viernes 20 de enero de 2012

Violencia y Arte


Violencia y Arte

Una reflexión en Nietzsche respecto al sentido de la forma.

Por Eduardo Medina Frias



"Desde que conozco mejor el cuerpo... el espíritu no es para mí sino una forma de expresarse,
 y lo imperecedero no es otra cosa que un símbolo".
F. Nietzsche.


Todo comienza por la existencia como un asunto vital antes que intelectual. Todo comienza por la necesidad del cuerpo: por el dolor y el menester, el placer y la satisfacción. La pregunta por el sentido de la existencia viene después de llenar el estómago, aunque  fue escribiéndose, entre líneas, en cada acto encaminado a salvarnos primero de la sed. Y las posibles respuestas, como el latido mismo de lo vital, se abren en nosotros, nos abren en su contingencia, como actos equivalentes a la existencia misma.  

El asunto de la existencia es asunto de una interpretación de la experiencia, de una serie de interpretaciones que dan forma a lo vital, múltiples forias de lo múltiple humano y su prayecto: eso que llamamos historia de vida. Historia que otorga identidad, identidad que solo puede mantenerse en función de la memoria. Esto es la identidad como forma, el pasado y el presente que me configuran. Por otro lado, lo moral como el límite de lo infinito interpretativo de una multiplicidad de formas.

La telaraña de lo racional como herramienta de supervivencia, dentro de la cual todo es mesurable, y en donde la araña, es decir nosotros, somos el centro respecto a cualquier noción de verdad. Hilos perpendiculares: junpo al llamado conocimiento del mundo natural, está el pensamienpo de orden social; si hemos de axistir en sociedad, se precisa de un tratado de paz, se teje aquí la telaraña ontológica que entramada con la científica,  ubica nuestro existir dentro de un deber ser, dentro de un orden moral de verdad. La consecuencia de este orden moral de verdad, supondrá un presunto bienestar social.

Existen entonces discursos interpretativos de la experiencia y su sistematización, pero ocurre que deificamos dichos discursos y entonces la telaraña ya no es nuestro pensamiento, sino una realidad objetiva, cuyo tejido está separado de nosotros y al cual nos lanzamos en búsqueda de la verdad, la araña se ha enredado en sus propios hilos;  nace el mito de la cosa en sí, que no sería más que el punto ciego de nuestras propias elucubraciones. Búsqueda a la que se le zurce la bandera de la bondad y con esto nace la promesa de la fehicidad última, punto cardinal del orden social; y de aquí la vida bajo el yugo de lo hegemónico: aquella que transcurre como una narrativa que no fue escrita por nosotros y cuyo final ya está arreglado, pero realizamos la pantomima con bastante pasión.

La verdad es una suma de relaciones humanas, relaciones humanas cuyas intersecciones son  matriz de metáforas, de tropos literarios que constituyen la ficción de la experiencia: su interpretación. Lo humano es entonces la suma de nuestros actos en tanto comunicación concretada en verdades-ficciones como plataformas de experiencia. Dos momentos: la interpretación de la experiencia es gregaria: histórica y social; más después de observar y recorrer ciertos senderos: personal y genuina;  esto es, separada de lo gregario que nos anula en la historia de lo social.

El lenguaje es el espejo del hombre, ahí mora su conciencia, dominio de signos y símbolos, y su imagen es siempre una libertad creativa, libertad de formas, sin suelo seguro más allá de la forma, porque la misma está vacía, carece de un sustrato más allá de la palabra. Espejo que sólo contiene apariencias en tanto que solo contiene tropos de la experiencia; por otro lado sólo en ese espejo nos encontramos a nosotros mismos, en la interdependencia de la acción comunicativa: sólo somos conscientes en lo no individual del "sí mismo", en el punto de intersección de esa interdependencia donde se construye la verdad como la forma de lo vital. Ya aquí conocer no trata de comprobar nuestros discursos en los objetos y fenómenos, sino de construir realidades.  Ahí, ahí, donde realidad no es otra cosa que mi experiencia vital.

