Sonido Fulgor

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sábado, 30 de junio de 2012

Carta a George B. Moore en defensa del anonimato


No sé por qué escribimos, querido George.
Y a veces me pregunto por qué más tarde
Publicamos lo escrito. Es decir lanzamos
una botella al mar, harto y repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos
a quién ni adónde la llevarán las mareas.
Lo más probable
es que sucumba en la tempestad y el abismo.
Sin embargo, no es tan inútil esta mueca de náufrago.
Porque un domingo
usted me llama de Estes Park, Colorado,
me dice que ha leído cuanto está en la botella
(a través de los mares: nuestras dos lenguas)
y quiere hacerme una entrevista.
Después recibo un telegrama inmenso
(lo que se habrá gastado usted al enviarlo).
En vez de responderle o dejarlo en silencio
se me ocurrieron estos versos. No es un poema,
no aspira al privilegio de la poesía
(no es voluntaria).
Y voy a usar, así lo hacían los antiguos,
el verso como instrumento de todo aquello
(relato, carta, drama, historia, manual agrícola)
que hoy decimos en prosa.
Para empezar a no responderle,
no tengo nada que añadir a lo que está en mis poemas,
dejo a otros el comentario, no me preocupa
(si alguno tengo) mi lugar en la historia.
(Tarde o temprano a todos nos espera el naufragio.)
Escribo y eso es todo. Escribo: doy la mitad del poema.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena. El lector, la lectora
harán o no el poema que tan sólo he esbozado.
No leemos a otros: nos leemos en ellos.
Me parece un milagro
que algún desconocido pueda verse en mi espejo.
Si hay un mérito en esto –dijo Pessoa–
corresponde a los versos, no al autor de los versos.
Si de casualidad es un gran poeta
dejará cuatro o cinco poemas válidos,
rodeados de fracasos y borradores.
Sus opiniones personales
son de verdad muy poco interesantes.
Extraño mundo el nuestro: cada día
le interesan cada vez más los poetas;
la poesía cada vez menos.
El poeta dejó de ser la voz de la tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto nada más otro entertainer.
Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,
sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo,
tienen asegurado el amplio público
a quien ya no hace falta leer poemas.
Sigo pensando
que es otra cosa la poesía:
una forma de amor que sólo existe en silencio,
en un pacto secreto entre dos personas,
de dos desconocidos casi siempre.
Acaso leyó usted que Juan Ramón Jiménez
pensó hace mucho tiempo en editar una revista.
Iba a llamarse “Anonimato”.
Publicaría no firmas sino poemas;
se haría con poemas, no con poetas.
Y yo quisiera como el maestro español
que la poesía fuese anónima ya que es colectiva
(a eso tienden mis versos y mis versiones).
Posiblemente usted me dará la razón.
Usted que me ha leído y no me conoce.
No nos veremos nunca pero somos amigos.
Si le gustaron mis versos
qué más da que sean míos / de otros / de nadie.
En realidad los poemas que leyó son de usted:
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.




JEP

lunes, 9 de enero de 2012

Fernando Benítez (nota de Arturo Jiménez)



