Sonido Fulgor

sábado, 30 de junio de 2012

Carta a George B. Moore en defensa del anonimato


No sé por qué escribimos, querido George.
Y a veces me pregunto por qué más tarde
Publicamos lo escrito. Es decir lanzamos
una botella al mar, harto y repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos
a quién ni adónde la llevarán las mareas.
Lo más probable
es que sucumba en la tempestad y el abismo.
Sin embargo, no es tan inútil esta mueca de náufrago.
Porque un domingo
usted me llama de Estes Park, Colorado,
me dice que ha leído cuanto está en la botella
(a través de los mares: nuestras dos lenguas)
y quiere hacerme una entrevista.
Después recibo un telegrama inmenso
(lo que se habrá gastado usted al enviarlo).
En vez de responderle o dejarlo en silencio
se me ocurrieron estos versos. No es un poema,
no aspira al privilegio de la poesía
(no es voluntaria).
Y voy a usar, así lo hacían los antiguos,
el verso como instrumento de todo aquello
(relato, carta, drama, historia, manual agrícola)
que hoy decimos en prosa.
Para empezar a no responderle,
no tengo nada que añadir a lo que está en mis poemas,
dejo a otros el comentario, no me preocupa
(si alguno tengo) mi lugar en la historia.
(Tarde o temprano a todos nos espera el naufragio.)
Escribo y eso es todo. Escribo: doy la mitad del poema.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar del encuentro
con la experiencia ajena. El lector, la lectora
harán o no el poema que tan sólo he esbozado.
No leemos a otros: nos leemos en ellos.
Me parece un milagro
que algún desconocido pueda verse en mi espejo.
Si hay un mérito en esto –dijo Pessoa–
corresponde a los versos, no al autor de los versos.
Si de casualidad es un gran poeta
dejará cuatro o cinco poemas válidos,
rodeados de fracasos y borradores.
Sus opiniones personales
son de verdad muy poco interesantes.
Extraño mundo el nuestro: cada día
le interesan cada vez más los poetas;
la poesía cada vez menos.
El poeta dejó de ser la voz de la tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto nada más otro entertainer.
Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,
sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo,
tienen asegurado el amplio público
a quien ya no hace falta leer poemas.
Sigo pensando
que es otra cosa la poesía:
una forma de amor que sólo existe en silencio,
en un pacto secreto entre dos personas,
de dos desconocidos casi siempre.
Acaso leyó usted que Juan Ramón Jiménez
pensó hace mucho tiempo en editar una revista.
Iba a llamarse “Anonimato”.
Publicaría no firmas sino poemas;
se haría con poemas, no con poetas.
Y yo quisiera como el maestro español
que la poesía fuese anónima ya que es colectiva
(a eso tienden mis versos y mis versiones).
Posiblemente usted me dará la razón.
Usted que me ha leído y no me conoce.
No nos veremos nunca pero somos amigos.
Si le gustaron mis versos
qué más da que sean míos / de otros / de nadie.
En realidad los poemas que leyó son de usted:
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.




JEP

lunes, 25 de junio de 2012

"La lectura mantiene vivos a los hombres que han muerto pero que han escrito. Y más vivos a los que, vivos, están leyendo."


Gerardo Rod, un muy buen escritor muy poco conocido.

Eduardo Casar

El siete de octubre del dos mil nueve se murió Gerardo Rod.
Fue mi alumno en 1997 en la Escuela de Escritores de la Sogem, y me dio miedo cuando lo vi en el salón porque tenía una cara de lobo y se fue convirtiendo y acabó siendo en cierta forma mi maestro, porque cuando pensaba en hacer algo siempre se me ocurría pensar qué pensaría él de lo que estaba yo haciendo: esos son los maestros que nos van dando el norte, aunque no ocurra muy conscientemente, ya luego se podrá añadir la conciencia.
Se me murió: el señor cáncer se lo fue comiendo desde que comenzó 2009. Le fue comiendo el cáncer las orillas y el fondo, y un día comenzaron a salirle otros dientes hasta que se murió su cáncer de comerse a sí mismo. Y se acabó su cáncer con Gerardo. Y Gerardo acabó con el cáncer de la manera más definitiva. El cáncer ya no existe...
Gerardo Rod, en cambio...
Yo lo quería a Gerardo desde el fondo, y me quedo muriendo con él y todavía, con todo el fondo gris y ese charco inclinado.
Quisiera contarle al que quiera leerlo cómo era aquel, quién era y qué hizo en lo que a mí concierne, sin intentar averiguar más allá de la vida que él me dijo o dejó que supiera.
En 1997 entró a la Sogem donde yo daba un taller que invitaba a escribir. Cuando lo vi me dio miedo, porque Gerardo Rodríguez Arcovedo (es el nombre completo) se dejaba toda la barba que le salía y entonces la barba le trepaba hasta muy cerca de los ojos. (Siempre quise saber cómo sería su cara sin la barba, una cosa que también me ha pasado con Engels.)
¿Cómo sería su cara sin la barba? 

