había pasado? ¿Las autoridades, en un acto inusitado de contrición habían reconocido su error y procedían a subsanarlo? ¡Qué ejemplo de autocrítica tan impresionante! Pero además, el nuevo acuerdo fue sometido a aprobación unánime de las autoridades educativas del país y publicado en el Diario Oficial de la Federación con la firma del maestro Alonso Lujambio, titular de la SEP(23/06/09). Parecía entonces que todo iba por buen camino; sin embargo, un año más tarde se organizó un coloquio nacional (véase el libro titulado Situación de la filosofía en la educación media superior,en www.ofmx.com.mx) para realizar un diagnóstico sobre la situación de la filosofía en la EMS y se concluyó que ni se había conformado el área de humanidades, ni se habían restablecido las materias filosóficas en forma integral. Lo que ocurrió fue que en algunos sistemas desparecieron, en otros se cambiaron sus nombres y contenidos y, en otros más, se mantuvieron de manera fortuita. ¿Cómo es posible que una clase de ética filosófica no sea obligatoria frente a la crisis de valores prevaleciente y el inmenso proceso de deshumanización en que nos encontramos? –he preguntado a las autoridades– y su respuesta ha sido siempre un desconcertante silencio. Así, laSEP no sólo cometió un agravio en contra de la sociedad al desaparecer las humanidades de la educación, sino también al incumplir sus propios acuerdos. ¿Cuáles son las causas de este empecinamiento? Hay una de fondo: la profundización del productivismo, mercantilismo y consumismo en todos los ámbitos de la vida, que no quiere dejar espacio alguno a lo que considera “improductivo”. Por otro lado, existe un traslado acrítico por parte de las autoridades, de las estrategias globales diseñadas por la OCDE. Nuestros administradores no repiensan las directivas de acuerdo con “nuestros intereses”, sino de acuerdo con los intereses de los grandes países productores. Finalmente, de lo que se trata es de disolver las humanidades para que los jóvenes no obtengan una conciencia crítica del mundo en que viven, ofreciéndoles como premio su ilusorio ingreso a la sociedad postmoderna. El día 8 de agosto pasado algunos de los mejores miembros de la comunidad filosófica, científica y cultural publicaron una enérgica reivindicación de las humanidades en la ems. Lo más probable es que las autoridades no escuchen, o peor: que recurran a la simulación y el doble lenguaje. El problema es que lo que está en juego es una concepción de lo que debería ser nuestro país.

Por Gabriel Vargas Lozano, de La Jornada Semanal

martes, 6 de septiembre de 2011

Neuro-, Bio-, Psi-. Un testimonio del coloquio 11° 17 Instituto de Estudios Críticos. Eduardo Medina Frías


A decir de Aldo Trucchio, la filosofía está muerta. Como si los grandes sistemas filosóficos de ambiciones omniaberrantes fueran la única forma de pensamiento filosófico en la historia y hoy.


En su apologética negada, Trucchio declara que si bien la filosofía ha muerto, lo que perdura es un pensamiento filosófico; esto puede ser una clave o una perogrullada, porque sabemos que la filosofía, el psicoanálisis o las neurociencias son precisamente eso: pensamientos de cierto orden, entretejidos de pensamientos; su grado de sistematización, no los convierte en otra cosa. Pero si, seguramente, la sistematización puede llevar a la reificación, puede hacer de nuestros pensamientos un tejido ilusorio que concebimos en su ser: como algo separado a nosotros. El olvido: ya no es nuestro pensamiento, sino una realidad objetiva por explorar. Sistematización y método implican una ontología, toda ontología contiene en sí misma las conclusiones que pretendemos confirmar. En este sentido y dentro de los límites de lo posible, la filosofía debe aniquilarse en su sistematización para mantener su lucidez frente a estos menesteres. Proceder opuesto y por necesidad a la ciencias: frente a nosotros, en nosotros, se encuentra la extrañeza, y solo sentimos una gran necesidad, esta es la base de nuestra confusión. El conocimiento comienza como un proceder por supervivencia; lo mesurable de la ciencia, sus hipótesis y teorías se mueven en esta extrañeza de modo efectivo para otorgarnos comida, refugio y seguridad. Los discursos de conocimiento nos otorgan seguridad frente al sufrimiento ubicándonos frente a la tremenda necesidad y nosotros desprovistos, ofreciendo posibilidades ante la impotencia frente a esta extrañeza. El mayor mutismo no es callar, es hablar, erguimos discurso tras discurso en un entretejido que busca la evasión ante esa situación básica. La distancia de la filosofía, por su muerte habla de estos asuntos desde un silencio: el que queda después de la caída de estos discursos. Este silencio es el del vacío, el cual convierte a todos los discursos en meras pantomimas. (No se niega la posible utilidad de algunas).



El suicidio declara que se reconoce la ausencia de una razón por la cual vivir. Hay un rompimiento entre el ser humano y su bios. O más claramente entre el ser humano y los discursos sistematizantes que enuncian el ¿Qué? del bios, otorgándole una diversidad de sentidos, edificándolo como la realidad objetiva de su ser, a la cual renuncia, con el acto de una muerte voluntaria. En la conferencia de Jesús Ramirez fue mencionado el caso de una muchacha que amenazaba con el acto del suicidio como lo irremediable ante cualquier posibilidad vital que se le presentara; Neuro- y Psi- descubren la impotencia de sus discursos ante la aniquilación voluntaria de Bio-.