Escribió dos novelas y varios libros de ensayos y reportajes, entre ellos los cinco tomos de Los indios de México;es considerado el padre de los suplementos culturales modernos, desde los que promovió a varios escritores y artistas; para los periodistas era escritor, para los escritores, periodista, y los antropólogos e historiadores recelaban de sus investigaciones; fue uno de los fundadores de La Jornada y del suplemento La Jornada Semanal; generó incontables anécdotas e ingredientes para su propio mito; a todos decía hermanito y casi siempre estaba alegre; solía acostarse en el suelo cuando le tomaban una foto en grupo y cuentan que su tarjeta de presentación decía: Fernando Benítez, lector de novelas.
Ahora, Fernando Benítez realizará otra hazaña: cumplir 100 años de nacimiento y seguir vivo en la memoria de muchos. Nacido en la ciudad de México el 10 de enero de 1912, esta fecha también es un misterio, pues algunos consignan que fue el día 16 y otros que el año fue 1910. Incluso Augusto Monterroso y varios amigos sospechaban que el año podría ser 1905. Lo cierto es que Benítez murió el 21 de febrero de 2000, luego de una vida y obra considerada como reflejo de la historia del México del siglo XX.
En el perfil especial Fernando Benítez, un hijo del siglo, publicado por La Jornada el 17 de enero de 2000, un mes antes de su muerte, Carlos Monsiváis resume y perfila con humor: “Nota de un no tan hipotético diccionario del siglo XXII: Benítez, Fernando. Nació en la ciudad de México en 1910 y desapareció en 2032 en un vuelo de reconocimiento de la expedición en busca del sitio donde se supone estuvo la selva Lacandona (cerca de donde estuvo Chiapas). Entre sus obras destacan Los indios de México (cinco tomos de Ediciones Era), un valioso documento literario y antropológico sobre las etnias hoy en buena parte radicadas en el estado de California. Dramaturgo gozosamente fallido (Cristóbal Colón), novelista a reconsiderar (El rey viejo, El agua envenenada), historiador (La ruta de Hernán Cortés, Los demonios en el convento, La ciudad de México),embajador de México en la República Dominicana, fue también periodista y promotor cultural de primer orden. Tuvo a su cargo los siguientes suplementos: México en la cultura de Novedades; La cultura en México, de Siempre!; Sábado, de Unomásuno; La Jornada Semanal, de La Jornada.Antes de unirse a la ‘expedición nostálgica’, publicó una serie de artículos protestando contra la instalación de MacDonald’s en los centros ceremoniales prehispánicos, y contra la estatua en el Zócalo al Turista Desconocido.”
El periodista
Desde muy joven Benítez ingresó en el periodismo en Revista de Revistas. Ya está presente en sus artículos su destreza narrativa y su pasión por la historia mexicana, apunta el poeta José Emilio Pacheco en el suplemento citado y recuerda que fue reportero estrella de El Nacional en la época de Lázaro Cárdenas. “Su primer libro,Caballo y dios, no ha vuelto a ser impreso ni releído. Contiene algunos relatos que mezclan ficción y realidad, como no se usaba entonces.”
Recuerda además que Benítez y Octavio Paz cubrieron para diversas publicaciones mexicanas la creación de la Organización de las Naciones Unidas, en San Francisco. Y resume: “Dirige El Nacional. Se pelea con Ernesto P. Uruchurtu, subsecretario de Gobernación. Renuncia. Queda desempleado. En 1949 aparece como director de México en la Cultura, suplemento de Novedades. Todo el medio siglo posterior estará dominado por los suplementos que él dirige”.
En México en la Cultura, creado en 1949, estuvieron figuras como Alfonso Reyes y el destacado diseñador gráfico español Miguel Prieto, así como jóvenes promesas como los escritores Monsiváis, Pacheco, Carlos Fuentes y Elena Poniatowska, y los artistas plásticos José Luis Cuevas y Vicente Rojo, este también como diseñador.
Poco antes de morir, Alfonso Reyes dijo en 1959 acerca de México en la Cultura: “La vida cultural de México (...) podrá reconstruirse, en sus mejores aspectos, gracias al suplemento deNovedades. Cuantos en él pusimos las manos tenemos mucho que agradecerle”.
Por un problema de censura Benítez tuvo que salir en 1961 de Novedades y con él se fueron más de 40 escritores y artistas. Casi todos y otros más reaparecieron en 1972 en La cultura en México, que Benítez dirigió hasta 1972, cuando lo sustituyó Monsiváis. En esa época publicaron un reportaje sobre el asesinato del líder campesino Rubén Jaramillo, que no agradó al gobierno priísta de Adolfo López Mateos.
Progresista y democrático
En un texto de 1992 publicado por La Jornada y reproducido en el citado perfil de 2000, Carlos Fuentes destaca acerca de la visión política de Benítez: Las batallas libradas por Fernando fueron incontables, por toda nación latinoamericana injustamente agredida, por la libertad de España y contra Franco. Los suplementos culturales dirigidos por Fernando fueron generoso asilo de la emigración española y, más tarde, de la sudamericana. Una foto sumamente dinámica muestra a Benítez enfrentándose al entonces jefe de la policía metropolitana que quería impedirles a los republicanos españoles manifestarse contra la visita de Eisenhower a Madrid ante la embajada estadunidense en el Paseo de la Reforma.
Los años 60 fueron particularmente relevantes en la vida política de Benítez, como apunta Fuentes: “Junto con Fernando, defendimos a los muchachos del 68, a José Revueltas y a Octavio Paz cuando renunció a la embajada en India y fue zaherido de manera infame por el presidente Díaz Ordaz, su gobierno y los medios de información. Tlatelolco nos marcó profundamente y quizá temimos en exceso que derivase hacia un gorilato mexicano: la argentinización del país”.
En los años posteriores Fernando Benítez dirigiría el suplemento Sábado,de Unomásuno, y más adelante, en 1984, participaría en la fundación del diario La Jornada, al lado de Carlos Payán, Carmen Lira y otros periodistas. Ahí, Benítez se encargaría del suplemento La Jornada Semanal, que también ha marcado una pauta en el periodismo cultural de México y que ahora es dirigido por el poeta Hugo Gutiérrez Vega.
Los indios de y en México
Acerca del fuerte vínculo del trabajo de Fernando Benítez con los indígenas de México, Monsiváis apunta en un fragmento, reproducido en la exposición Benítez en la cultura, que se exhibe en el Palacio de Bellas Artes hasta el 22 de enero: “Una obra literaria escrita en un idioma tenso, desgarrado, ávido, entusiasmado por la descripción, es también casi una novela, con el doloroso don narrativo que preside sus páginas; es etnología y antropología y sociología y una lección de teoría política porque, aun cuando la intensidad y la concentración de Los indios de México no permiten ni toleran la demagogia, la situación actual, la desesperación y la desesperanza de nuestra población indígena, no permiten ni toleran la indiferencia”.
En la muestra se recurre también a un fragmento del propio Benítez: Mi trabajo con los indios ha sido una experiencia espiritual que ha enriquecido notablemente mi vida. Yo no les he dado voz a los indios. No, no es así. Pero si no he sido yo quien les ha enseñado algo a esos 6 millones de mexicanos, son ellos los que me han enseñado a mí.
Pacheco reflexiona de igual modo:“Los indios de México, la gran serie que coincidió en el tiempo con Mailer, Capote y Wolfe, y representa para nosotros la cumbre del new journalism”.
Acerca de este nuevo periodismo referido por Pacheco, el propio Benítez decía: Yo no establezco esas fronteras arbitrarias que en México se hacen entre periodismo y literatura. Creo que el periodismo es literatura, literatura bajo presión, la presión del tiempo y de la actualidad. El periodista no tiene tiempo de pulir sus escritos, sin embargo ofrece los hechos antes de que pierdan actualidad.
En entrevista con La Jornada por esta celebración del centenario del nacimiento de Fernando Benítez, Elena Poniatowska resume: Benítez creía muchísimo en sí mismo y en su suplemento. Siempre decía que lo que él había escrito era genial, que lo que los demás escribían era genial, que era genial Carlos Fuentes, José Luis Cuevas. Y tenía razón. Decía que los que antes había promovido, ahora eran sus maestros, como Pacheco y Monsiváis. También destacaba el trabajo de Gastón García Cantú y de Jaime García Terrés. Benítez tenía el don de la alegría y de hacer reír a los demás. Por ejemplo, decía que llevaba paraguas en todo momento sólo para subrayar su elegancia.
de La Jornada, 9 de enero 2012