No puedo imaginarla, pero siempre voy a querer imaginarla aunque nunca voy a poder imaginarla.

Además tenía canas y una arracada de plata en la oreja izquierda, y mucho pelo, peinado hacia atrás con algún fijador que lo domaba.
Tenía la voz muy fuerte, tan proyectada hacia adelante que en las mesas de junto se nos quedaban viendo, como queriendo entrar o salirse de la conversación ajena.
Cuando tengo un alumno que me da mucho miedo intento que se ponga de mi lado; le pregunto qué piensa, reconozco su nombre, le demuestro que dudo de manera sincera. Porque dudo de manera sincera. Con Gerardo fuimos simpatizando entre los dos, rebasamos el borde de las clases, disolvimos las clases, nos hicimos amigos poco a poco. Nos tomamos los tragos. Nos fumamos la pipa de la conversación que entrelaza con humo amanecer con música con los descubrimientos.
Por cierta época yo hacía una especie de taller literario individual con Enrique Fernández Castelló sobre la novela que él estaba escribiendo y entonces invité a Gerardo a juntar su opinión con la nuestra, y es que todos los escritores que se respeten a sí mismos (y entre ellos) siempre hacen una especie de taller con los amigos que más admiran y cuyas opiniones más aprecian. Los que no tienen amigos no lo hacen.
Izamos un triángulo que parecía una vela, y luego Rod y Enrique siguieron conversando y estrechando una sintaxis que flotaba entre lecturas y proyectos de escritura. La vela se fue ampliando con la participación telar de la Alma Velasco.
El Fondo Editorial Tierra Adentro publicó el único libro de Gerardo:Historias como cuerpos. Yo escribí y firmé la cuarta de forros. Es el número 246 de esa colección, donde apenas cupo porque ya estaba llegando (Rod) a la edad límite que permitían en esos tiempos los criterios de la colección.
Invito a los editores que lo editaron a que lo reediten, pero como van a decir que por política editorial no lo hacen, entonces invito a cualquier editor a que lo haga: es un libro de cuentos de verdad. Cuentos que logran ser cuentos literarios, no son tramos de historias o pedazos de textos, anécdotas de paso.
Era escritor Gerardo, aunque ya se murió. Como Pessoa, como Pedro Salinas, como Cavafis, como Rilke, como Julio Cortázar. Lo cual no quiere decir que uno no pueda seguir hablando con su pensamiento articulado y sonoro. Porque la lectura mantiene vivos a los hombres que han muerto pero que han escrito. Y más vivos a los que, vivos, están leyendo.
Rod nació en el Estado de México en 1963, aunque yo siempre pensé que era de Mérida porque ahí creció y hasta allá regresaron las partes más dispersas de su cuerpo. Y también porque cuando ya estábamos más o menos borrachos él comenzaba a inflexionar en tonos yucatecos. Allá (en Yucatán) desplegó también su talento como fotógrafo, que le reconocieron. Fue también editor, en Conaculta y sm y otros lados que no me sé muy bien.
Cuando alguien me preguntaba algún dato microscópico sobre la obra de Cortázar yo le hablaba a Gerardo y él sí se lo sabía.
Dejó inéditas como tres novelas, que yo sepa, una de ellas llamada El cadáver del deseo y al menos otros libro de cuentos. Andamos viendo quién quiere publicarlas.
Amó la música que amaba, la demás no mucho que digamos. Cuando le dije que Sabina (quien, por cierto, me fue presentado por Leticia Mainou hace ya muchos años) no me convencía, me armó un curso intensivo sobre el joven Sabina que terminó al final por convencerme.
Escribo sobre Gerardo Rod. ¿Cuál es el asunto con Rod, más allá de los afectos míos? Era un muy buen escritor, que no era conocido, pero que hizo mucho con su literatura y por la literatura, hizo talleres, reprodujo escritores, vivió para eso, desplegado, curioso, intenso y laberinto. Y creo que ese puede ser el caso de muchos, no como Rod porque todos son muy individuales, pero sí muchos.
Nuestra literatura tiene grandes escritores dispersados, dispersos. En Colima, en Tamaulipas, en Guerrero, en Coahuila, en Nayarit y en todos los estados del país y en el etcétera de varios kilómetros cuadriculados por la lengua española. Existen muchos escritores muy buenos, muy queridos por todos los que son sus allegados, pero sus nombres no salen en los periódicos de la capital, y ahí se acaba la historia de sus repercusiones.
Qué lástima. Qué feo, palabra. Qué poca, difusión.
Todos conocemos a alguien de inmensidad que ya no existe como gente y peatón. Todos tenemos vidas muy complejas y muy interesantes, y familias donde hay (como diría Ruy Sánchez) “prosa de intensidades”: una tía loca, secretos, sobre todo socorros, una ola singular que no puede ser sustituida, alguien que no cabe en los números.
Todos tienen un nombre que quisieran.
Y yo quiero decir Gerardo Rod.~
marzo de 2010, Letras Libres