Neuro- al no ubicar el desequilibrio en la materia que cause el síntoma, al no encontrar la magia química con que resolverlo, descubre el límite de su paradigma, y con ello, se devela su aparato de conocimiento como la ambición neurótica del conocimiento objetivo frente a eso que él mismo denominó en su hipótesis: materia, otorgándole un estatus ontológico que a su vez crea un sentido de bios, uno que prometía cierta bienaventuranza al develar su secreto oculto. Psi- por su parte busca ejercer el poder de su discurso, uno debidamente fundado en un deber ser que responde a ideologías particulares elevadas ontológicamente a nivel de verdad absoluta y sobre de cuales se erige el rumbo social al cual hay que reinsertar al individuo. Pero la suicida renuncia a dicho discurso en cualquiera de sus variantes, desde el momento en que ella es la grieta en el constructo social de dicho discurso, -lo que dice parece tener algo de razón doctorcita y comprendo desde donde lo dice, pero esos juegos ya no son para alguien como yo, yo simplemente deseo acabar con mi vida al salir de aquí. La pregunta crítica apremiante, si se permite hablar a los muertos, no versa sobre el sentido de la vida, de bios, sino que versa, desde el vacío, en si efectivamente el negarle un sentido a bios, porque no hay discursos inherentes a tal, nos lleva por fuerza a declarar que no vale “la pena” mantenernos con vida. 


Existe en nosotros una necesidad neurótica de racionalidad, de determinación. Cierto es que pensar siempre conlleva cierta necesidad de igualar las apariencias bajo el rostro de un principio ordenador, nuestra supervivencia exige aplicar figuras simbólicas y cuantificables a nuestra experiencia, ¿pero en que momento nos olvidamos de la cualidad vacía de dichas categorías y discursos? ¿O será que apenas lo descubrimos? Al hablar de realidad, hablamos de nuestra dimensión de experiencia, dicha experiencia es Bios-. Lo que digamos en torno a esta experiencia crea plataformas, dispositivos de realidad, realidades que se tornan en filtros que velan/determinan nuestra experiencia. Ser es lo que digamos en torno al Ser.
Luisella Brusa desde el psicoanálisis alude al vacío al enunciar la noción de verdad como un mero constructo del lenguaje; sin embargo esto no quiere decir que verdad pueda ser cualquier cosa, se trata de un constructo histórico y cultural, La clave está en que la verdad, como constructo hegemónico, es un constructo de utilidad; elegimos nuestros modelos de realidad en función de nuestra supervivencia: en el ámbito científico por ejemplo, como señaló el Dr. Ricardo Colin, al arribar al espacio vacío, las distintas teorías parecen perder su dureza discursiva y al final pareciera tratarse de una predilección ontológica, durante el siglo pasado, la hipótesis del materialismo reduccionista sin duda fue la predilección de facto a otorgar el mayor avance respecto a nuestro dominio del mundo natural y el beneficio que obtenemos con esto, sin embargo las observaciones cuánticas y la revolución respecto al concepto de energía que conllevan, develan lo naif del presente cientificismo determinista y su ambición totalitaria. La revoluciones científicas ejemplifican a nuestros discursos como meros aparatos cognoscitivos de utilidad temporal, pero develan también como dichos paradigmas se tornan en nuestro modo vital de experiencia; pareciera que no podemos escapar a nuestra tendencia a reificar, a objetivar nuestros propios discursos. Tal vez se trate del insorteable punto ciego de los límites de nuestra mente, ese peculiar término del que pareciera no podemos decir algo certero entonces, del mismo modo en que el ojo no puede verse a sí mismo, o por el contrario, de la mente hemos dicho todo lo que hemos dicho de sus objetos. 


Es totalmente cuestionable esta supuesta dualidad: mente o conciencia como lo inmaterial, vs. cerebro, órgano como lo material, se trata meramente de un discurso temporal; uno que dentro del imperio del cientificismo reduccionista empareja lo real como lo material tangible, y lo irreal como intangible. ¿Conciencia y pensamiento lo irreal o nuestra insorteable realidad? Pienso ahora, lanzándome al mutismo que es hablar, llenándome de mi discurso, que lo real es lo intangible, y lo tangible son nuestros discursos, discursos que son regímenes de poder, que determinan con sus verdades. Bios- es conciencia, conciencia que en su esencia es experiencia vital ilimitada, limitada por nuestra propia enunciación de discursos; conciencia que siempre es posibilidad de espacio fuera de los regímenes del discurso, espacio que es vacío. Vacío que es infinita e ineludible multiplicidad de posibilidades en incesante transformación. La forma es el vacío, el vacío es la forma. Pensar nos dice Camus, es aprender de nuevo a ver, a estar atento, es orientar la conciencia, es hacer de cada idea, de cada imagen, a la manera de Proust, un lugar privilegiado.


Néstor Braunstein se equivoca, al citar al viejo Marx, el ser social no determina al individuo, lo potencializa. No se trata de juegos de lenguaje o predilecciones terminológicas, lenguaje es discurso, discurso es realidad: experiencia vital. Determinación no deja lugar a la acción del individuo, se trata de la vieja trampa Hegeliana. Potencialización pone la conciencia individual en una balanza, donde ciertamente puede quedar determinado: el esclavo, la conciencia alienada; pero bien puede ocurrir la toma de conciencia, y con ello transformar su ser social: la revolución, la deriva incesante.


¿Vale la pena o no la vida ser vivida si carece de sentido y es que carece de sentido? Bien respondía Sartre cuando un estudiante le pedía consejo respecto a si ir o no la guerra, -usted es libre, usted invente-.Se trata pues de una respuesta individual y profunda, en donde la inercia más que la lucidez toma la palabra. Decía Witold Gombrowicz –ataco a todas esas formas que dejan de ser para el hombre un cómodo abrigo y se convierten en rígido caparazón. Ataco todo aquello que, contra nosotros, crece por sí solo y para comprometernos-. Estas formas son para él lo concluso, la madurez. La inmadurez sería lo maleable, la libertad que puede ser cualquier cosa, mientras que la madurez es la máscara social donde lo individual renuncia y se somete frente a una hegemonía a alcanzar su propia forma. Este es el problema de la forma, el hombre como creador de las formas y como esclavo de las formas. Tal vez sea el suicido una forma radical de renuncia a las formas en nombre de una individualidad, un suicidio lúcido; pero tal vez sea el efecto más nefasto de un discurso que nos dicta que la vida “debe” tener un sentido y frente a un posible momento de lucidez ante el vacío, nos decantamos por la pantomima más patética: la del impotente con iniciativa. 