domingo, 18 de diciembre de 2011

JEP y el fracaso cultural que envolvió a Peña Nieto


MÉXICO, D.F. (apro).- El escritor José Emilio Pacheco dijo hoy que Enrique Peña Nieto, aspirante del PRI a la Presidencia, es consecuencia de una crisis que atraviesa la cultura en México.
Pacheco comentó lo anterior hoy durante un homenaje que se le rindió al escritor e historiador Fernando Benítez en el centenario de su nacimiento, en el Palacio de Bellas Artes.
Aunque José Emilio Pacheco hablaba de otro tema, casi sin proponérselo empezó a referirse al ex-gobernador mexiquense.
Atribuyó la existencia “de este tipo de políticos” sin lectura ni lenguaje, al deterioro del periodismo cultural que cada vez está más ausente en los medios actuales.
Incluso el escritor se incluyó en lo que calificó como un fracaso y tragedia para México: “yo no quisiera ensañarme con ningún caído pero me parece una auténtica tragedia, no de este señor, sino de México, de todos los que trabajamos en la cultura mexicana”, expresó.
Pacheco consideró que sin lectura no se puede pensar en los problemas del país.
“Si no lee no puede tener lenguaje y sin lenguaje no puede pensar en los problemas del país… los límites del lenguaje son los límites del pensamiento; no es un fracaso de él sino de todos los que hemos trabajado en la cultura mexicana”, recalcó.
La lectura genera lenguaje y los límites del lenguaje son los límites del pensamiento, recordó el poeta a los defensores de Peña Nieto.
Y cuestionó: “¿Este señor se va a enfrentar así a este país tan difícil en los próximos seis años?”.
En el homenaje a Benítez, Pacheco estuvo acompañado por Vicente Rojo, Carlos Fuentes, Fernando Canales y el empresario Carlos Slim.
De Proceso

martes, 13 de diciembre de 2011

"El poeta no es sino el hacedor de algo en que pueden escucharse todas las voces"



Reloj de arena: Borges de noche

por JEP

Si alguien duda acerca de la palabra escrita y su perduración en la era electrónica, le hará bien asistir a una conferencia, esa actividad que, se ha dicho, tiene quinientos años de retraso porque ya se inventó la imprenta. La mujer habla de pie y rara vez mira sus notas. Es brillante y aguda. Su sintaxis oral parece impecable. Logra mantener nuestra atención durante una hora.
     Más tarde nos muestran la conferencia transcrita. Resulta ilegible, no tiene sentido, se ha vuelto un caos sin nombre. Faltaron los tonos, los matices, los cambios de dicción, los énfasis, los gestos, las sonrisas, los rubores, el intercambio de miradas. Se hallan ausentes también todos los signos —del párrafo a la coma, de las mayúsculas al punto— que se forjaron en la Edad Media cuando se pasó de la lectura en voz alta a la lectura en silencio. La conferencista no puede "editar" su texto: si quiere publicarlo tendrá que escribir de principio a fin un artículo basado en lo que dijo aquella noche.