Peña, Salinas y el chupacabras: un aborto de Quetzalcóatl



1
Francisco Uribe mira el performance sin inmutarse, como quien ve un perro. Sus ojos, más que ver, reflejan con imparcialidad el ambiente: jóvenes indignados que reclaman a gritos un voto informado.
En un círculo, media docena de jóvenes bailan con máscaras de cartón que simulan serpientes aztecas. Todos están unidos por un rebozo que es la piel de una víbora. De la cola nace un chupacabras y tres personajes con máscaras del expresidente Salinas de Gortari: un aborto de Quetzalcóatl.
La máscara de Salinas se repite, pero la escena es distinta. Salinas, de un blanco impecable, saca a pasear a su perro: un joven con una máscara de Peña Nieto que va arrastrando las rodillas y orinando todos los semáforos a su paso. El perro Peña es amigable, sin embargo, tiene arranques de furia a su paso entre la muchedumbre.
“El perro es dócil, manso, manipulable como Peña Nieto”, dice Héctor, quien sostiene la correa del perro Peña.
Una sábana de nubes borroneadas deja filtrar el sol mientras todos se dirigen al Ángel de la Independencia.
La chamarra de Francisco es un instrumento para medir el ánimo de la protesta: Raída con costuras en los bordes, manchada de fluidos, descuidada como su barba; sin embargo, él se mantiene lúcido en sus ideales: “Con el general colombiano, Peña Nieto va a seguir ensangrentando al pueblo, mientras los demás tengan su Big Cola y su café”.
-¿Qué representa #YoSoy132?- se le pregunta a Francisco.
-YoSoy132 es el ser o no ser, es la diferencia, es somos porque somos. El espíritu está despierto, pero la carne no. Los gobernantes les imponen el bastón, es decir, ellos quieren caminar, pero los van a obligar a usar un bastón. Como a nosotros, que nos dicen que estamos locos y nos inyectan.
“Yo tengo 65 años, ellos apenas 20. Yo he recorrido 20 mil kilómetros. A mí me desaparecieron los que mataron a Colosio. Lo que hago ahora es la operación Caballo de Troya. #YoSoy132 tiene que ser un Caballo de Troya”.
Francisco tiene 20 mil kilómetros atrapado en la misma canción: “Yo soy combate frontal, operación uno en acción directa, relámpago el águila, y no puedo dar pasos atrás o en falso”…
Francisco es un náufrago perdido en la multitud, tiene prisa porque prometió volver al Centro de Asistencia e Integración Cuemanco, un lugar donde llevan a todos los vagabundos con desórdenes mentales, como él. Francisco desaparece como un escapista.
2
Las frases en las pancartas son animales filosóficos que caminan por encima de los jóvenes. Son jaulas de papel que exhiben un estado de ánimo: “Si estás leyendo esto, estás cambiando México”; “Si no nos dejan soñar no los vamos a dejar dormir”; “Y la verdad es que estoy bien enojada, bien pinche triste”; “Antes de que nos olviden haremos historia”.}
Al fondo de la marcha se ve la cabeza de Peña Nieto convertida en una calavera peligrosa. Alrededor de él la gente sostiene globos negros que dicen “No más PRI”, cartulinas que advierten: “Peligro. Sólo tu voto en contra de él nos salvará”.
Iván, un estudiante de posgrado de la UPN, analiza: “Recordando el pasado de México, vamos a entrar en un estado de tristeza y malestar permanente. Nuestra sociedad no logra transformar los sentimientos en acciones y los jóvenes que representan la rebeldía no llegan a concretar sus emociones”.