Ya en el ámbito de mi experiencia, tan personal, ¿Qué consciencia, o la consciencia de qué, fundamenta mi verdad? Dicha verdad tan única y mía que me orilla a la soledad, allá donde nadie me entiende, aquí donde soy víctima de la incomprensión de los otros, donde la incapacidad de comunicarse impera.  Desde esta óptica darle la razón a alguien, es un poco mandarlo y mandarme al calabozo de los mutismos. La verdad, en tanto gregaria: lenguaje que constituye lo social, y en tanto conciencia de los límites de dicho lenguaje, une y separa. Habría que hablar de una razón común, y una razón múltiple. Es desde la razón común que gregariamente edificamos nuestras verdades hacia posibles soluciones al menester; es desde la razón múltiple, que no es otra cosa que nuestra individualidad que nos separamos, que problematizamos la solución, que problematizamos la historia gregaria en nosotros. Ciertamente buscamos la paz, buscamos lo mejor. Más la separación de lo individual frente a lo gregario siempre es una forma de guerra, una forma de violencia. Dicha separación no se opone pienso, -y pienso desde cualquier situación de descomposición social, donde todo es irracionalidad, balas y menester-, a la genuina necesidad de paz, sino que señala nuestro errado concepto de paz: el equívoco ideal de la paz, ese estatismo nocivo que huele más que a otra cosa, a una muerte intelectual.

Paz como el fin de los opuestos, ¿el fin de la historia acaso? El fin de una narrativa vital que orilla a una pregunta irónica: ¿existe vida después de la historia; de la paz? Hablar de paz sin dialéctica, forzosamente empareja la noción de paz con una verdad moral, la cual de nueva vez, no puede ser mas que la imposición de la solución de la razón común  por sobre la problematización de la razón múltiple y su aplastamiento; la razón de unos cuantos y su narrativa con un final ya escrito para todos, por sobre la verdad múltiple de lo individual, que es siempre creación abierta. Pensar paz como un despertar a la inactividad, es la deformación última, la objetivación más monstruosa de nuestros puntos ciegos, de los parches Kantianos frente a las cuatro antinomias. No podemos rechazar la paradoja de la existencia: el horizonte abierto de posibilidad infinita interpretativa como flujo de opuestos; juego de agregación y disgregación de conciencia frente a: lo limitado y lo ilimitado, la forma y el vacío, la causalidad y la libertad, lo ficcionalmente necesario y la sólida fe ontoteológica que ahí depositamos.

Lo que sí puede ser, en el juego de las paradojas: la paz como la virtud de la violencia. Es la violencia del Intelligere opuesta a la de la común estupidez gregaria, que es también el mutismo inercial que vive en mí. Nietzscheanamente le llamaré violencia jovial, y esto es entender paz como  actividad, movimiento, como la idea misma del arte poético: la gaya ciencia.

Paz, nunca como inactividad, sino la actividad del Intelligere y de la Poiesis; donde las distintas pulsiones de la razón múltiple, de la multiplicidad de individualidades se nos hacen sensibles. Y es en su oposición relativa, donde todas esas pulsiones  puede afirmarse en la existencia, sin anularse, sino siendo su mutua condición existencial: el hacerse sensible al otro como dolorosa pulsión en mí, y que otorga mi propio ser, otorgando el entendimiento de la verdad como una máscara vacía, la formas vacía, la sagrada forma que es condición de vida y no de muerte. Tolerar es abnegación: sacrificio o renuncia voluntaria de una persona a pasiones, deseos o intereses; distinta es la apertura: aceptación de las múltiples pasiones. Apertura como una capacidad lúdica, opuesta a la solemnidad y la pesadez de las formas ya obsoletas , sus defensores y perpetuadores. Risa y amor dice Zaratustra. Frente a las necrópolis hegamónicas y burocráticas, ahí donde la vida se vuelve de piedra, el arte desgarra, libera el intelecto. El entramado de los conceptos se vuelve un juguete. Las narrativas cerradas ontoteológicas con su final anunciado y nuestros roles definidos, retornan a un estado de creación, narración en apertura infinita: hoja en blanco, momento nuevo. El arte no busca unificar, sino multiplicar, y con esto mantenernos abiertos y a la deriva, manteniendo a la forma, nuestra forma en plural, en su estado vital de flujo infinito.