En todo caso, si Bio- es ese lugar privilegiado del que nos habla Camus, ni los químicos de Neuro- ni el discurso neurótico de Psi- podrán hacer algo al respecto del suicidio lúcido. Tampoco respecto al caso de la decidida muchacha mencionado en la segunda conferencia del coloquio. 


Pero tampoco podemos deslindarnos del asunto bajo la excusa filosófica de la libertad individual, no hay libertad en un caso de alienación extrema como el de dicha muchacha, y nuestra tremenda pasividad social, cada acto de inconciencia consiente nos vuelve responsables, responsables de ese suicidio cada vez que callamos ante la injusticia de un discurso de poder inoperante, cada vez que dejamos a las formas deformes hablar y nos perdemos en ese mutismo. Ese suicidio, si ocurre es mucho más nuestro que el de ella.


Yo si pienso, porque renuncio a esos mutismos, que tal vez modelos para-sociales como el presentado por Sorana Iancu podrían posibilitar que un caso así, de manera individual, dicha muchacha vuelva a aprender a ver con nuevos ojos, a descubrir el privilegio del Bios. Un tal vez en tanto que otros modelos sociales, siempre son posibles si aprendemos a morir; a suicidarnos en nuestras formas anquilosadas. 


Mente, conciencia, realidad es lo que quieras que sea. Hola ¿Cómo te llamas?




domingo, 27 de marzo de 2011

Brevedad



Postmodernity or the internet, ilustración de Avidae

La brevedad en el tiempo postmoderno

Fabrizio Andreella

I

En la época de la velocidad absoluta el tiempo es una espera. Contradicción aparente, porque si todo es miniaturizado por las prestaciones de la tecnología, no es que ganemos tiempo, más bien lo fragmentamos en una multitud de esperas momentáneas.

Lo que nos parece una ampliación del tiempo es en realidad una segmentación. El tiempo es desmenuzado como la pantalla de una televisión por cable: mil canales y un control remoto que pulveriza la atención y mueve las caderas de la información en un baile sin fin de pequeñas curiosidades.

Muy a menudo nos toca esperar unos segundos para que un aparato termine de procesar los datos que hemos inyectado en sus entrañas. (Cero-uno, cero-uno. El código binario del mundo digital trabaja para nosotros.)

Claro está que el tiempo de espera es siempre más corto, porque el pertinaz desarrollo tecnológico quiere dar espacio también a otras actividades de las maquinas y a otras esperas de los humanos.

El tiempo de la cotidianidad contemporánea es entonces como uno de esos quesos punteados por minúsculos agujeros, imperceptibles y claustrofóbicas salas de espera en las cuales nos acomodamos mil veces durante el día. Adentro no hay revistas que leer o desconocidos con quienes hablar. Todo es demasiado rápido para empezar algo nuevo, y demasiado lento para no percibir la discontinuidad. No hay más que esperar.

Ese tiempo libre no es un espacio para el ocio creativo, sino algo que hay que llenar con tabletas de vitaminas entretenidas, o sea juegos, noticias, chateos, mensajes cortos, pedazos de música digital, fotos, videos: pastillas que se encuentran en la farmacia trashumante que tenemos en el bolsillo, el iPhone o sus imitadores

Sí, hoy tenemos mucho tiempo libre, pero es un simple adorno que tiene la misma consistencia e importancia del azúcar glass esparcido sobre un pastel. ¿El tiempo tamizado por nuestras herramientas tecnológicas es un tiempo apacible para el sistema nervioso? Y sobre todo, ¿influye en nuestra experiencia?

II

Esta fragmentación no atañe únicamente al tiempo. El mundo que nos alcanza es demasiado abundante, rebosa una cantidad incontrolable de novedades y estilos, de necesidades y aspiraciones, de acontecimientos y noticias.

Necesitamos instrumentos para seleccionar, agrupar, dar formas y conexiones a todos los pedazos recogidos. Solamente así es posible moverse en la jungla mediática de hoy, en la cual hacemos constantemente una obra de absorción de mensajes mediáticos, un copy-paste psicológico que requiere una mesa de mezclas para que todo se amalgame.

Nos vemos obligados a sintetizar, y quizá simplificar, para poder recomponer la masa de informaciones que nos bombardea incesantemente. En el pasado, el arte de la selección parecía una práctica de adultos que no preferían la cantidad y disfrutaban la calidad. Hoy, la selección se vuelve práctica obligatoria para los adolescentes que tienen que aprender a flotar y a orientarse en el mar de la sociedad mediática.

De hecho, vivimos en un mundo informativo digital que sería incomprensible si no fuera por unos instrumentos que, además de seleccionar, fungen de almaceneros. Periódicos, televisión y sitios web reciben y ordenan la información para disponerla en las estanterías a donde llegará nuestra carretilla elevadora: un mouse, un control remoto.

Los bloggers son más bien corredores de noticias, o diyéis de la información que ofrecen una experiencia del mundo a través de las noticias escogidas. Hay quien toca música pésima, y otros que son muy buenos, pero es la reputación que alcanzan lo que determina el éxito del “proceso de civilización mediático-digital” que nos toca.
Nos guste o no, estos almaceneros y diyéis son las venas por donde corre la sangre digital de la información.

