sábado, 12 de mayo de 2012
Even I couldn't impress Bob Dylan, Obama admits
domingo, 16 de octubre de 2011
1993 - World Gone Wrong. Bob Dylan
miércoles, 5 de octubre de 2011
lunes, 12 de septiembre de 2011
Dama de ojos tristes de las tierras bajas
y tus ojos como humo y tus oraciones como rimas,
y tu cruz de plata, y tu voz como campanadas,
oh, ¿cuál de ellos piensa que podría encerrarte?
Con tus bolsillos bien protegidos por fin,
y tus visiones tranviarias que colocas sobre la hierba,
y tu carne como seda, y tu rostro como cristal,
¿cuál de ellos piensa que podría llevarte consigo?
Dama de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, dama de ojos tristes, debiera esperar?
Con tus sábanas como metal y tu cinturón como encaje,
y tu mazo de cartas sin la jota ni el as,
y tus vestidos de sótano y tu cara sin expresión,
¿cuál de ellos piensa que podría vencerte?
Con tu silueta cuando la luz solar se apaga
dentro de tus ojos donde la luz de luna nada,
y tus canciones de cajas de cerillas y tus himnos gitanos,
¿cuál de ellos intentaría impresionarte?
Dama de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, dama de ojos tristes, debiera esperar?
Los reyes de Tiro con sus listas de condenados
están en fila esperando sus besos de geranio,
y tú no sabías que ocurriría así,
pero, ¿cuál de ellos quiere realmente besarte?
Con tus amores de niñez en tu alfombra de medianoche,
y tus maneras españolas y las drogas de tu madre,
y tu boca de vaquero y tus enchufes de toque de queda,
¿cuál de ellos piensa que podría resistir a ti?
Dama de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, dama de ojos tristes, debiera esperar?
Oh, los granjeros y los hombres de negocios decidieron
enseñarte los ángeles muertos que solían esconder.
Pero, ¿por qué te escogieron a ti para simpatizar con su bando?
Oh, ¿cómo pudieron confundirte?
Querían que te responsabilizaras de lo de la granja,
pero con el mar a tus pies y la falsa alarma,
y con el chico de un matón envuelto entre tus brazos,
¿cómo pudieron convencerte?
Dama de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, dama de ojos tristes, debiera esperar?
Con tus recuerdos de planchas metálicas de Cannery Row,
y tu marido de revista que un día tuvo que irse,
y tu gentileza, que ahora no puedes evitar mostrar,
¿cuál de ellos crees que te emplearía?
Ahora estás junto a tu ladrón, estás en su libertad condicional
con tu medallón sagrado que la yema de tus dedos doblan,
y tu cara de santa y tu alma de fantasma,
oh, ¿cuál de ellos crees que podría destruirte?
Dama de ojos tristes de las tierras bajas,
donde el profeta de ojos tristes dice que ningún hombre llega,
mis ojos de almacén, mis tambores árabes,
¿debiera dejarlos junto a tu puerta,
o, dama de ojos tristes, debiera esperar?
domingo, 22 de mayo de 2011
El inclasificable Dylan
El
Andreas Kurz |
Bob Dylan se presentó en los Grammys 2011. Junto con The Avett Brothers y Mumford and Sons cantó “Maggie’s Farm.” El público: vestidos de diseñador, vino caro, arrogancia, autosuficiencia, falta de humor. Neil Young aplaude con entusiasmo. Jennifer Lopez trata de fingir emoción, no lo logra, su cara expresa desconcierto y la ausencia definitiva de comprensión. Veintiséis años antes, Jack Nicholson, sólo cuatro años mayor que Robert Allen Zimmerman, había introducido la aparición de Dylan en Life Aid. The Transcendent Bob Dylan, el músico que formó una manera de ser, más influyente que los Beatles y los Rolling Stones. En 1985, Dylan tenía cuarenta y cuatro años. Me acuerdo que me parecía viejo y acabado, inclusive más acabado que Keith Richards y Ron Wood, sus side kicks en Filadelfia. ¿Dos momentos atípicos en una carrera de más de cincuenta años? En absoluto. Dos momentos que pueden resumir una carrera. El Dylan amable de los Grammys 2011 –abuelo feliz y algo excéntrico rodeado de sus hijos y nietos–, y el Dylan gruñón de 1985 –a la mitad del camino secundado por dos compañeros tan viejos y feos como él revelan los epítetos de su vida: inefable y evasivo.