     La facilidad de la grabación nos ha hecho olvidar que lo oral es habla y lo escrito es prosa. La prosa se puede decir pero el habla no se puede leer. Este olvido es cada día más grave en las entrevistas: no es posible transcribir tal cual lo que dijo una persona, es indispensable redactarlo. Cuanto se expone en cinco minutos se escribe con mayor precisión en un párrafo que leemos en segundos.

     El stalinismo del mercado

     Tan discutible como la tendencia a encuadernar hasta la última reliquia del santo —las notas para el periódico mural de su escuela secundaria, las cartas a la muchacha conocida en un viaje en barco, el prólogo para los sonetos del abogado que le arregló todos sus asuntos, las ingeniosidades malévolas con las que divertía a sus compañeros de mesa— es la proclividad a hacer libros que no son libros a base de las conferencias del escritor célebre.
     Mientras cada vez menos personas están dispuestas a leer, a leer de verdad, a sus contemporáneos, cada vez hay más público para escucharlos, pedirles autógrafos y retratarse con ellos. En las ferias del libro el escritor es como la vaca en la feria ganadera; si bien, apunta Saramago, es el único modo de darles las gracias a quienes tienen la generosidad infinita de acercarse precisamente a esos libros cuando hay tantos, miles de nuevos títulos todos los días.
     Por desgracia, sin feria ganadera ya no existe lo otro. Nunca más se darán casos como el de Arthur Machen (1863-1947), el autor de El gran dios Pan y Los tres impostores, predilecto de Borges. En medio siglo de actividad literaria Machen obtuvo por todos sus libros un total equivalente a quinientos dólares actuales. Fue afortunado; hoy ninguna empresa lo publicaría porque no vende.
     El stalinismo del mercado es tan feroz como el stalinismo de la historia. Para unos cuantos los grandes tirajes, las inmensas regalías, las casas de campo, los bonos de almacenes, comida y bebida, los viajes al extranjero. Para los demás el Gulag o el terror de caer en él. Supongamos que cuando Borges publicó Historia universal de la infamia hubieran estado vigentes los criterios actuales. Entonces jamás hubiéramos tenido Ficciones ni El Aleph. Sin posibilidad de ver impresos sus libros, Borges hubiese muerto como empleado de una biblioteca y autor de reseñas para Sur y La Nación.
      
     Borges precursor de Windows

     Una obra es sólo aquello que su autor determinó que lo fuera, los libros que admitió en su íntimo canon. Todo lo añadido post mortem es marginalia, juvenilia o gerontilia. No podemos responsabilizarlo de que se exhume cuanto en vida omitió o rechazó. La aparición inesperada de otro "nuevo" libro de Borges, This Craft of Verse (Harvard University Press), nos pone en principio a la defensiva. ¿No bastaba con Siete noches, Borges oral y los innumerables libros de entrevistas? ¿No ha dicho todo y lo ha dicho una y otra vez?
     Se alegará que a partir de 1955 Borges fue "el dictador", como lo llamó Emir Rodríguez Monegal, y no "escribió" la mitad de su obra. Pero basta leerlo para descreer de su aparente oralidad. Caminando por Buenos Aires Borges componía un draft, un borrador. Su mente actuaba como una procesadora de palabras antes de que se inventara el instrumento y realizaba todas las funciones que ahora hacemos con las teclas y el ratón: insert, typeover, undo, redo, cut, paste, delete...
    Este contemporáneo del entonces futuro Bill Gate también lo era de Flaubert. Hacía un save y ya con el texto en su inmaterial disco duro dictaba verso por verso, línea a línea, y no avanzaba a la siguiente hasta quedar satisfecho con cada unidad mínima tras interminables revisiones y correcciones. Borges se consideró ante todo un hacedor, un maker, un faber. Por buena que haya llegado a ser su expresión oral, seríamos injustos con él y su ética literaria si la pusiéramos a la misma altura de su verso y su prosa.