III

La condensación y la fugacidad son los estilemas necesarios a la aventura postmoderna. Las píldoras substituyen a los alimentos, las tarjetas al dinero, las pantallas al viaje, Facebook a las cafeterías, la televisión por cable a los estadios de futbol, la pornografía al sexo, los sondeos de opinión a las elecciones democráticas. Estos empobrecimientos de la experiencia sensorial son presentados como fantásticos éxitos del desarrollo y vividos como cómodos “ahorros de tiempo” para el ciudadano.

Esta es una cultura metafóricamente representada por el Post-it. Esas hojitas amarillas, discretas y educadamente pegadizas, son el símbolo de nuestros tiempos. A más de treinta años de su invención, se puede decir que ha sido una idea, más allá de su genial funcionalidad, emblemática de toda una cultura en construcción. En este principio de siglo que ya no es líquido, para utilizar el exitoso lema de Bauman, sino más bien gaseoso; todo es breve, ligero y evanescente como un Post-it.

IV

Sin embargo, existe una larga tradición de cultura y culto a la brevedad, del tajanteveni, vidi, vici (llegué, vi, vencí) de Julio César, a los haikus japoneses. El mismo tiempo fue un sagaz amante de la concisión cuando le quitó todo lo innecesario a las antiguas palabras de los presocráticos y nos entregó la belleza de las ruinas, o sea los fragmentos de Hesíodo, Tales, Anaximandro, Pitágoras, Heráclito, Parménides y otros más.

¿Y qué decir de todos los apasionados de la brevedad en el siglo XX como Cioran, Canetti, Gómez Dávila, Lec, Kraus, Flaiano, Gómez de la Serna? ¿O de la perfección musical, geométrica y cósmica de M’illumino d’immenso (me ilumino de inmensidad), el poema que el 26 de enero de 1917 Giuseppe Ungaretti concibió como dos versos que se reflejan, dos anillos enlazados para el yo y el universo?

Tampoco se puede olvidar la pudorosa parquedad de Jorge Luis Borges, que posiblemente no ganó el más merecido Premio Nobel porque nunca se atrevió a enjaular en la prolijidad su colosal erudición y su genio narrativo. ¿Y dónde podremos liberar al dinosaurio de Augusto Monterroso que todavía está allí, en la memoria de todos sus lectores?

Esas concisiones son relámpagos que abren abismos o espacios siderales, que dan acceso a mundos desconocidos o a nuevos placeres. Bendiciones del arte que nos acercan al silencio. Y se sabe que la última palabra de un verdadero gurú es el silencio, esa palabra muda del espacio que es la forma extrema de brevedad eterna.

V

Aforismos, albures y greguerías; parábolas, epitafios y calambures; sentencias, reglas y códigos; fórmulas, instrucciones y teoremas; proverbios, koans y apotegmas; playlist, recetas y listas; tarjetas, telegramas y graffitis.

Hay miles de formas breves con las cuales hemos logrado la eficiencia del mensaje, hemos evitado la dilapidación de palabras, hemos glorificado el humorismo, destilado el conocimiento, defendido la colectividad, organizado la complejidad, cantado la poesía.

Empero, hoy la brevedad no es una elección de elegancia, sabiduría o pudor, más bien es una necesidad decretada por la inundación de datos informativos, por la reducción del tiempo psicológico a tiempo real, es decir, a una instantaneidad constante, generadora de ansiedades y neurosis que nuestros tiempos consideran simplemente como “actitudes” o “predisposiciones”.

VI

En sus Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino advirtió que en tiempos siempre más congestionados, la literatura había que apostar por la “máxima concentración de la poesía y el pensamiento”. La sensación es que algo llegó antes de la literatura y llenó la escena con eslóganes persuasivos y apodícticos como just do it, think different o yes, we can.

Esta atomización del discurso social es hija y al mismo tiempo generadora de la bulimia de datos. Necesitamos comer incesantemente botanas informativas, visuales y emocionales. Los tentempiés mediáticos tienen que ser pequeños, bien cocidos, digeribles y baratos.

Música, televisión, juegos, noticias se tienen que conformar con ese estilo. El estilo de internet, donde brincando sin dirección de una curiosidad a otra le echamos un vistazo a los e-mails, a los títulos de los periódicos, al horóscopo del día, al video en YouTube, al mensajito en Facebook, a los símbolos en Skype. Tenía razón Stanislaw Jerzy Lec: “El hombre nace, vive y muere en el espacio de una frase.”

VII

La realidad es lenta, flemática y demasiado voluminosa. Preferimos las sinopsis de las emociones, las recopilaciones de los sentimientos, el inventario de la complejidad, el resumen de la verdad.

Nos ayuda internet, un distribuidor automático de distracciones de masa y también de increíbles oportunidades. Sin embargo, el orificio de donde salen todos sus productos es angostito y a lo mejor nuestros cerebros se están conformando con ese tamaño. ¿Nos estamos acostumbrando a vivir adentro de las dimensiones de las mercancías?

Fragmentación o síntesis, mundo superficial o condensado, lo cierto es que vivimos la época de la miniaturización, no solamente tecnológica sino también de la experiencia.

VIII

Siempre hemos necesitado sintetizar al mundo –en un mapa o una religión– y reducirlo –con el individualismo o la indiferencia. Hoy ya no es necesario, porque lo hemos doblado bien para traerlo en el bolsillo. No tiene aroma, sus colores son pálidos y, por ser wireless, hay que cargarlo muy a menudo. Pero es más fácil, eso sí, porque los pensamientos largos o profundos ya nos dan dolor de cabeza.

Consumimos esquirlas de muchos productos sin tener la experiencia integral de uno solo. Vivir de suplementos dietéticos sin comida real no es sano. Cualquier nutricionista serio nos dirá que las tabletas de vitaminas no pueden reemplazar completamente a la fruta. Deberíamos reflexionar sobre eso cuando nos sentimos satisfechos con los trozos de realidad adulterada que consumimos en el bufet libre de la modernidad.