He asistido a dos conciertos de Dylan: el primero en Austria, en los años ochenta, el segundo en Ciudad de México, en 2008. La misma historia: de malas, desganado, desentonado hace veinticinco años; simpático, animado, aún más desentonado hoy. El público es cada vez más heterogéneo: siguen los de su edad, permanecen los que ahora están a la mitad del camino, hay jóvenes y adolescentes. Mayor elogio no se puede hacer a un músico, uno más trillado tampoco…
Dylan toca para los viejos mejoradores del mundo, millonarios de negocios y burocracia, soñadores y románticos incurables, cínicos e ingenuos, religiosos y ateos. ¿Le vale todo? ¿Ya no hay ideales y convicciones? ¿Una leyenda que pretende disfrutar sus últimos años sin conflictos y controversias, pero con la seguridad de dejar una obra imperecedera? ¿No se da cuenta que en el público de los Grammys está Maggie con toda su familia y abundan los que tienen sesenta y ocho, pero dicen que tienen veinticuatro?
Un setentón quiere disfrutar su pensión. Empieza a hacer las cosas que nunca antes había hecho –viaja o aprende portugués. Dylan da conciertos y escribe canciones, cosas que siempre había hecho. No es un pensionista común y corriente. Hay algo más en él, algo que nos permite olvidar que no tiene voz para cantar, ni sabe tocar la guitarra, que no es ni pacifista, ni luchador por todas las causas buenas al estilo de Bono, que acepta la presencia de la peor lacra de la farándula en el público, y hasta le sonríe. Inefable y evasivo, quizás la ilusión de todos los humanos: ser inclasificable y dar una importancia igual a cero a lo que dicen y opinan los otros sobre uno, llevar la contraria siempre.
Cuando los críticos celebraban a Dylan como genuino sucesor de Woody Guthrie, aquél sacó la batería y la guitarra eléctrica. Cuando la indefinida izquierda estadunidense pensaba tener un portavoz, Dylan empezó a cantar sobre un viaje interior laberíntico que lleva a la negación de todas las seguridades y la aniquilación de todos los dogmas. Cuando todos pensábamos que era una leyenda sin futuro, resucitó con Modern Times. Dylan no es forever young, pero sí sabe que la juventud y la vejez no existen, que el tiempo se puede controlar con la ayuda del movimiento y de los cambios bruscos. El tiempo se deja sorprender así y nos muestra una cara más amable, aunque tenga el aspecto de un limón secado y la expresividad de un sujetapapeles.
En “I Want You”, canción de amor de 1966, hay una estrofa que, cuarenta y cinco años más tarde, ha dejado de ser una apertura hacia el otro para convertirse en un gesto que parece querer alcanzar al tiempo, a todos los tiempos: “The drunken politician leaps/ Upon the street where mothers weep/ And the saviors who are fast asleep, they wait for you/ And I wait for them to interrupt / Me drinkin’ from my broken cup/ And ask me to/ Open up the gate for you.”
Dylan podría ser un existencialista al estilo de Albert Camus. Sé que tratar de medir a Dylan con criterios intelectuales es una falacia, pero sé también que a él no le importaría –ya no le importa–, se burlaría probablemente, haría una mueca que expresa que soy un imbécil y me dejaría vivir con mi imbecilidad y todo. Camus rechaza la idea del suicidio, hay que vivir porque en cada esquina espera una sorpresa que no permite que tome de mi taza rota y que me obliga a abrir todas las puertas.