Así, hemos observado dos aspectos de la forma: a) el mundo de las apariencias y de los signos como una irremediable generalización y vulgarización de la razón común, ahí donde el ser consciente se torna flaco diría Nietzsche, marca de rebaño, corrupto, falsificado. b) El momento de los "nacidos tarde", el momento de la sobreabundancia de este mundo simbólico que viene a ser derrochado por el heredero: el artista, el poeta. En el primer aspecto descrito, el intelecto se encuentra sumergido en ilusiones y sueños; en donde pensar es reducir a la metáfora conocida y sin brillo que esclaviza. En el segundo aspecto, el intelecto se manifiesta como ese maestro del fingir, de la ficción de la forma, pero liberado, poseído por el placer creador: uniendo lo más diverso y separando lo más afín.

Pero por un momento el liberado guarda silencio. No es el silencio del mutismo, del hombre isla, del hombre encerrado en sí que anula el contacto comunicativo génesis de la conciencia, ergo el hombre sin conciencia; sino que este es el silencio de quien reconoce en la palabra gregaria al peor de los mutismos y quietismos, y se retira violentándolo todo; el tejido social y a él mismo. En una suerte de damnatio memoriae se desprende de dichas formas como cascaras huecas, y se queda solo con su vacío; ciego de distinciones entre ficción y realidad, verdad y apariencia, hecho e ilusión, observa el punto de encaje donde se entreteje y genera el vórtice de lo ontológico, que es también el vórtice, desde donde vamos tejiendo, palabra por palabra, frase por frase, la trama de lo vital. Pero el vacío obliga a la forma y el juego de la transgresión solo puede ser transmitido desde la forma, el vacío es inasible. Es desde la memoria -que es identidad, que es forma-, que se puede realizar el daño a la memoria, y sólo desde la memoria se puede apreciar la re-significación del pasado que le sigue hacia nuevos espacios. Damnatio memoriae, la memoria que se olvida de sí misma, y de ese daño, se libera y surge como cualquier otra cosa. La palabra, habrá de pronunciarse finalmente su retorno, con las metáforas más rigurosamente prohibidas y concatenaciones conceptuales jamás oídas. Una transformación que sí bien, no puede ser mas que íntima y en soledad, solamenpe desde ahí, nos involucra genuinamente con la transformación social, desde lo múltiple individual, desde nuestra finita infinitud. Finita y efímera libertad.

Pero falta preguntarnos ¿qué es el espíritu libre, ¿la libertad como un artificio que habría que inventarse?  La idea de libertad como una verdad construida en tanto necesaria frente al menester, para destruir el determinismo de otras verdades que hemos gregariamente construido, y que al ser enunciada, sugerida como desde el entre sueño de la poiesis, inaugura un movimiento de la conciencia que la transforma: la sonrisa del Buddha cuando al final devela que no hay sendero, no hay meta, no hay nirvana, el nirvana es el samsara, no hay Buddha mismo, si lo encuentras mátalo enunció, pero había que inventar, y jovialmente estos juegos.





Bibliografía.

Nietzsche, F., Así habló ZaratustraUn libro para todos y para nadie. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza, 1994.
Nietzsche, F., Aurora. Pensamientos sobre los prejuicios morales. Traducción de Germán Cano. Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.
Nietzsche, F.,  Ecce homo, Como se llega a ser lo que se es. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Madrid, Alianza, 1995.
Nietzsche, F., Humano demasiado humano. Un libro para espíritus libres I. Traducción de Alfredo Brotons Muñoz. Madrid, Akal, 1996.
Nietzsche, F., La ciencia jovial (La gaya scienza). Traducción de Germán Cano. Madrid, Biblioteca Nueva, 2001.
Nietzsche, F., Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida (II Intempestivas). Traducción de Germán Cano. Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, pp. 96-104.
Nietzsche, F., Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Traducción de Luis Manuel Valdés. Valencia, Revista Teorema, 1980.


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