En fin, ¿de dónde viene esa atracción fatal hacia la condensación? Breve y rápido quiere decir ligero, y ligero quiere decir transportable. Esa es la razón de la brevedad postmoderna. Queremos empacar y mover el mundo. Queremos procurarnos y saborear en cualquier lugar las emociones, las especulaciones y las querencias que necesitamos. Para transportarlas, hemos desmigajado al mundo y quizá también a nosotros mismos. Sin que nos hayamos dado cuenta, tal vez la duradera época del hombre sedentario ya se acabó para dejar espacio a un nuevo nomadismo solitario. Total, tenemos contactos. ¡Omg! ¡Lol!

De La Jornada Semanal, 27mar11

sábado, 19 de marzo de 2011

sábado, 12 de marzo de 2011

Yo soy una novela. Jorge Volpi


Yo soy una novela
Jorge Volpi 

Reconocer el mundo e inventarlo son mecanismos paralelos que apenas se distinguen entre sí. Jorge Volpi demuestra en este ensayo que la ficción desata procesos cerebrales que nos entrenan para enfrentar la vida


En su discurso tras recibir un importante premio literario, un célebre escritor estadunidense confesó que adoraba las novelas porque, a diferencia de casi cualquier otra cosa, éstas no sirven para nada. No sé si la memoria me engaña —y, como habrá de verse más adelante, a fin de cuentas tampoco importa demasiado. Para el escritor neoyorquino real, o para el que ahora dibujo en mi mente (¿o debería decir en mi cerebro?), la ficción literaria, y acaso toda manifestación artística, se distingue por carecer de un fin práctico fuera de lo que suele llamarse, con cierta pedantería, el goce estético: no es ni el primero ni el último en suscribir esta tesis. Una tesis de incierto origen romántico que, como trataré de demostrar en estas páginas, es esencialmente falsa.

novelaSólo en las sociedades que han llegado a ser lo suficientemente prósperas o lo suficientemente descreídas, las obras de arte han sido apreciadas como tales: objetos valiosos, susceptibles de ser comprados o vendidos, pero cuyo valor no depende de su utilidad, sino de la vanidad de sus dueños o la codicia de sus admiradores. Durante buena parte de la Antigüedad, con excepción quizás de la Atenas de Platón o la Roma imperial, mientras se prolongaron las esquivas sombras del Medioevo e incluso en otros momentos puntuales de la historia, un artista o un artesano jamás hubiese suscrito una idea semejante: a sus oídos no sólo hubiese sonado herética, sino absurda. Su trabajo era tan práctico, aun si se trataba de una praxis simbólica, como el de un herrero, un talabartero o un sastre. El arte era o bien decorativo o bien religioso, y nadie se hubiese ofendido al reconocerlo.


Sostener esto hoy, en una época en apariencia tan laica como la nuestra —en el fondo más indiferente que escéptica—, resulta casi blasfemo: sólo un artista menor o descarriado, o un provocador, se atreverían a sugerir que su trabajo sirve efectivamente para algo, o para mucho. Todavía hoy son mayoría quienes piensan que sus obras —otro concepto rimbombante— son productos absolutamente individuales, resultado de su originalidad y de su genio (es decir, de su arrogancia), sin otro fin práctico que permitirles ganarse la vida con ello. 


Se equivocan: en su calidad de herramienta evolutiva, el arte no puede sino perseguir una meta más ambiciosa. ¿Cuál? La obvia: ayudarnos a sobrevivir y, más aún, hacernos auténticamente humanos. (Adviertes en mis palabras cierto menosprecio hacia el arte. No es tal. Creo, más bien, que quienes sacralizan el arte y lo colocan en un pedestal inalcanzable, producto de la inspiración divina o, en nuestra época, del talento o el trabajo, se pierden el bosque por contemplar un solo árbol, por magnífico que sea.)


Que el arte exista en todas partes —las distintas sociedades humanas han conocido y desarrollado sus distintos géneros de maneras básicamente similares— debería prevenirnos sobre su carácter de adaptación por selección natural. Una adaptación sorprendente, qué duda cabe, pero a fin de cuentas tan útil como el tallado de hachas de sílice, la organización en clanes o la invención de la escritura. Porque, como habremos de ver más adelante, el arte, y en especial el arte de la ficción, nos ayuda a adivinar los comportamientos de los otros, y a conocernos a nosotros mismos, lo cual supone una gran ventaja frente a especies menos autoconscientes. 


En contra de la opinión del novelista neoyorquino, resulta difícil pensar que el arte haya surgido de manera casual, como un inesperado subproducto del neocórtex, una errata benéfica o un premio inesperado. Su origen hemos de perseguirlo, más bien, en el pausado y deslumbrante camino que nos transformó en materia capaz de pensar en la materia, en animales capaces de cuestionarse a sí mismos. El arte no sólo es una prueba de nuestra humanidad: somos humanos gracias al arte.


Otro tanto ocurre con la ficción. Al considerarla una especie de don inapreciable, de toque de genio, los románticos asumían que debió aparecer de forma tardía en nuestra especie. Si ello fuera cierto, deberíamos aceptar que durante miles de años la ficción no fue parte de nuestras vidas hasta que, un buen día, nuestros ancestros la descubrieron por casualidad, sumergida bajo el limo de un pantano primordial o en el amenazante fondo de una cueva, como si se tratase de un hallazgo semejante a la regularidad de las estaciones o a la domesticación del fuego. Me niego a creerlo. Prefiero pensar que la ficción ha existido desde el mismo instante en que pisó la Tierra el Homo sapiens. Porque los mecanismos cerebrales por medio de los cuales nos acercamos a la realidad son básicamente idénticos a los que empleamos a la hora de crear o apreciar una ficción. Su suma nos han convertido en lo que somos: organismos autoconscientes, bucles animados. 