Dylan no acepta la historicidad de sus canciones, las adapta, las reinventa, las vuelve irreconocibles hasta para sus aficionados más expertos. Lo viejo es nuevo, lo nuevo viejo es. Y todo es moldeable. Escuché “Blowing in the Wind” por primera vez a comienzos de los setenta en la iglesia de mi pueblo natal: en alemán y como canción religiosa. Dylan sigue cantando la canción en sus conciertos. Mejor dicho: la volvió a cantar cuando ya nadie se la esperaba. Hay que llevar la contraria siempre… La canta con una voz que es vómito puro, con instrumentaciones variables y con un significado nihilista: la respuesta flota en el aire, pero el aire todo se lo lleva al carajo. Quizás no tan nihilista porque Dylan sigue aquí para cantarla y sospecho que de vez en cuando el párroco de mi pueblo aún entona con voz temblorosa que la respuesta, amigo mío, sólo Dios la sabe.
¡Qué imagen bonita la de los Grammys! Un público que adora la juventud y la belleza, enamorado de sí mismo y convencido de su superioridad y –no pocos– de su inmortalidad, tiene que aplaudir –hasta jlo– a un hombre arrugado que no pretende disfrazar sus setenta años, quien aúlla, gruñe y solloza una canción cuyo texto insulta a la mayoría de este público. No hay imagen más hermosa del carácter perennemente contestatario de la cultura del rock.
de La Jornada
miércoles, 25 de agosto de 2010
Así, justo así.
martes, 9 de marzo de 2010
1967 - Bob Dylan: John Wesley Harding
lunes, 16 de febrero de 2009
Una fuerte lluvia va a caer (Bob Dylan's poem)

¿Dónde has estado mi hijo de los ojos azules?
¿Dónde has estado mi pequeño querido?
He tropezado en el costado de doce
montañas nubladas
He caminado y gateado en seis
autopistas inclinadas
Me he parado en el medio de bosques tristes
He estado afuera de frente a una docena
de océanos muertos
He estado diez mil millas en la boca
de una tumba
Y es una fuerte, fuerte, fuerte, fuerte
Y es una fuerte lluvia la que va a caer.
¿Qué has visto mi hijo de los ojos azules?
¿Qué has visto mi pequeño querido?
Vi un niño recién nacido con lobos salvajes
a su alrededor;
Vi una carretera de oro sin nadie
en ella
Vi una rama negra con sangre
que seguía cayendo
Vi un cuarto lleno de hombres
con martillos ensangrentados
Vi una escalera blanca cubierta
de agua
Vi diez mil charlatanes con las lenguas rotas
Vi revólveres y espadas filosas en las manos
de pequeños
Y es una fuerte, fuerte, fuerte, fuerte,
Y es una fuerte lluvia la que va a caer.
¿Qué escuchaste mi hijo de los ojos azules?
¿Qué escuchaste mi pequeño querido?
Escuché el sonido del relámpago
que bramaba advertencias
Escuché el rugido de una ola capaz
de inundar al mundo entero
Escuché a cien tam-tams con manos
incendiadas
Escuché a diez mil murmurando
y nadie escuchaba
Escuché a una persona morir de hambre
y a muchos reírse
Escuché la canción de un poeta que murió
en el arroyo
Escuché los sonidos de un payaso que lloraba
en el callejón
Escuché el sonido de una persona que pedía
ser humano
Y es una fuerte, fuerte, fuerte, fuerte
Y es una fuerte lluvia la que va a caer.
¿A quién encontraste mi hijo de los ojos azules?
¿A quién encontraste mi pequeño querido?
Encontré a un niño al lado de un potrillo muerto
Encontré a un blanco arrastrando a un perro negro
Encontré a una joven con el cuerpo quemado
Encontré a un joven que me dio un arco iris
Encontré a un joven que estaba herido de amor
Encontré otro hombre herido de odio
Y es una fuerte, fuerte, fuerte, fuerte
Y es una fuerte lluvia la que va a caer.
¿Qué harás ahora mi hijo de los ojos azules?