 Arte y oficio del verso

     A las conferencias en memoria de Charles Eliot Norton que organiza cada año la Universidad de Harvard nuestras letras deben libros comoLas corrientes literarias en la América hispánica (Pedro Henríquez Ureña), Lenguaje y poesía (Jorge Guillén) y Los hijos del limo (Octavio Paz). Borges fue el invitado en el invierno de 1967-1968. Las grabaciones se extraviaron como había ocurrido con las de Igor Stravinski, leídas en 1939-1940, que no aparecieron hasta 1970 con el título de Poetics of Music in the Form of Six Lessons. Las cintas —aún no había casettes— se encontraron en una bóveda y 33 años después Calin-Andrei Mihailescu, profesor en la Universidad de Western Ontario, se encargó de organizarlas y anotarlas con verdadero acierto.
     Salido de la noche y las tinieblas, auténtico mensaje de ultratumba,This Craft of Verse tiene la singularidad y la importancia de ser el único "libro" que Borges consagró a su mayor pasión, la poesía. 1967 está muy lejos. Quienes escucharon estas conferencias en su mayoría deben de haber muerto y los jóvenes de entonces ya hace mucho que dejamos de serlo.
     Desde ese siglo pasado, para este siglo XXI, Borges habla de poesía a un público que era inimaginable en el año de la muerte del Che Guevara, Vietnam, la guerra de los seis días, la rebelión en los guetos negros de los Estados Unidos, los jipis, Cien años de soledad, el esplendor de los Beatles y también el último gran destello de la colaboración entre Borges y Bioy Casares: las Crónicas de Bustos Domecq, una de las obras que iniciaron la posmodernidad al ser la burla, la parodia y escarnio de aquella misma vanguardia que Borges nos trajo de Europa en 1921. La última conferencia fue el 10 de abril de 1968 cuando ya estaba en movimiento lo que llevó a la rebelión de mayo en París.
     ¿Qué dice Borges? Lo mismo de siempre pero también cosas que no están en ninguna otra parte. Por juego, por burla, por timidez, por aburrimiento, por gratitud, por agresión, Borges jamás negó una entrevista. Fueron tantas que en ellas las ideas fértiles y originales luchan con las barbaridades más ofensivas.
     En las conferencias Borges no dicta, habla. Quien escribe va a lo concreto, el hablante divaga. "El enigma de la poesía" protesta contra quienes la consideran una tarea y no una pasión y un goce. Un libro es un objeto más entre las cosas del mundo hasta que llega el lector y la poesía que yace bajo las palabras vuelve a ser parte de la vida. Importa el poema, no quien lo escribió y da lo mismo que sea un poeta mayor o menor. Si sobrevive —porque el tiempo humilla o enriquece a los versos—, tarde o temprano se volverá anónimo. El toque de la poesía se siente como un estremecimiento. Nadie puede definirla, como es imposible definir el color rojo o el sabor del café. A la pregunta de qué es la poesía sólo se puede responder con lo que San Agustín dijo del tiempo: "Si no me preguntan lo sé; si me preguntan no lo sé". 
     Entre los misterios que intrigan a Borges figura el que los poetas empleen siempre las mismas metáforas, basadas en sólo doce afinidades esenciales. Por eso tienen un gran porvenir: faltan muchas que no han sido descubiertas. Hace memorables a las Coplas de Manrique no sus metáforas sino la grave música de sus versos. El arte es artificio y toda literatura está hecha de trucos. La victoria consiste en ocultarlos o justificarlos. Borges rechaza el término "creador": el poeta no es sino el hacedor de algo en que pueden escucharse todas las voces.
      
     Cantar, contar, traducir

     "La narración del cuento" es una conferencia valiente en una época en la que estaba prohibida la poesía narrativa. En principio verso y cuento eran la misma cosa. Se narraba una historia al mismo tiempo que se cantaba un poema. La humanidad necesita de la épica y la épica requiere de un héroe. El siglo XX no cree en la felicidad ni en la victoria. Por tanto las dos guerras mundiales no produjeron ningún poema épico. Queda la novela, que Borges considera su degradación y supone destinada a morir, mientras que el cuento es inmortal porque nunca nos cansaremos de escuchar ni de leer relatos.
     Al escribir The Canterbury Tales Chaucer no sintió la obligación de inventar nuevas historias. Su originalidad consistía en el modo de recontar las antiguas. La invención de tramas empezó en el siglo XIX con Hawthorne y Poe y ha llegado al exceso. Borges piensa que volverá un momento en que el poeta y el narrador no se distingan, como no podemos diferenciarlos en Homero y Virgilio.
     En aquellos años Borges trabajaba en su admirable versión de Whitman y en traducirse al inglés con Norman Thomas Di Giovanni. Acerca de las traducciones poéticas, piensa que la literalidad no existe: Good morning no se traduce como "buena mañana" sino como "buenos días". En las lenguas romances no decimos It is cold. Hablamos de que Il fait froid, Fa freddo, "hace frío". A nadie se le ocurriría trasladarlo al inglés como It makes cold. Los traductores clásicos pensaron en la lengua vernácula y en el poema en sí mismo, al punto de que los lectores de su idioma no necesitaran del original.
     El literalismo, piensa Borges, es herencia de las traducciones bíblicas. Seguros de que se enfrentaban a la palabra de Dios, sus intérpretes no osaron modificar nada. El alemán distingue entre la simple traducción (Übersetzung), la versión poética (Nachdichtung) y el poema tejido en derredor de otro poema (Umdichtung), como los que hizo Stefan George en torno a Les fleurs du mal.
     Las conferencias pueden ser oscilatorias y divagatorias, a diferencia de la concisión y velocidad del texto borgeano. La abundancia de citas y referencias es tan notable como el poder de hablar sin notas en un idioma que, por íntimo que le resulte, no es su lengua materna. El ultraísta de 1921 reaparece cuando Borges se atreve a decir en una ciudadela del puritanismo que los Evangelios son un poema épico como la Iliada y la Odisea, a descreer en pleno Harvard de la teoría, la historia literaria, las perspectivas biográficas, las escuelas, las influencias: medios de impedir que hable la música de las palabras, símbolos de las memorias compartidas. This Craft of Verse, como toda la crítica de Borges, defiende la libertad del lector contra las pretensiones de los autores y sus intérpretes. El poder está en otra parte. Porque, después de todo, uno lee lo que quiere pero escribe lo que puede. 