Verdad de Perogrullo confirmada por las ciencias cognitivas: todo el tiempo, a todas horas, no sólo percibimos nuestro entorno, sino que lo recreamos, lo manipulamos y lo reordenamos en el oscuro interior de nuestros cerebros —no sólo somos testigos, sino artífices de la realidad. Como espero detallar más adelante, reconocer el mundo e inventarlo son mecanismos paralelos que apenas se distinguen entre sí. 


No podría ser de otra manera: si nuestro cerebro evolucionó y se ensanchó a grados monstruosos —al amparo de deformes cabezotas, nacimientos prematuros y atroces dolores de parto—, fue para hacernos capaces de reaccionar mejor y más rápido frente a las amenazas externas. De otro modo: nos hizo expertos en generar futuros más o menos confiables. (Dices no estar de acuerdo; en tu opinión, casi siempre erramos al predecir el futuro. Tal vez tengas razón cuando te refieres a las sutilezas de lo humano —nuestra civilización es demasiado reciente—, pero en cambio fíjate cómo atrapas esta pelota, cómo huyes de este tigre o cómo esquivas esta bofetada sin necesidad apenas de pensarlo.)


Más tarde, este mecanismo dio un insólito salto hacia adelante y, de una manera que ninguna otra especie ha alcanzado con la misma intensidad, de pronto nos permitió mirarnos a nosotros mismos y convencernos de que, en alguna parte de nuestro interior, existe un centro, un yo que nos estructura, nos controla, nos vuelve quienes somos. El yo habría surgido, en tal caso, como una especie de controlador de vuelo, de capitán de barco. 


Si, como afirma Francis Crick, en el fondo no somos otra cosa que nuestro cerebro —“sorprendente hipótesis”, tan previsible como escalofriante—, deberíamos concluir que eso que llamamos la Realidad, con todo cuanto contiene, se halla inscrita en los millones de neuronas de nuestra corteza cerebral. El universo entero, con sus serpenteantes galaxias y sus constelaciones fugitivas, con sus humeantes planetas y sus esquivos satélites, con su sobrecogedora profusión de plantas y animales, cabe todo allí adentro —aquí adentro. Todo, repito, y eso incluye, irremediablemente, a los demás. A mis semejantes —a mi familia, mis amigos, incluso a mis enemigos— y, sí, también a ustedes, queridos lectores. (Espero que, no por ello, abandonen estas páginas.)


¡Menuda invención evolutiva! Yo no soy sino una ficción de mi cerebro. O, expresado de manera más precisa, mi yo es una fantasía de mi cerebro. Eso sí, la mayor y más poderosa de las fantasías, pues se concibe capaz de generar y controlar a todas las demás. El yo me da orden y coherencia, estructura mi vida, me confiere una identidad más o menos clara —pero no existe ningún lugar preciso en el cerebro donde sea posible localizar a ese esquivo fantasma, a ese omnipresente y omnipotente animalillo que es el yo. 


El escenario resulta inquietante y sin embargo, conforme uno medita sobre sus consecuencias, el horror se desvanece. Frente a esta hipótesis, primero comparece el vértigo: ¿ello significa que la Realidad no existe? ¿Que Yo no existo? No exactamente: la única realidad que conoceremos —y que, en el mejor de los casos, está levemente emparentada con la Realidad— es la realidad de nuestra mente, la realidad que percibimos y luego recreamos sin medida. No es este el lugar para empantanarnos en discusiones filosóficas de mayor calado: nuestro sentido práctico, esa facultad que nos ha permitido sobrevivir y dominar el planeta, nos indica de modo natural que debemos hacer como si la realidad de nuestra mente en efecto se correspondiera con esa Realidad inaprensible que nos es sustraída a cada instante. 


La idea de la ficción, como puede verse, yace completa en ese pedestre y desconcertante como si. El como si que nuestro cerebro aplica a diario para que nuestro cuerpo se mueva razonablemente por el mundo, para que descubra nuevas fuentes de energía y consiga salvaguardarse de depredadores y enemigos. El como si que nos impide tropezar a cada instante, que nos mantiene en equilibrio y que nos impide estrellarnos contra una ventana o caer de una escalera. 


El como si que nos permite tolerar el universo imaginario de una novela es idéntico, pues, al como si que nos lleva a asumir que la realidad es tan sólida y vigorosa como la presenciamos. Si la ficción se parece a la vida cotidiana es porque la vida cotidiana también es —ya lo suponíamos— una ficción. Una ficción sui géneris, matizada por una ficción secundaria —la idea de que la Realidad es real—, pero una ficción al fin y al cabo


No llegaré al extremo de insinuar que todo lo demás, incluidos ustedes, mis lectores, mis hermanos, sólo son invenciones mías, tan predecibles o caprichosas como los personajes de mis libros —un tema recurrente en tantas novelas y películas—, y que acaso yo estoy loco o que sólo yo existo, como en La amante de Wittgenstein, de David Markson. El solipsismo extremo es, también, una invención literaria.
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Sí me gustaría subrayar, por ahora, que el proceso mental que me anima a poseer una idea de ustedes, lectores míos, mis semejantes, es paralelo al mecanismo por medio del cual soy capaz de concebir a alguien inexistente y de darle vida por medio de palabras —de ideas, con las que a fin de cuentas todos hemos sido modelados. Podemos afirmar, con el bardo, que estamos hechos de la misma materia de los sueños, siempre y cuando no olvidemos que los sueños también están hechos de retazos —a veces significativos, a veces inconexos— de ideas. 