¿Qué harás ahora mi pequeño querido?
Me voy afuera antes que la lluvia
comience a caer
Caminaré hacia las profundidades de la floresta
oscura, más profunda
Donde la gente es numerosa y sus manos
están vacías
Donde las píldoras
de veneno están inundando sus aguas
Donde la casa del valle encuentra
la prisión húmeda y sucia
Donde el rostro del verdugo está siempre
bien escondido
Donde el hambre es cruel, donde las almas
son olvidadas
Donde el color es negro, donde nada
es el número
Y yo lo diré y lo hablaré y lo pensaré
y lo respiraré
Y lo reflejaré desde la montaña para que todas las almas
lo puedan ver
Entonces me pararé sobre el océano hasta
empezar a hundirme
Pero sabré bien mi canción antes de empezar
a cantar
Y es una fuerte, fuerte, fuerte, fuerte
Y es una fuerte lluvia la que va a caer.
Bob Dylan
sábado, 23 de febrero de 2008
Los viajes del Gran Camaleón.
Hermann Bellinghausen
Bob Dylan: los viajes del Gran Camaleón.
Pronto serán 50 años de que existe y todavía no sabemos si creerle todo el tiempo o sólo a veces, y si le entendemos. Lo que canta es importante, incluso para los que confiesan: “no me gusta Bob Dylan”. Así, desde su inicio en el frío invierno de 1960-1961, cuando un chaval llamado Robert Zimmerman, hijo de Abraham-vendedor-de-televisores en el corazón de la Nada americana, al pie de la carretera 61, se reinventó y autodenominó Bob Dylan. Como piedra que rueda, diría luego.
Es, para muchos, el creador más importante de la cultura popular contemporánea, si acaso eso significa algo. A pesar del desdén histórico de la academia literaria, su candidatura al premio Nobel va en serio. Si acaso significa algo. En realidad, lo único que ha hecho es tocar y cantar rock tripulando su romancero. Centenares de historias, poemas de amor y desamor, enumeraciones de sueños y pesadillas, crónicas arbitrarias y geniales, elusivas canciones de protesta, plegarias, panfletos. ¿O son miles? Siempre las cambia y tiene fama de no interpretar dos veces igual una canción. Jamás suena “como el disco”, y eso en el moderno mundo del consumo es imperdonable.
Tal es el Dylan que llega a México en la gira de chaplinesco título (como su disco reciente) Modern Times, saludado por la crítica, incluso la habitualmente adversa, como “obra maestra a la altura de sus mejores épocas”. ¿Que cuáles fueron? Y en automático: los años 60. Es lugar común. Y un error ya típico. “Antes era mejor”. Como prueba el documental de Martin Scorsese No direction home (2005), ya en 1965 su público, furioso, lo acusaba de chafear, de “venderse” al rock, cuando en realidad lo estaba inventado. “Antes era mejor”: el espejismo lo ha perseguido toda su carrera y es parte del mito. Su audiencia, permanente malcontenta, es quizá la más crítica y regañona que un artista pueda tener. Un logro pedagógico.
La decepción permanente de sus fans no tiene razón. Si uno revisa desapasionadamente su extensa discografía, descubre que más allá de La respuesta está en el viento, siempre fue mejor “que antes” y hoy más que nunca. Como artista, hace lo más envidiable: su regalada gana. Se “espera” algo de él, y nos deja con un palmo de narices. Lo quisieron líder o profeta. Estuvo con Martin Luther King Jr. en la marcha al Capitolio, cantó la desafiante When the Ship Comes In y se escabulló. Cuando los movimientos civiles lo invocaron, él estaba reinventando el blues eléctrico antes que la sicodelia supiera que así se llamaba. Y cuando ésta floreció, él cantaba rancheras. Cuando los punk saltaron a escena en los años 70, andaba en el clavón de sus truenes con Sara, madre de cuatro de sus hijos, y en su gran circo de la Rolling Thunder Revue (1975). De esa crisis datan algunas de sus mejores baladas eléctricas. Siempre fuera de sinc (por adelantado, anacrónico o perdido, según el público), sigue fiel a su propio reloj. Las modas no son su problema. Cuando en los años 80 se hizo cristiano y le dio por la vida eterna, la gracia del Señor y defender al Papa, y lo queríamos matar, él no descuidó el filo de ironía en sus letras, y con su coro y su banda de virtuosos emprendió una magistral refundación del gospel pasado por reggae que algún día se le reconocerá. Cuando la onda era el grunge, y el metal se astillaba por los aires, Dylan salió con Under the red sky (1990), el mejor disco de blues de su carrera, en colaboración con Don Was y Stevie Ray Vaughan.