lunes, 29 de agosto de 2011

Discurso íntegro de José Emilio Pacheco al recibir el Premio Cervantes 2009

Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señora Ministra de Cultura, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, Señora Presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y para las Artes de México, Presidenta de la Comunidad de Madrid, Sr. Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señores y señoras.

1947 es una fecha tan lejana como 1547. Ambas se han hundido en la sombra eterna y son irrecuperables. Tal vez la memoria inventa lo que evoca y la imaginación ilumina la densa cotidianeidad. Sin embargo, del mismo modo que para nosotros serán siempre gigantes los molinos de viento que acababan de instalarse en 1585 y eran la modernidad anterior a la invención de esta palabra, en algún plano es real otra experiencia: la de un niño que una mañana de Ciudad de México va con toda su escuela al Palacio de Bellas Artes y asiste asombrado a una representación del libro convertido en espectáculo.
Salvador Novo adapta y dirige la obra con música de un mexicano, Carlos Chávez, y un español, Jesús Bal y Gal. Novo pertenece al Grupo de Contemporáneos, equivalente exacto del Grupo de 1927 en España. Mucho tiempo después sabré que Novo había conseguido que en julio de 1936 su amigo Federico García Lorca estuviera precisamente en ese Palacio de Bellas Artes para presenciar el estreno mexicano de Bodas de Sangre interpretada por Margarita Xirgu.
A telón cerrado aparece el historiador árabe Cide Hamete Benengeli a quien Cervantes atribuye la novela. Cide Hamete Benengeli ha decidido abreviar la historia para que los niños de México puedan conocerla. La cortina se abre. De la oscuridad surge la venta que es un castillo para Don Quijote. Quiere ser armado caballero a fin de que pueda ofrecer sus hazañas a la sin par Dulcinea del Toboso, la mujer más bella del mundo.
Dos horas después termina la obra. Desciende de los aires Clavileño que en esta representación es un pegaso. Don Quijote y Sancho montan en él y se elevan aunque no desaparecen. El Caballero de la Triste Figura se despide: "No he muerto ni moriré nunca. Mi brazo fuerte está y estará siempre dispuesto a defender a los débiles y a socorrer a los necesitados".
La otra realidad
En aquella mañana tan remota descubro que hay otra realidad llamada ficción. Me es revelado también que mi habla de todos los días, la lengua en que nací y constituye mi única riqueza, puede ser para quien sepa emplearla algo semejante a la música del espectáculo, los colores de la ropa y de las casas que iluminan el escenario. La historia del Quijote tiene el don de volar como aquel Clavileño. Sin saberlo, he entrado en lo que Carlos Fuentes define como el territorio de La Mancha. Ya nunca voy a abandonarlo.
Leo más tarde versiones infantiles del gran libro y encuentro que los demás leen otra historia. Para mí el Quijote no es cosa de risa. Me parece muy triste cuanto le sucede. Nadie puede sacarme de esta visión doliente.
En la mínima historia inconclusa de mi trato con la novela admirable hay a lo largo de tantos años muchos episodios que no describiré. Adolescente, me frustra no poder seguir de corrido la fascinación del relato: se opone lo que George Steiner designó como el aparato ortopédico de las notas. Me duele que las obras eternas no lo sean tanto porque el idioma cambia todos los días y con él se alteran los sentidos de las palabras.
También me asombra que necesiten nota al pie términos familiares en el español de México, al menos en el México de aquellos años remotos: "de bulto" como las estatuillas de los santos que teníamos en casa; "el Malo", el demonio"; "pelillos a la mar", olvido de las ofensas; "curioso", inteligente. Y tantas otras: "escarmenar", "bastimento", "cada y cuando".
Supercherías cervantinas
Ignoro si podría demostrase que el primer ejemplar del Quijote llegó a México en el equipaje de Mateo Alemán y en el mismo 1506 de su publicación . El autor del Guzmán de Alfarache había nacido en 1547 como Cervantes y estuvo en aquella Nueva España que don Miguel nunca alcanzó.
Tal vez el gran cervantista mexicano de hace un siglo, Francisco A. de Icaza, hubiera rechazado como una más de las 'Supercherías y errores cervantinos', que es el título de la obra de Icaza, esta atribución que me seduce. Por lo pronto me permite evocar en este recinto sagrado a Icaza, el mexicano de España y el español de México, a quien no se recuerda en ninguna de sus dos patrias. En todo caso sobrevive en el poema que le dedicó su amigo Antonio Machado: "No es profesor de energía/ Francisco A. de Icaza, sino de melancolía". Y en la inscripción que leen todos los visitantes de la Alhambra. Otra leyenda atribuye su inspiración al mismo mendigo de quien habló también Ángel Ganivet: "Dale limosna, mujer/ pues no hay en la vida nada/como la pena de ser/ciego en Granada".
Como todo, Internet es al mismo tiempo la cámara de los horrores y el Retablo de las Maravillas. No me dejará mentir la Red si les digo que el 30 de noviembre de 2009, en una rueda de prensa en la Feria del Libro de Guadalajara me preguntaron, con motivo del Premio Reina Sofía, si con él yo estaba en camino del Premio Cervantes. "Para nada", contesté. "Lo veo muy lejano. Nunca lo voy a ganar".
Al amanecer del lunes 30 la voz de la Señora Ministra de Cultura, Doña Ángeles González Sinde, me dio la noticia y me hundió en una irrealidad quijotesca de la que aún no despierto. Por aturdimiento, no por ingratitud, apenas en este día doy gracias al jurado por su generosidad al privilegiarme cuando apenas soy uno más entre los escritores de este idioma y hay tantas y tantos dignos con mucha mayor justificación que yo de estar ahora ante ustedes.
Para volver al plano de la realidad irreal o de la irrealidad real en que los personajes del Quijote pueden ser al mismo tiempo lectores del Quijote, me gustaría que el Premio Cervantes hubiera sido para Cervantes. Cómo hubiera aliviado sus últimos años el recibirlo. Se sabe que el inmenso éxito de su libro en poco o nada remedió su penuria.
Cómo nos duele verlo o ver a su rival Lope de Vega humillándose ante los duques, condes y marqueses. La situación sólo ha cambiado de nombres. Casi todos los escritores somos, a querer o no, miembros de una orden mendicante. No es culpa de nuestra vileza esencial sino de un acontecimiento ya bimilenario que tiende a agudizarse en la era electrónica.
En la Roma de Augusto quedó establecido el mercado del libro. A cada uno de sus integrantes -- proveedores de tablillas de cera, papiros, pergaminos; copistas, editores, libreros--le fue asignado un pago o un medio de obtener ganancias. El único excluido fue el autor sin el cual nada de los demás existiría. Cervantes resultó la víctima ejemplar de este orden injusto. No hay en la literatura española una vida más llena de humillaciones y fracasos. Se dirá que gracias a esto hizo su obra maestra.
El Quijote es muchas cosas pero es también la venganza contra todo lo que Cervantes sufrió hasta el último día de su existencia. Si recurrimos a las comparaciones con la historia que vivió y padeció Cervantes, diremos que primero tuvo su derrota de la Armada Invencible y después, extracronológicamente, su gran victoria de Lepanto: El Quijote es la más alta ocasión que han visto los siglos de la lengua española.
Nada de lo que ocurre en este cruel 2010 -de los terremotos a la nube de ceniza, de la miseria creciente a la inusitada violencia que devasta a países como México- era previsible al comenzar el año. Todo cambia día a día, todo se corrompe, todo se destruye. Sin embargo en medio de la catástrofe, al centro del horror que nos cerca por todas partes, siguen en pie, y hoy como nunca son capaces de darnos respuestas, el misterio y la gloria del Quijote.