El teatro, la ópera, el cine, la televisión, los videojuegos y, por supuesto, la literatura —los diversos soportes de la ficción—, son todos simulacros verosímiles de la realidad: los críticos más sagaces no se han cansado de proclamarlo. Pero la acuciante necesidad que tenemos de sumergirnos en ellos, desde sus ejemplos más elevados hasta los más vulgares, no se origina en un capricho infantil y pasajero, en el ansia de evasión o en el puro y calamitoso tedio, como sugiere el novelista neoyorquino. En cada una de estas manifestaciones, el creador y el espectador no sólo invierten largas horas de esfuerzo —aun la peor ficción, como veremos, resulta siempre demandante—, sino que parecen no cansarse nunca de sus trampas y sus engaños, aun a sabiendas de que lo son. 


¿Don Quijote y Pedro Páramo, Ham-let y Lulú, Darth Vader y Dumbo, Mario y Luigi existen sólo para transcurrir horas aciagas, para apresurar la noche y el sueño, para impedir que —pobres de nosotros— nos vayamos a aburrir? Sonaría inverosímil: una especie no gasta tanta energía, tanto dinero y tantos anhelos en una actividad que sirve nada más que para colmar las horas muertas. 


Los humanos somos rehenes de la ficción. Ni los más severos iconoclastas han logrado combatir nuestra debilidad y nuestra dependencia por las mentiras literarias, teatrales, audiovisuales, cibernéticas. Pero ellas no nos deleitan, no abducen, no nos atormentan de forma adictiva por el hecho de ser mentiras, sino porque, pese a que reconozcamos su condición hechiza y chapucera, las vivimos con la misma pasión con la cual nos enfrentamos a lo real. Porque esas mentiras también pertenecen al dominio de lo real. 


Cuando leo las aventuras de un caballero andante o la desgracia de una mujer adúltera, cuando presencio la indecisión de un príncipe o la agonía de un rey anciano, cuando contemplo la avaricia de un magnate de la prensa o la caída de un imperio galáctico o cuando lucho por sobrevivir a un ataque de invasores alienígenas, mi mente sabe que me encuentro frente a un escenario irreal y al mismo tiempo se esfuerza por olvidar o sepultar esta certeza mientras dura la novela, la pieza teatral, la película o el juego de video. En resumen: la conciencia humana aborrece la falsedad y, al menos durante el tiempo precioso que dura la ficción, prefiere considerarla una suma de verdades parciales, de escenarios alternativos, de existencias paralelas, de aventuras potenciales. 


La evolución convirtió a nuestro cerebro en una máquina de futuro y éste reacciona con el mismo ahínco frente a la realidad y frente a la ficción. Las cuitas y fracasos de un personaje de novela no pueden dejar de conmovernos, igual que no resistimos simpatizar con ciertos héroes o despreciar a ciertos villanos: nos enfadamos, nos sorprendemos, sufrimos y tememos con la misma intensidad que en la vida diaria —y a veces más. 


Hasta hace poco, la empatía era vista con cierto recelo, una especie de campo magnético involuntario, una emoción deslavada y algo cursi. Hoy sabemos, gracias a los estudios de Giacomo Rizzolatti y sus colegas, que la empatía es un fenómeno omnipresente en los humanos —al igual que en ciertos simios, elefantes y delfines—, originada en un tipo especial de neuronas, las ya célebres “neuronas espejo”, localizadas, para sorpresa de propios y extraños, en las áreas motoras del cerebro. 


Desde allí estas sorprendentes células nos hacen imitar los movimientos animales que se atraviesan en nuestro camino como si fuéramos nosotros quienes los llevamos a cabo. Al hacerlo no sólo reconocemos a los agentes que nos rodean, sino que tratamos de predecir su comportamiento, en primera instancia para protegernos de ellos y, a la larga, para comprenderlos a partir de sus actos. (En efecto: si miras por televisión a un contorsionista o a un lanzador de bala olímpico, en tu interior tú también te descoyuntas y también lanzas la maldita bola de metal lo más lejos posible.)



Desde esta perspectiva, la ficción cumple una tarea indispensable para nuestra supervivencia: no sólo nos ayuda a predecir nuestras reacciones en situaciones hipotéticas, sino que nos obliga a representarlas en nuestra mente —a repetirlas y reconstruirlas— y, a partir de allí, a entrever qué sentiríamos si las experimentáramos de verdad. Una vez hecho esto, no tardamos en reconocernos en los demás, porque en alguna medida en ese momento ya somos los demás. 


Repito: no leemos una novela o asistimos a una sala de cine o una función de teatro o nos abismamos en un video-juego sólo para entretenernos, aunque nos entretenga, ni sólo para divertirnos, aunque nos divierta, sino para probarnos en otros ambientes y en especial para ser, vicaria pero efectivamente, al menos durante algunas horas o algunos minutos, otros. “Madame Bovary, c’est moi”, afirmó Flaubert, pero lo mismo podría ser expresado por cualquiera de sus lectores.


Vivir otras vidas no es sólo un juego —aunque sea primordialmente un juego—, sino una conducta provista con sólidas ganancias evolutivas, capaz de transportar, de una mente a otra, ideas que acentúan la interacción social. La empatía. La solidaridad. Qué lejos queda la idea de la ficción como un pasatiempo inútil, destinado a la admiración embelesada, al onanista placer estético. Sin duda la naturaleza del arte contempla también la idea de lo bello —un conjunto de patrones fijados en cada sociedad y en cada época, y reforzados obsesivamente hasta su desgaste—, pero la belleza no sería entonces sino una suerte de anzuelo evolutivo, un cebo para atraernos hacia la información que se esconde detrás de su fachada. Así como el gozo sexual es una adaptación que refuerza la necesidad de los genes de perdurar y reproducirse —y nos condena a la desasosegante persecución de otros cuerpos—, la belleza es el tirabuzón que nos encamina hacia conjuntos de ideas que nos alientan a comprender mejor el mundo, a nuestros semejantes y, por supuesto, a nosotros mismos. 