En dos momentos distintos, dos amigos y devotos dylanianos me regalaron “el nuevo disco” por no tirarlo a la basura. Ambos eran en vivo. Uno, el doble con The Band (1974); el otro, el extravagante concierto del Budokan, en Tokio (1979). Dos de los muchos momentos en que cambió de voz, tono y sonido para dar un paso más allá. Lo han comparado con el coyote indio. Animal público, sabe desaparecer. Lo hizo en Woodstock hace 40 años. Durante los 80 y 90 sustrajo de la chismografía su matrimonio con la estupenda corista Carolyn Dennis, con quien compartió el escenario 11 años. En su permanente deconstrucción de su personaje histrión aullante y sardónico, da lecciones de invisibilidad. Si el mensaje es bueno, el mensajero no importa. Lo cual es falso, pues nadie canta como Bob Dylan. Podemos creerle, o no, cuando dice que sus músicos actuales “son la mejor banda que he tenido”. En boca de otro sonaría presuntuoso. En la suya parece un chiste. Para él desfilaron los más grandes bluseros de estudio, jazzistas, countrymen, tres de los cuatro Beatles, la mitad de los Rolling Stones, Daniel Lanois, Greatful Dead, Johnny Cash, Joan Baez, The Alarm y un kilométrico etcétera. De su establo salieron al menos tres bandas trascendentes: The Electric Flag, The Band y Dire Straits.
En los años 90 rompió la costumbre de sólo autointerpretarse y grabó (guitarra, armónica y el mejor momento cavernoso de su voz) la colección folclórica Good as I been to you (1992), y los magistrales blues prehistóricos salidos de su colección de discos de 78 revoluciones, World gone wrong (1993). Por supuesto, nadie esperaba eso de él. Inicia nueva trilogía. Ahora que la crítica celebra Modern Times, los dylanólogos decidieron que “culmina” una supuesta trilogía con sus álbumes precendentes de estudio: Time Out of Mind (1997) y Love and Theft (2001). Él, faltaba más, disiente. En entrevistas asegura que Modern Times es el primer disco de una nueva trilogía. A sus 66 años, está apenas comenzando.
La frondosidad verbal que lo iluminó en los años 60 quizás no volverá, pero su facilidad sigue intacta. Se cuenta que a principios de los 80 coincidió en un café de París con Leonard Cohen (quien siendo novelista y poeta de fama, hacia 1967 había decidido imitar a Dylan y cantar) y le preguntó cuánto tardó en componer Hallelujah, su canción más conocida. Cohen dijo: “Cuatro o cinco años”, y por corresponder preguntó a Dylan cuánto le tomó escribir la notable I and I. Éste respondió sin piedad ni pudor: “15 minutos”.
El Gran Camaleón pudo ser un gran narrador, pero ya la novela Tarántula (1966), y su autobiografía en curso Crónicas (2005) lo ponen al lado de Miller y Kerouac. Pudo ser cineasta, pero sólo rodó la injustamente incomprendida Renaldo and Clara (1978, guión suyo y de Sam Shepard). O actor, pero no pasó de Pat Garret and Billy the Kid (Sam Pekinpah, 1973), y alguna otra. Pudo fundar una religión, o encabezar la Revolución, pero él prefirió ser Bob Dylan. Por eso lo regañamos tanto.