jueves, 25 de marzo de 2010

Periódico Buenas Noticias:

Niños y poetas. Grandiosa y festiva combinación de camaradas ayer en la presentación del libro realizado con las obras ganadoras del concurso de dibujo infantil al que convocó hace meses el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, para conmemorar los 80 y 70 aniversarios natales de Eduardo Lizalde y José Emilio Pacheco (JEP), respectivamente.

Hormigas, monos, gatos, dragones y pájaros, así como muchos versos e historias de tigres entusiasmaron al numeroso público que acudió a la Biblioteca Vasconcelos de Buenavista, donde sucedió algo pocas veces visto: el furor de la niñez por la poesía.

Cuando los autores llegaron al auditorio del recinto fueron recibidos, literalmente, como estrellas de rock: con gritos, aplausos y silbidos de niños y adolescentes. Muchos traían entre las manos el libro Celebración de la palabra: Eduardo Lizalde y José Emilio Pacheco para niños, cuyas ilustraciones son más fuertes que la violencia y el caos, el ejemplo de que contra la muerte y el horror prevalecen la vida y el arte, afirmó Pacheco, muy emocionado.

El poeta agradeció a los niños por demostrar con sus trabajos que la imaginación y el talento son inagotables no obstante que la sociedad que hemos creado se empeña en destruirlos. Pero ustedes tienen el talento para sobrevivir a este país siniestro que les están legando y por el que muy pronto nos van a exigir cuentas. Voy a conservar toda la vida los dibujos que me han regalado.