Si en verdad sólo somos nuestro cerebro, como sugería Crick, en otro nivel es válido decir que sólo somos un gigantesco conjunto de ideas producidas y ancladas en ese cerebro: la idea del yo, ese incómodo testigo que al presenciar los hechos nos separa de ellos, es, ya lo apunté, la más compleja y la más frágil. Porque el yo siempre se halla solo. Irremediablemente solo. Su única escapatoria consiste en identificarse con ese otro conjunto de ideas complejas que son los demás, sean éstos reales o imaginarios. Y, paradójicamente, ese contacto virtual es nuestro único escape del autismo o la demencia. Los humanos somos “símbolos mentales” obsesionados con relacionarnos con otros “símbolos mentales”. (Sé, amada mía, que no te toleras que te llame “símbolo mental”, pero, desde esta perspectiva, decirte por tu nombre sería un encubrimiento.)


Leer una novela o un cuento no es una actividad inocua: desde el momento en que nuestras neuronas nos hacen reconocernos en los personajes de ficción —y apoderarnos así de sus conflictos, sus problemas, sus decisiones, su felicidad o su desgracia—, comenzamos a ser otros. Conforme más contagiosas —más aptas— sean las ideas que contiene una narración, sus secuelas quedarán más tiempo incrustadas en nuestra mente, como si fuesen las secuelas de una enfermedad viral o de una fiebre terciaria. La única cura es, por supuesto, el olvido. Y la lectura de otras novelas. 


Si Alonso Quijano nos fascina es porque se trata de la proyección extrema de lo que suele ocurrirle a cualquier lector empedernido: a fuerza de representarse una y otra vez ciertas escenas de la ficción, termina por considerarlas reales. (Piénsalo: ¿acaso no es tan real Natasha Rostova, en quien has pensado en cientos o miles de ocasiones, como aquel amor de juventud que no has vuelto a ver y sin embargo cambió tu vida para siempre?) 


Dada nuestra naturaleza de animales sociales, la ficción literaria tampoco podría ser entendida, sin embargo, como un mero instrumento para la supervivencia individual. Una novela me permite experimentar vidas y situaciones ajenas pero, como decía antes, también me transmite información social relevante —la literatura es una porción esencial de nuestra memoria compartida. Y se convierte, por tanto, en uno de los medios más contundentes para asentar nuestra idea de humanidad. 


Frente a las diferencias que nos separan —del color de la piel al lugar de nacimiento, obsesiones equivalentemente perniciosas—, la literatura siempre anunció una verdad que hace apenas unos años corroboró la secuenciación del genoma humano: todos somos básicamente idénticos. Al menos en teoría, cualquiera podría ponerse en el sitio de cualquiera. 



Nuestro tiempo desconfía, creo que con razón, del papel social de la literatura: baste recordar los estragos provocados por el compromiso político, el realismo socialista o el frenesí revolucionario. La literatura, es cierto, parece degradarse cuando persigue un fin concreto, cuando soporta una ideología explícita. Porque cualquier ideología es, de entrada, una forma excluyente de otras variedades de pensamiento. En cambio, en su expresión más amplia, más libre, la ficción nos permite ensanchar nuestra idea de lo humano. Con ella no sólo conocemos otras voces y otras experiencias, sino que las sentimos tan vivas como si nos pertenecieran. 


No importa el lugar o la época, las diferencias sociales o las costumbres: nuestro cerebro siempre nos impulsa a colocarnos en el lugar de los personajes de un cuento o una novela. Todos somos capaces de ser Aquiles o Hanuman, Emma Bovary o Aureliano Buendía, Hitler o Adriano, o un incluso un perro o un alienígena, siempre y cuando sus actos nos permitan deducir en su interior algo similar a una conciencia.


No quiero exagerar: leer cuentos y novelas no nos hace por fuerza mejores personas, pero estoy convencido de que quien no lee cuentos y novelas —y quien no persigue las distintas variedades de la ficción— tiene menos posibilidades de comprender el mundo, de comprender a los demás y de comprenderse a sí mismo. Leer ficciones complejas, habitadas por personajes profundos y contradictorios, como tú y como yo, como cada uno de nosotros, impregnadas de emoción y desconcierto, imprevisibles y desafiantes, se convierte en una de las mejores formas de aprender a ser humano. 


Desconfío, pues, de quienes se solazan al despojar a la ficción literaria de su carácter de adaptación evolutiva. De su esencia práctica. Escribimos cuentos y novelas no sólo porque no podemos dejar de hacerlo, no sólo porque nos hagan disfrutar con la perfección de sus frases o la fuerza de sus historias, sino porque los cuentos y las novelas nos han hecho quienes somos. En los relatos del mundo se encuentra lo mejor de nuestra especie: nuestra conciencia, nuestras emociones y sentimientos, nuestra memoria, nuestra inteligencia, nuestras dudas y prejuicios, acaso también la medida de nuestro albedrío. (Ello no excluye que también puedan almacenar lo peor: la maldad gratuita, el odio, la intolerancia, la sevicia.) 


Si la ficción es una herramienta tan poderosa para explorar la naturaleza —y en especial la naturaleza humana—, es porque la ficción también es la realidad. Una vez que las percepciones arriban al cerebro, este órgano húmedo y tenebroso codifica, procesa y a la postre reinventa el mundo tal como un escritor concibe una novela o un lector la descifra. Aun si en la mayor parte de los casos somos capaces de diferenciar lo cierto de lo inventado, su sustancia se mantiene idéntica. A causa de ello, la ficción resulta capital para nuestra especie. La literatura no sirve para entretenernos ni para embelesarnos —la literatura nos hace humanos. 


Jorge Volpi. Escritor y ensayista. Es autor de: El insomnio de BolívarOscuro bosque oscuro y No será la Tierra, entre otros.

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