Prometeo cuenta: “Si Calderón me da miedo, Peña Nieto me da pavor”.
Jonathan, un joven escritor, dice: “Vamos a regresar a un estado de imposición, el país seguirá sumergido en el miedo y en la ignorancia; pero los movimientos sociales van a seguir”.
Eduardo se uniría a la revolución, pero antes consultaría a la Asamblea #YoSoy132 para trazar un plan de acción. Pero no cree que la gente tome las armas, “la mayoría está educada por la televisión”, señala.
Para Ingrid el regreso del PRI a Los Pinos es un deja vú. “Votar es reclamar”, dice con la conciencia de una colegiala. “No lo vamos a golpear, pero sí le haríamos un alboroto”. Para ella la vía de la revolución es el diálogo y no la violencia.
“Si EPN fuera un hombre de buenas intenciones, el PRI ya lo hubiera asesinado”, indica un letrero que carga Paulo, un preparatoriano.
Ana Reyes interpreta a Frida en su pintura Las dos Fridas. Su imaginación es una puerta al pasado: “Con Peña Nieto el país va a retroceder, lo que hemos logrado en los últimos años se va a borrar del mapa. No debe ganar el PRI, la ley de las cosas es el cambio”.
Según ella la imagen de Frida se sostiene en la búsqueda de justicia y en contradicciones ideológicas. “Yo sufrí dos accidentes graves en mi vida, uno en el que un autobús me tumbó al suelo… el otro accidente es Diego”, grita su otredad.
3
Las consignas al pie del Ángel y afuera de Televisa Chapultepec son un líquido que corre veloz entre los manifestantes: “Si hay imposición, habrá revolución”; “Enrique, culero, privatiza tu agujero”; “Aquí se ve que Peña Nieto presidente no va ser”; “Felipe, ojete, nos tienes hasta el copete”.
Ahí va un manso rebaño que se indigna si alguien pinta con aerosol las paredes o las puertas de Televisa. Máscaras de Salinas que beben Coca-Cola y fuman Marlboro. Estampas en contra de una dictadura copetona.
Del cielo caen unas cuantas gotas como si se embarraran con cariño. Los jóvenes se van de Televisa, como si lanzaran una piedra a un charco, espantando a los renacuajos del fondo.
Alejandro Saldívar, 24 de junio de 2012, Proceso

sábado, 23 de junio de 2012

Illustration for Gargantua by François Rabelais, published in Œuvres de Rabelais (Paris: Garnier Freres, 1873), Book I, vol. 1, ch. XXXVIII, opposite page 116.


Hojita de Chagall


Un poema de Francisco González León (México, 1862)

Solariega

Estas casas amuebladas
que sus dueños nunca habitan:
viejas casas misteriosas,
viejas casas que dormitan...
Entornadas las vitrinas,
apenumbran las estancias espaciosas;
casi nunca, nunca hay rosas
sobre el huerto displicente,
y es un sueño de hojas secas
el espejo de la fuente.

Y quién sabe qué misterio de poesía
se difunde en el sahumerio
de la vieja mueblería...
Y quién sabe de qué cosas estén llenas
las garrafas de las cavas
y las grandes alacenas...

Se insinúan en los pretiles virreinales
los cantares de torcazas,
y hay frescuras conventuales
en las sombras de esas casas.

Casas de hosco Mayordomo,
de pretérita cancela,
de católica vejez.
Casas como fue la casa de mi abuela
donde anduvo mi niñez...
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