¡Qué pregunta más intensa!

Muy atentos, los chicos escucharon a Eduardo Lizalde recordar que los cuentos que sirvieron para inspirar sus dibujos los escribió hace poco más de medio siglo: me asombra que leyeran ese muy complejo texto que hice cuando me dedicaba a la modesta tarea de cobrador de una empresa productora de ron.

El escritor dijo que debido a ese oficio recorría entonces colonias muy apartadas de la ciudad, donde conoció la miseria, “la cual sigue siendo la misma. Por eso propondré a mis colegas que creemos una fundación nacional de apoyo a las comunidades indígenas del país, porque ¡el problema no se ha resuelto!

“En esas colonias fui testigo de una inundación, como las que siguen ocurriendo. Ahí había un niño que creía que su gato era un tigre y que al ver las aguas negras pensó que el mar había llegado, putrefacto y pestilente, a traerle la muerte a su gato.

Me sorprende que los pequeños hayan ilustrado con más profundidad esta historia que nadie. Gracias, saben leer mejor que los adultos.

Se pidió después al público regalar palabras a los poetas, para que hagan flores, como se llama en náhuatl a la poesía. También se invitó a que les hicieran preguntas. Casi todos los pequeños alzaron la mano. Ariadna, de unos cinco años, fue de las primeras en querer saber ¿por qué les gusta escribir?

Lizalde respondió con humor:¡qué pregunta más intensa! No nos gusta, es una maldición que cargamos en los hombros, mientras que Pacheco añadió: es lo único para lo que sirvo, no nací para hablar, sino para escribir, pues ahí no tengo que darle la cara a la página.

Una lluvia de palabras favoritas fue obsequiada después a los autores, que gozaron escucharlas en voz de sus pequeños y cautivos lectores: familia, estrella, sueño, perro, amor, luna, tigre, pony, rocanrol, superhéroe, respeto, jugar, convivir, coco, chango, chipote.

Chango también es una palabra que me gusta por enigmática y porque además sólo existe en México, en ningún otro país le dicen así a los monos, apuntó José Emilio Pacheco.

Fueron las inquietudes de los niños las que guiaron la charla con los autores: ya sea sobre la existencia de musas, el genio de Mozart, el prodigio de Lope de Vega, la necesidad de volver al verso, el trabajo y la suerte del poeta o la necesidad de hacer una selección de los mejores poetas del siglo XX.

Para cerrar el encuentro, llegó la música del grupo La Libélula, primero para presentar el relato El tigre de Pablo, de Lizalde; luego, para jugar con el ritmo de los poemas de Pacheco, algunos a ritmo de rap: Cuando el mono te clava la mirada/ estremece pensar si no seremos/ su espejito irrisorio y sus bufones.

Fue una tarde inolvidable para dos poetas que nunca ocultaron su felicidad por esa experiencia que, es increíble que a estas alturas de la vida nunca hayamos vivido, afirmó Pacheco.

Fue la tarde también de decenas de niños jubilosos, que aplaudían y gritaban por el puro placer de escuchar versos y soñar: El que derrota al monstruo/ y ocupa su lugar/ se vuelve el monstruo.

La Jornada Cultura

viernes, 29 de enero de 2010

Don Heráclito - José Emilio Pacheco

Don Heráclito


Pero el agua recorre los
cristales
musgosamente:
ignora que se altera
lejos del sueño todo lo
existente.

Y el reposo del fuego es tomar forma
con su pleno
poder de transformarse.
Fuego del aire y soledad del fuego
al incendiar el
aire que es de fuego.

Fuego es el mundo que se extingue y
prende
para durar (fue siempre) eternamente.

Las cosas hoy
dispersas se reúnen
y las que están más próximas se alejan:
soy y no soy
aquel que te ha esperado
en el parque desierto una mañana
junto al río
irrepetible adonde entraba
(y no lo hará jamás, nunca, dos veces)
la luz
de octubre rota en la espesura.

Y fue el olor del mar:
una paloma
como un arco de sal ardió en el aire.
No estabas, no
estarás,
pero el oleaje
de una espuma remota confluía
sobre mis actos y
sobre mis palabras
(únicas nunca ajenas, nunca mías):
el mar que es agua
pura ante los peces
jamás ha de saciar la sed del hombre.


José Emilio Pacheco

jueves, 28 de enero de 2010

Las Palabras de Buda - José Emilio Pacheco

Las Palabras de Buda

Todo mundo está
en llamas: lo visible
arde y el ojo en llamas interroga.
Arde el fuego del
odio.

Arde la usura.
Arde el nacimiento y la
caida.

Arde el dolor.
El llanto, el
sufrimiento
arden
también.
La pesadumbre es
llama.
Y
una hoguera es la angustia
en la que arden todas las
cosas:
Llama,

arden
las llamas,
arden las
llamas,

mundo y fuego, mira
la hoja al viento, tan triste, de la
hogera.

José Emilio Pacheco


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